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R de Recursos. Tremenda y dramática.



R de Recursos. Tremenda y dramática.

Tremenda y dramática. Ésta es la desmaquillada situación que sufren las artes escénicas en España en el momento en que SCHERZO cumple 25 años. Tras la formidable eclosión que disfrutó la música en la geografía española durante los años ochenta y noventa del siglo pasado; después de los tiempos de esplendor en que nacieron tantos auditorios, orquestas, melómanos y hasta la propia SCHERZO; cuando todavía está reciente el recuerdo de un tiempo en el que España y su creciente vida musical fueron modelo para otros países europeos de mayor raigambre musical, hoy la realidad es que los brutales recortes presupuestarios, la falta de una verdadera tradición en la gestión cultural y la alegría con que se administró en muchas ocasiones el generoso dinero de las subvenciones han cortado las alas y frenado dramáticamente la panacea musical de las últimas décadas.

Decía Octavio Paz que el principio y base de todo es la inversión en cultura y educación, y la consecuente optimización de los recursos disponibles. Después del periodo de vacas gordas, en que no había solista o formación sinfónica importante que no visitara España cada año, y cuando orquestas y salas de concierto surgían como hongos en la tierra de Victoria y Falla, la realidad sacude con virulencia dramática a una sociedad que ciertamente no supo crear las verdaderas bases de aquel esplendor de escaparate, despilfarro y algo de nuevo rico.

Mientras se inauguraban auditorios, teatros de ópera y se fundaban orquestas y más orquestas nutridas casi totalmente por músicos foráneos a los que Falla, Albéniz o Montsalvatge les sonaban a chino, el drama de nuestros conservatorios, de las enseñanzas musicales, permanecía como la gran asignatura pendiente de la vida musical española. Y ahora, cuando los recursos financieros se han mermado casi hasta la mitad en muchos casos, no existe una generación propia de músicos y de gestores que pueda suplir todo aquel esplendor financiado con alegres cheques alimentados con fondos públicos.

La situación resulta aún más dramática en el universo de la música que en el de otros sectores. En tiempos de crisis, lo primero que se recorta es siempre la cultura. “Es mejor dejar de financiar una ópera que una cama de hospital”. Dicho así —y así es como lo dicen nuestros políticos con evidente cortedad de miras— la respuesta es inapelable. Pero detrás de ese argumento tan esencial y un punto rústico, se esconde la realidad a la que se refería Octavio Paz.

Los fracasos sucesivos de los diferentes planes generales de enseñanza han conducido a la tremenda y dramática realidad actual. Hoy es difícil encontrar un joven que sepa quién es Octavio Paz o haya leído a Pérez Galdós. Muchos de nuestros músicos, además de desconocer a estos dos personajes y a todos los demás, tampoco saben de nuestra música —y de la otra— mucho más que los intérpretes extranjeros que pueblan los atriles de nuestras orquestas.

Recortar en cultura es cercenar las bases de la libertad, del bienestar y de la cohesión social. La famosa cama de hospital tiene que ser compatible con un conservatorio bien gestionado y con una oferta cultural que permita al ciudadano su desarrollo —y disfrute— personal y social. Lo uno es tan principal como lo otro.

La solución a estos gravísimos recortes pasa por una absoluta y radical revisión y optimización de los hoy menguados recursos financieros. En España, y esto es bien sabido en los círculos profesionales, se han pagado —y se pagan— cachés notoriamente más elevados que los establecidos en países de mayor tradición musical. Que un pianista cobre equis por un recital en Londres y equis + otra equis en España es algo intolerable y bochornoso. Y la culpa no es del artista o de su agente, sino del gestor o de la entidad a la que éste representa, que, ignorante o no de ello, paga bastante más de lo que se abona en otros países de nuestro entorno cultural. Bien conocido es el reciente caso del Palau de la Música de Barcelona, Fèlix Millet y Jordi Montull.

Lo mismo ocurre con los profesores de las flamantes orquestas españolas. Sonroja analizar las horas reales trabajadas al cabo del año por nuestros instrumentistas sinfónicos y la remuneración que perciben como contraprestación. Muchísimos de ellos cobran salarios considerablemente más altos que los de sus colegas de grandes orquestas europeas. Y esto pese al claro desnivel de calidad y de cantidad del trabajo realizado. Es ciertamente escandaloso que un profesor de la Royal Concertgebouw de Ámsterdam, de la Royal Philharmonic de Londres o de la Scala de Milán gane menos que un instrumentista de la Orquesta Nacional o del Liceu de Barcelona, por poner sólo dos ejemplos.

Hay que asumir la realidad fea y tozuda de los recortes en cultura. Ante ello, sólo cabe la optimización de los disminuidos medios disponibles. Buscar una nueva relación entre artistas/agentes y teatros y entidades musicales. También revisar en profundidad y con valentía las relaciones laborales, los emolumentos y la productividad de nuestras orquestas; profundizar en la incipiente colaboración entre instituciones y sociedades musicales; potenciar las coproducciones y los acuerdos que unifiquen criterios; aumentar el rendimiento de las en muchos casos infrautilizadas salas de concierto; ahondar en la búsqueda ¡y mimo! de los patrocinadores…

Y siempre, siempre, en tiempos de vacas gordas y en tiempos de vacas flacas, cuidar el “principio y base” de todo: la educación. Octavio Paz. Nuestros conservatorios y las leyes que los rigen han de ser revisados en profundidad. Sólo así, cuando la casa se comience por los cimientos, se vivirá una realidad musical a prueba de especulaciones y de los caprichosos vaivenes de la hacienda pública.

Justo Romero

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