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Y de Yo, músico. Normalizaciones y paradojas.



Y de Yo, músico. Normalizaciones y paradojas.

Un planteamiento tan sencillo e inocente como el del antetítulo, uno cree que no necesita ninguna aclaración. Pero recordando la famosa interpelación que el gran Valle-Inclán hizo a un impreciso político en el Parlamento: “Concreta, cabrón, concreta…”, pues eso, a concretar.

La primera palabra, YO, no remite a un YO-personal (mí, me, conmigo, centro nuclear de mi consciencia, que dirían los junguianos) sino a un YO-colectivo, a la “memoria de un muy consciente colectivo”. Y sobre la segunda palabra, MÚSICO, neutra, limpia y clara, uno —o sea yo— cree que no habrá ninguna duda, como dice el diccionario de la RAE: “persona que ejerce, profesa o sabe el arte de la música”. Pero parece que no. Que es precisamente entre los —teóricamente— músicos donde surgen las discrepancias ya que hace poco oía la siguiente conversación: un entusiasta melómano le decía a una persona que le acababan de presentar, “hombre, así que eres músico”, y le contestaba el otro, “bueno, soy compositor”. Parece que en el siglo XXI eso de músico suena ya a rancio, castizo, decimonónico o algo peor. Como mínimo performer o compositor o, si no, mejor otro palabro acorde a la creación e interpretación con nuevas tecnologías. Sea como fuere, yo —o sea, el que esto escribe— sigo identificándome como MÚSICO y como tal voy escherzando este scherzo celebración de los 25 años de SCHERZO.

En los tiempos en que nació esta revista, diciembre de 1985, la música clásica en España estaba saliendo de un largo período de ostracismo en que para el común de los mortales (absténganse los melómanos) el músico estaba asociado poco menos que a los titiriteros. Se ganaba poco y, quitando los grandes solistas (lo que podríamos llamar la jet-set musical), los músicos (la clase media) vivían como podían simultaneando los varios empleos músicos: compositor, arreglista, director, intérprete, gestor, musicólogo, etc., pero eso sí, henchidos de entusiasmo musical. Si alguien te preguntaba qué eras y tú decías que músico, la respuesta del interlocutor llevaba el interrogante ¿músico?; 25 años después esto ha cambiado y afortunadamente ahora esta respuesta suele llevar la admiración ¡músico! Durante estos años creíamos que la música en este país por fin se estaba normalizando —desde luego estamos mucho mejor que antes, de eso no hay duda— y que el futuro del músico en España sería de lo más halagüeño pero la realidad es otra, sobre todo ahora, 2010, crisis galopante, gobierno a la deriva.

Si en estos años han florecido los conservatorios superiores y ha entrado la música en la universidad, uno y otro se dan la espalda ignorándose, aunque este tema se lo dejo a mi colega Pedro Sarmiento. Los compositores que nos hemos dado a conocer en estos 25 años creemos vivir en una nueva edad de plata compositiva pero las orquestas autonómicas —uno de los grandes logros para la profesión música de estos años— siguen programando pocas obras españolas y especialmente las nacionales que llevan la “E” en sus siglas, la OSRTVE y la ONE, son las que menos caso hacen de esa “E”. Otro gran logro de estos años y de gran beneficio para los jóvenes músicos ha sido la creación de las jóvenes orquestas, algo que sólo pudimos disfrutar los de mi generación y anteriores con la humilde y exigua orquesta de JJMM. Pero una cosa tan maravillosa que debía servir para formar y preparar a los jóvenes músicos en sus respectivos encuentros anuales se está convirtiendo en una semi-profesionalización encubierta ocupando el espacio de los verdaderos profesionales, algo similar a lo que ocurre con los becarios de las empresas. Cuando nació SCHERZO, el músico instrumentista —el de clase media, el de la jet-set vive en otro planeta— consiguió que los cachés se normalizaran a un nivel similar a otras profesiones. Ahora en 2010 los músicos estamos cobrando lo mismo que en el año 2000 cuando lo del cambio del euro, con el agravante de que la última subida del IVA ha supuesto para nosotros una bajada, ya que ahora todo va a la baja. Y qué decir de los agentes y gestores musicales. Antes del nacimiento de SCHERZO había en España como mucho 4 o 5 agentes. En la mayoría de los casos, éramos los propios músicos los que nos representábamos y gestionábamos nuestros recursos y los pocos puestos de gestión musical que había en la administración estaban ocupados por músicos. De repente, empezaron a surgir agentes y gestores como hongos por el nuevo bosque musical (cualquiera podía serlo) y a la sombra del pelotazo muchos denigraron la profesión y a los músicos. Afortunadamente, hoy en día hay ya un montón de másteres que profesionalizan y dignifican la gestión musical.

Otro importante asunto de estos años ha sido la implantación autonómica de la Redes de teatros y auditorios. Pero, en lugar de abrirse a todos los músicos españoles en igualdad de condiciones, se ha dado la paradoja de cerrarse cada una en beneficio de los de su propia Comunidad, excepto en Madrid, donde todo el mundo tiene la puerta de Alcalá abierta.

En un curso sobre Música y filosofía hablaba el profesor G. Bueno sobre el fin de la filosofía desplazada por la ciencia y el de la música clásica, en especial la contemporánea, por las músicas ligeras. Sea como fuere, vuelvo al YO inicial (en este caso “mí, me”) y digo como aquel peronista en unas elecciones argentinas: “conmigo o sinmigo” el MÚSICO seguirá.

Tomás Garrido

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