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Maestros y maestras



Maestros y maestras

La vida sigue. Hasta para los que consideran que cualquier tiempo pasado fue mejor, el presente se revela y hace pensar que todavía hay futuro. Sucede, por ejemplo, con los directores de orquesta. Este mes, SCHERZO entrevista a Rubén Gimeno como hace sólo dos lo hacía con Pablo Heras-Casado. Los dos representan una nueva generación de maestros españoles que pide paso con una firmeza que antes hubiera sido impensable, confundida con la jactancia y estrellada ante la falta de oportunidades. La sucesión de nombres en nuestro panorama ha sido lenta, fruto de un trabajo individual tenaz e incansable, a veces político en todo el sentido de la palabra —los maestros norteamericanos tienen que sacar dinero a los mecenas, los españoles templar gaitas administrativas— y careciendo demasiadas veces de esa proyección exterior tan necesaria en el negocio de la música. El director de orquesta español, antes de que existieran las formaciones sinfónicas que felizmente cubren el panorama de la afición musical en nuestro país, debía salir para buscarse la vida. Hoy también, pues el mundo sigue siendo ancho aunque cada vez menos ajeno, pero cada vez con menos complejos, con mejor formación y con las ideas más claras. Rafael Frühbeck de Burgos o Jesús López Cobos son fijos desde hace años en las grandes temporadas sinfónicas o de ópera en Europa, Asia o América. Pero los que les siguieron empiezan ya a serlo igualmente. Ahí está Josep Pons, quien, además del magnífico trabajo de casi refundación de la Orquesta Nacional ha iniciado una carrera internacional tan cuidadosamente planeada como felizmente resuelta día a día. En semanas pasadas se ha podido ver a Guillermo García Calvo en la Staatsoper de Viena y a Pedro Halffter en su homónima berlinesa. El citado Pablo Heras-Casado va a ser —si se confirman los comentarios no oficiales todavía— uno de los directores musicales que ocupen con más asiduidad el foso del Teatro Real y su integración en el equipo Mortier puede ser, si sabe aprovecharlo, un paso definitivo en su carrera. Pablo González va a tener al fin una orquesta a la altura de sus posibilidades —la OBC— y ojalá la aventura salga bien pues ahí hay mucho talento. Y Rubén Gimeno con la del Vallés va a poder crecer al mismo tiempo que sus músicos, otra de esas posibilidades soñadas por cualquier director joven. Como la que le surgió a Nacho de Paz cuando fue nombrado asistente del Ensemble Modern. Se trata, poco a poco, de encontrar un lugar en el mundo, es decir, en la profesión elegida, de poder ejercerla con tranquilidad, de vivir de la música con dignidad y con soltura. Hasta las mujeres empiezan a aflorar tímidamente en este panorama hasta hace poco tan difícil para ellas. Les ha surgido, sin embargo, un inconveniente: el interés mediático por lo que nada tiene que ver con la música y sí con su condición femenina. Una cuestión ya resuelta fuera de nuestras fronteras donde hay cada vez más y mejores directoras de orquesta que no salen en las revistas del corazón y que no se inventan una carrera sino que la hacen, primero contra viento y marea —pensemos en Sian Edwards y su calvario en la ENO— y hoy impulsadas sólo por su propio talento, como Simone Young, Marin Alsop, Jo Anne Falleta, Anu Talli, Graziella Contratto o Susanna Malkki. No hay que olvidar aquí el trabajo pionero entre nosotros de Gloria Isabel Ramos —a quien veremos esta temporada al frente de la Orquesta Sinfónica de Londres en el ciclo que celebra los magníficos cuarenta años de Ibermúsica—, hoy demasiado despegada de la vida de las mejores orquestas españolas y que daría paso al de promesas de la dirección como Virginia Martínez, merecedora de dar ese salto para el que no debiera esperar demasiado. Son mujeres serias, decididas, escasas todavía en un panorama dominado por los hombres pero que ya empieza a cambiar, lenta pero implacablemente. Si no lo hace, estaremos dando un paso más hacia esa desafección por parte de las audiencias más jóvenes de la que tantas veces nos hemos quejado unos y otras. O unas y otros.

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