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T de Tribus. Desde cero.



T de Tribus. Desde cero.

Ahora que las series norteamericanas están de moda en nuestro país, quizás a muchos aficionados les suene el nombre de Owney Madden, el famoso gánster blanco de Manhattan que en 1923 creara el Cotton Club en la Lenox Avenue de Harlem mientras cumplía pena en la prisión de Sing Sing. En plena Harlem Renaissance, cuando la cultura afroamericana alzaba por vez primera una voz propia, distinta y atractiva, el jazz vivió allí, en noches hastiadas de humo, de contrabando, de prostitutas, de indigencia y de xenofobia, una edad dorada. Por allí pasarían verdaderos ídolos como Duke Ellington, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong, Billie Holiday, Dizzy Gillespie o Nat King Cole. Al otro lado, entre el publico, todos blancos: George Gershwin, Jimmy Durante, Irving Berlin, Mae West, Eddie Cantor…

Bilbao tiene su propio Cotton Club: está en Indautxu, y también hace música en directo, de esa que se llama alternativa o independiente. Este Cotton Club vive con la añoranza de un pasado desconocido, remotísimo, exótico, valiente, seguramente idealizado, pero vive a la vez en un barrio de bien de una ciudad próspera del siglo XXI que nada tiene que ver con aquel gueto residual de la Nueva York de los años veinte. Se llaman como ellos, quieren llevar su nombre, pero qué mundos tan distintos. Entre nuestro público pasa algo similar: nos gusta el Catfish Row de Porgy and Bess, esos oscuros suburbios de Charleston, nos gustan sus habitantes, sus formas de vida, sus trapicheos, sus luchas, pero sólo como piezas de museo, nada de ser como ellos, ni siquiera de acercarse a sus barrios, qué temeridad, antes al Hades.

No muy lejos del Cotton Club, a las ocho y media de la tarde, la calle Cortes de Bilbao es un verdadero crisol de culturas, de lenguas y de tribus, el mundo entero parece pasar ante el paseante para adentrarse en el marginal barrio de San Francisco. Dada la oscuridad de la noche, y difuminada tras una enorme cortina de humo, la entrada parece aun más tétrica de lo habitual, el sendero deviene en una gran sombra: es la Puerta Negra de Mordor, el paso a un lugar oculto donde un día reinaron el caos, el narcotráfico, la delincuencia común y los conflictos entre clanes. Ahora todo ello aún pervive, pero se ve poco a poco arrastrado por una ola de rebeldía y de espíritu bohemio que va moldeando un nuevo San Francisco, un barrio que crece en arte a través del fantástico Museo de Reproducciones (en la rehabilitada Iglesia del Corazón de María), que puede ser parte del festival Bilbao Tropical, que se integra en la universidad con su residencia de estudiantes, que respira música tradicional por todos los costados, que se asoma con orgullo a su pasado minero y obrero y que, sobre todo, cree en su alma multicultural y en sus ganas de vivir.

Amador habla con una voz tan dura, grave y ronca que nadie creería que de niño formó parte del coro de la Parroquia de la Sagrada Familia de su ciudad natal, San Antonio de los Altos, en Venezuela. No ha pasado tanto, sólo treinta años, de los cuales lleva más de diez en San Francisco. Vive en la miseria, completamente desaseado, rayando la mendicidad, pero sabe ser feliz. Su vieja flauta aún conserva el aroma de los tiempos pasados, un esmalte formidable y un sonido muy dulce. Antaño hizo sonar a Bach, a Haendel, a Telemann, incluso a Debussy, en muchos colegios venezolanos. Ahora vaga por los barrios de Bilbao, elige la banda sonora de sus calles y pone un poco de música en la vida de sus habitantes, siempre tan estresados, siempre corriendo, siempre con prisas, caray. Su amigo Domingo es, según nos cuenta, un verdadero as al acordeón, se las sabe todas, nadie toca La cumparsita como él, igual que nadie canta como Pascual, el auténtico rey de la calle, que es como un Louis Armstrong redivivo. Es otra forma de vivir la música: allá donde nunca llega el silencio, el sonido de una flauta, de un acordeón o de una voz alivia, suaviza y armoniza los ecos atronadores y corrompidos de las grandes ciudades.

Amador no sabe quién es José Antonio Abreu, no sabe quién es Gustavo Dudamel, no sabe lo que es el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles, no sabe lo que la música está haciendo por los niños en su país, el milagro venezolano. Ahora que lo sabe no se lo puede creer: “es fantástico, maravilloso”. Pero Amador cree también en los movimientos juveniles, en la desobediencia cultural, en las revoluciones estéticas, en las tribus urbanas, en la ilimitada creatividad de las zonas marginales. El día que la música clásica llegue de verdad a ellas, pues ellas nunca llegarán por sí mismas a la música clásica, que el mundo se prepare, porque la cultura empezará a contar desde cero.

Asier Vallejo Ugarte

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