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S de Sabidurías. La música que llevan dentro.



S de Sabidurías. La música que llevan dentro.

Ante todo, unas gotas de semántica. La ciencia conoce. Frente al objeto, el sujeto se despersonaliza y se produce el conocimiento: objetivo, universal, demostrable, contradecible. El arte no conoce pero sabe. El sujeto se afirma en la creación —si se prefiere: en la producción— y el objeto que surge, la obra, persuade, convence, a veces seduce. O no persuade ni convence ni seduce aunque, en cualquier caso, no puede ni demostrarse ni contradecirse. Ejemplo máximo es la música, que ni siquiera se deja traducir.

Se advierte la diferencia entre conocimiento y saber. Más allá de estas distancias, la ciencia y el arte coinciden en una categoría común: la sabiduría. Es la que surge de la experiencia. Dicho del revés: se pone de manifiesto cuando un científico o un artista es inexperto, cuando no cuenta con ese imponderable del ensayo y el error que trae el tiempo bien empleado. Sabio es el que no se mete en callejones sin salida, no se equivoca de instrumento, no malgasta sus energías en un erróneo balance de fuerzas.

El siglo XX fue un siglo de experimentaciones estéticas extremas y sabrosos anacronismos. En el primer rango, las vanguardias quisieron hacer borrón y cuenta nueva, implantar un inédito origen, saltar sobre el vacío del tiempo histórico. A la vez, debieron convivir o malvivir junto a tradiciones muy arraigadas y todavía fructíferas. Contaron con un enemigo: la improvisación. Sus adversarios, con otro: la rutina. La primera mata por aborto. La segunda, por inanición.

Llegado el fin de siglo —dicho de otra forma: liquidada la herencia que cobra su heredero forzoso, el siglo siguiente— parece que alcanzamos un armisticio en la guerra estética: lo ecléctico. Aquí también cabe cobrar las rentas. Finisecular es un eclecticismo donde todo se respeta, todo vale y se busca una mezcolanza razonable dentro de la anchísima oferta que han dejado los años. Corre asimismo un riesgo específico: el pastiche, que puede ser salvado con un recurso excepcional y sutilísimo: la estética del propio pastiche. Imprudentes, abstenerse.

Me arriesgo a decir que el eclecticismo, si no es audaz, al menos puede ser sabio. La experiencia artística del Novecientos agotó las posibilidades del experimento y del museo. Digo más: creó el museo del experimento. Y más aún: la academia de la vanguardia. No lo afirmo con rebaba sino con aprobación, pues la vanguardia ocurre en sociedad y las sociedades viven de institucionalizarse. Hacen camino su andar, si obran con sabiduría. Convierten sus costumbres en leyes conscientes, desechando las inútiles y caducas. Académicos son los que estudian reglas y la vanguardia ha encontrado las suyas, a fuerza de no aceptarlas por anticipado. Todo esto alcanza un resultado socialmente muy apreciable: la diversificación del gusto. Así tenemos, por ceñirnos a la música, premios para lo experimental, festivales de música contemporánea —que sigue siendo minoritaria y excepcional en los programas y las temporadas— y hasta colecciones de registros en la misma línea.

Este cuarto de siglo ha sido incomparablemente fecundo para la vida musical española. La proliferación de instalaciones y de actividades, incluida la nuestra que es la crítica, ha cubierto el mapa de musicalias constantes. Y el cambio no sólo ha sido de cantidad sino de calidad. La velocidad sea bienvenida, incluidos los atracones y los desconciertos.

Si de creación se trata, las líneas son divergentes y ricas. Sigue habiendo una línea cosmopolita y una línea historicista, la internacional y la nacional, ahora subrayada por el laberinto autonómico. Simplifico brutalmente: la línea Gerhard y la línea Rodrigo. Se escribe música desde la sólida instalación tradicional de un Antón García Abril hasta el extremo concretismo de un Mauricio Sotelo. Ya nadie se asusta de los atonalismos, sea el serial, el libre o el aleatorio. Los progresistas, por las suyas, han perdido el asco a los olvidados tesorillos de la zarzuela. En esto, como en tantas otras cosas, los españoles estamos aprendiendo a escuchar y a dialogar, a concertarnos como en los conciertos. A la vez, echando cuentas, nunca ha habido en España tanta gente escribiendo música, lo que significa: gente que quiere aprender a escribir música, la informe y pugnante música que llevan dentro.

De la centuria anterior hemos heredado virguerías técnicas: ondas Martenot, osciladores electrónicos, rayos láser y, en el otro extremo, la sonoridad de los instrumentos primitivos, que suenan sorprendentemente actuales. Heredamos, como es consiguiente, la aceptación de que el arte no progresa ni involuciona y que todo sirve a sus castos y desenfadados fines: la exploración del infinito. En un tiempo propio, que muchos sospechan sea el de la eternidad.

Nos queda por dilucidar el límite de nuestro arte. ¿Es música cualquier fenómeno acústico, como propusieron los futuristas y sostienen los concretistas? ¿Vivimos en un medio continuo de musicalidad y estamos constituidos por él aunque sin saberlo? ¿El ruido es también bello en sus convulsiones y susurros? El tiempo —el de los relojes, los almanaques y la historia— lo dirá, si es que se digna decir algo. La sabiduría consiste en saber oír sus equívocos signos, la trama de nuestra vida en común. Nada más comunitario que la escucha musical, el silencio del que nace eso que todo lo dice sin decir nada.

Blas Matamoro

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