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Leif Ove Andsnes: "En la música no hay edades"



Leif Ove Andsnes: "En la música no hay edades"

Miércoles, 17 de febrero por la mañana. Madrid. Los representantes políticos de la Nación se entrecruzan en las respectivas yugulares dialécticos bocados que estenotipias, cámaras y micrófonos constatan. A pocos pasos de allí, pantalón y jersey negros, en estado de eterna sonrisa, ajeno a lo que ocurre en el metafórico ring, Leif Ove Andsnes (Karmoy, 1970), remata el desayuno en la cafetería de un hotel. Esa tarde volverá a enfrentarse al programa que dos días antes tocaba en Zaragoza y que, después de nuestra conversación, volverá a cocinar para ofrecerlo con sabor a nuevo. Esta vez, en el Auditorio Nacional de Madrid a la audiencia del ciclo de Grandes Intérpretes. El rostro del pianista noruego muestra una frescura casi infantil, que no delata la cuarentena que coronará días antes de debutar en abril con la Sinfónica de Barcelona: una nueva orquesta de nuestro país, al que regresará en otoño para una gira con la Filarmónica de Londres dirigida por Jurowski.
 
A día de hoy, ¿qué experiencias acumula con orquestas españolas?
Pocas. En España he trabajado mucho, pero la mayor parte de las veces ha sido solo o invitado por orquestas en gira. Españolas sólo he tocado con dos: la Sinfónica de Galicia, donde hice el Segundo Concierto de Brahms —¡tenían razón los que me dijeron que era una gran orquesta; yo disfruté mucho!—, y la de Tenerife. Una vez con cada una, y en ambos casos a las órdenes de Víctor Pablo Pérez. Si la memoria no me engaña, la Sinfónica de Barcelona será la tercera. 
Aunque será con una batuta foránea: la del francés Stéphane Denève.
Cuando me invitaron a venir, me dijeron que era él el director. Y siendo alguien que conozco, y que me gusta, pensé que era una buena combinación. Partiendo de la base de que vamos a hacer el Cuarto Concierto de Rachmaninov, que el pasado otoño hice por primera vez con él y con la Royal Scottish National Orchestra, de la que es titular. En aquella ocasión, el trabajo fue muy positivo. Me ayudó mucho. Es fácil comprender que meterte por vez primera con ese concierto, asusta un poco. Ante todo, por las dificultades que supone establecer el diálogo entre el piano y la orquesta. El director debe tener muy claro lo que está haciendo, al tratarse desde ese punto de vista de un concierto mucho más difícil que los otros tres de Rachmaninov. Por eso es el menos popular, el que menos se hace. A mí me ha enamorado por la fuerza de sus armonías, aunque no tenga las largas líneas melódicas del Segundo y el Tercero. Algo así como si se produjese un encuentro entre Rachmaninov y las corrientes más modernas del siglo XX: Stravinski, Prokofiev, el jazz…  
Denève y usted tienen prácticamente la misma edad. ¿Se siente así más cómodo, o prefiere batutas con la autoridad de los años?
No me atrevería a decir si es más fácil tocar con unos u otros. No es una cuestión de estadísticas. En ese punto, en la música no hay edades. A decir verdad, me encanta trabajar con directores maduros, en los que se puede percibir la experiencia. Tienen algo especial para mí cuando pienso que le han dedicado tantos años para llegar a comprender realmente la psicología de los músicos gracias a esa experiencia que han ido acumulando. No es lo mismo en todos los casos, pero trabajar con aquellos que lo consiguen, se convierte para mí en una experiencia inolvidable. Porque las orquestas a su vez respetan también a los viejos directores, porque son conscientes de que llevan mucho tiempo en el negocio de la música, y son capaces de transmitirte su energía mental: la sensación de que son capaces de comprender más y más cada día. Me acuerdo, por ejemplo cuando hace un par de años toqué con Blomstedt. Si tiempo atrás ya era bueno, ahora es fantástico. Cada vez que vives ese tipo de experiencias, algo sucede. Eso no quita que a veces puedas experimentar sensaciones similares con las jóvenes batutas, con los que tal vez las cosas pueden resultar más sencillas en el nivel personal. En esos casos me suele resultar más fácil decirles abiertamente lo que quiero, algo que tal vez no haría con alguno de más edad. De todas formas, puedo asegurar que en ese punto habitualmente nunca me encuentro con problemas. También he de decir que cada vez me estoy encontrando más directores jóvenes muy buenos, después de un tiempo en el que no había tantos. Desde ese punto de vista, y lo percibo en todos los países en los que toco, vivimos un buen momento, y nos estamos asegurando un buen plantel de batutas de calidad para el futuro. 
En enero tocó también el Cuarto de Rachmaninov en el Festival de Canarias con la Orquesta de Gotemburgo dirigida por Gustavo Dudamel, con quien lo había hecho en Caracas. ¿Encuentra distinto el modo de trabajar con unos músicos nórdicos y otros de sangre tan caliente?
Es curioso pensar en eso, porque también había trabajado con Gustavo en otras ocasiones: una, en Milán, con la Orquesta de la Scala; otra en París con la Filarmónica de Radio France y, por supuesto que en lo que a él respecta, en todos los casos sigue siendo el mismo. Pero con la Orquesta de Caracas tiene que trabajar de un modo ligeramente distinto. Porque los músicos allí son diferentes. Son fantásticos, pero no tienen tanta experiencia en el repertorio. No se trata de una orquesta de adultos que haya ido asimilando todas las posibilidades sinfónicas. En Caracas hice dos conciertos con ellos. Uno, con el Concierto nº 23 en la mayor K. 488 de Mozart:, y el Cuarto de Rachmaninov, dos obras que posiblemente nunca antes habían tocado. Trabajaron mucho. Si los ensayos terminaban a las 6 de la tarde, los prolongaban hasta las 8, y a los músicos eso no les preocupaba. Y Gustavo siempre con ellos, al pie del cañón. Al principio es verdad que el concierto de Mozart no sonaba demasiado bien, pero él fue consiguiendo limar las imperfecciones retocando el sonido, especialmente en las cuerdas. Hasta que por fin, después de horas y horas de trabajo, funcionó como quería. Tuvimos para cada obra tres días de ensayos, cuando habitualmente se reducen a dos. Pero todo resultaba fantástico a causa, fundamentalmente, de la alegría con que se entregaban a hacer música. Así que, cuando llegamos a Gotemburgo una semana más tarde para hacer de nuevo el Cuarto de Rachmaninov, todo resultó inmediatamente más fácil. Desde el comienzo. Porque la orquesta contaba con más experiencia en dos aspectos: el del repertorio, y el de los músicos a la hora de tocar juntos y escucharse. Eso es algo que lleva mucho tiempo, y que aún les falta a los músicos de Caracas. En Gotemburgo todo fue más rápido, y el sonido era muy distinto: muy transparente frente al de Caracas, donde era todo más muscular, digamos. Pero en ambos casos los resultados fueron de gran calidad. En lo que respecta a Caracas, con un alto grado de expresividad, especialmente en las cuerdas. En Gotemburgo destacaba especialmente la experiencia en los vientos, y detalles así, como esa transparencia en las cuerdas que mencionaba. En ambos casos se eligió para el programa además la Segunda Sinfonía de Sibelius, y también ahí se podían percibir grandes diferencias. Especialmente esa aportación latina, ese punto muscular.
(...)
 
Juan Antonio Llorente
(Comienzo de la entrevista publicada en Scherzo nº 250, Marzo 2010)

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