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W de Web. El sueño de Beethoven.



W de Web. El sueño de Beethoven.

En los últimos años del siglo XX el melómano descubrirá no sin cierta perplejidad que para salir al espacio no hace falta moverse del sitio. Bastará con disponer de un ordenador personal y una conexión de red para verse transportado a un mundo donde (casi) todo es posible. La distancia virtual o real entre el sujeto y el objeto desaparece con una simple pulsación del ratón o un rápido tecleo. El usuario se convierte así en un “navegante” o “internauta” y el cazador de discos abandona la maleta para empezar a frecuentar portales como Amazon o Ebay, auténticos mercados universales donde es posible encontrar y adquirir prácticamente cualquier cosa.

A Beethoven le es atribuida esta intuición visionaria: “debería haber un gran almacén de arte en el mundo al que el artista pudiera llevar sus obras y desde el cual el mundo pudiera tomar lo que necesitara”. Doscientos años más tarde esa ensoñación se ha convertido en una realidad llena de luces y sombras. La World Wide Web ha supuesto la fase última de la transformación contemporánea de los mecanismos de producción y distribución musical. Su aparición trae como consecuencia la masificación de la banda ancha y la circulación por Internet de un torrente de terabytes musicales. Ya sea a través de la tecnología streaming (caso de portales audiovisuales como YouTube, MySpace o Last.fm), de redes de usuarios peer-to-peer (como Kaaza, eMule, LimeWare o eDonkey), buscadores (como RedFerret) o wikis (como Netlabel Catalogue), los internautas de todo el mundo comienzan a publicar, descargar e intercambiar archivos musicales. La iniciativa más exitosa en este sentido es iTunes, un portal que ofrece una descarga ilimitada de música legal y permite el flujo libre de archivos musicales entre sus suscriptores. La bestia negra de este fenómeno, por el contrario, sigue siendo las descargas ilegales de música, que no sólo comportan unas pérdidas multimillonarias para la industria, sino que fomentan un pernicioso hábito de consumo basado en la creencia de que la música es un bien gratuito que cualquiera puede tomar a su antojo.

Más allá de las cuitas éticas sobre la propiedad intelectual y la piratería global que genera la fiebre de las descargas, lo que Internet acaba cuestionando en última instancia es la obsolescencia de los soportes físicos de audio. El melómano aficionado a la música culta, empero, no parece sentirse aludido por el desplazamiento de los valores de consumo: a pesar del mercadeo indiscriminado de Internet y de las transformaciones socio-tecnológicas que éste propicia, el comprador de “clásica” sigue pagando por sus discos. Si bien las cifras de ventas han decaído significativamente en el curso de los últimos años, el sector de la música culta resiste estoicamente frente a la piratería. Más allá de los cenáculos “audiófilos”, para el coleccionista medio de música clásica (especialmente para el de mayor edad) el disco sigue teniendo un valor “cultual” o “aurático” que valida la vigencia de éste como fetiche u objeto de colección.

De lo que no cabe duda es que la ventaja última de esta red global es el acceso a un ilimitado universo de contenidos. Las fronteras culturales, geográficas, logísticas e intelectuales que antes restringían la obtención de conocimientos especializados se vienen abajo, llegando a “globalizarse” un banco de datos universal que junta los acervos musicales de países y culturas enteras. Bibliotecas, fonotecas y organismos culturales ponen a disposición de los usuarios el acceso a sus catálogos o archivos de forma gratuita o a través de suscripciones. Se crean asociaciones digitales, foros y clubes de aficionados que fomentan el trasvase de información y el intercambio de opiniones. Esta “globalización” genera también fenómenos singulares como la fundación en 2008 de la primera orquesta concebida y planteada exclusivamente a través de Internet y formada por músicos reclutados vía YouTube. Mientras tanto, coliseos, auditorios y teatros de todo el mundo apuestan fuerte por la retransmisión “en tiempo real” de sus programaciones, sirviéndose de este tipo de portales especializados. Los autores y artistas, por su parte, no han pasado por alto las ventajas de Internet a la hora de promocionarse, ya sea a través de blogs y páginas web o haciéndose un hueco en redes sociales tan multitudinarias como Facebook, Twitter o MySpace.

David Rodríguez Cerdán

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