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Q de Quijotes. A pulso.



Q de Quijotes. A pulso.

La pasión por la música mueve montañas: ¿quién dijo imposible?; basta repasar a vuela pluma la transformación de la vida musical española para darse cuenta de que, por encima de las políticas culturales, de la creación de auditorios y orquestas, destaca la huella de personas que han logrado hacer realidad sus sueños melómanos a base de tesón, entrega y ese punto de locura imprescindible que permite considerarlos auténticos quijotes de la música. Abre la galería Alfonso Aijón, que —al igual que hizo Haydn con la sinfonía— no inventó el oficio de promotor privado de conciertos en este país, pero fue quien le dio sus señas de identidad. Ha logrado algo tan difícil como situar a España en la agenda de las mejores orquestas y los más grandes solistas del mundo, ganando a pulso credibilidad, respeto y confianza en la escena concertística internacional; en las temporadas de Ibermúsica el aficionado ha encontrado siempre el máximo nivel de calidad, comparable al de los mejores ciclos del mundo. Paloma O’Shea también hizo realidad algo muy difícil de conseguir: crear en Madrid un centro de formación musical de primer orden, ambicioso en su proyecto pedagógico y capaz de atraer a los mejores especialistas: la Escuela Superior de Música Reina Sofía, referente a la hora buscar la máxima excelencia en la preparación de los músicos del futuro.

Hay tareas calladas, que lo exigen todo, lejos de los focos, pero de ellas depende algo vital para calibrar la calidad musical de un país: el nivel de sus orquestas. Víctor Pablo Pérez es el gran forjador de orquestas de este país y sus logros pueden oírse; las Sinfónicas de Tenerife y de Galicia, dos orquestas de provincias que bajo su mando se han situado en la élite orquestal, con una calidad muy superior a la que ofrecen otros conjuntos de mayor presupuesto. Josep Pons, además de elevar el listón de calidad de la Orquesta Ciudad de Granada, se ganó la condición quijotesca al crear de la nada la Orquestra de Cambra Teatre Lliure de Barcelona y forjar con el soporte de Harmonia Mundi un prestigio internacional que de nada les sirvió frente a la mezquina actitud de gestores y políticos barceloneses que la dejaron morir sin mover un dedo para salvarla.

España es país de festivales, por tradición y hábitos culturales. El malogrado Rafael Nebot situó al Festival de Canarias entre las citas europeas relevantes y tuvo el mérito de apostar no sólo por grandes orquestas y solistas: la política de encargos a grandes compositores españoles y extranjeros le otorgó una mayor dimensión. Alfredo Aracil dio esplendor al Festival de Granada con una programación ajena a los estrellatos, siempre imaginativa en los programas y valiente en el apoyo de la cantera. Maricarmen Palma dio forma e hizo realidad el Festival de Música Antigua de Barcelona, cita pionera que presentó a los melómanos las corrientes historicistas cuando la llamada revolución barroca era casi un exotismo en la programación. Josep Lloret ha conseguido situar a un pequeño pueblo del Ampurdà, Torroella de Montgrí, en el mapa de festivales europeos con presupuestos ajustados, otorgando más protagonismo al interés musical que a la fama del intérprete de turno. Y fomentando la cantera.

También tiene mucho de quijote Jordi Savall, como violagambista y director —es junto a Plácido Domingo el músico español de mayor proyección internacional— y creador de su propio sello discográfico, Alia Vox, logrando el control absoluto de sus proyectos artísticos: su ejemplo lo siguen cada día más grupos y solistas. Fantástica, también la labor del Cuarteto Casals, que se codea con los mejores cuartetos de cuerda de su generación. Hay mucho de quijotesco en Juan Lucas, que ha convertido Diverdi en algo más que una distribuidora de discos: el apoyo firme a la creación contemporánea, a los sellos nacionales, la producción de ambiciosos proyectos con los que se gana de todo menos dinero. Y en el empeño de Xavier Güell en la defensa de la música de hoy: ha logrado que los nombres de referencia de la música contemporánea presenten su obra en Madrid. Quiero cerrar la galería con Antonio Moral: fue un quijote a la hora de poner en marcha SCHERZO; el Festival Mozart (Madrid y La Coruña); el Ciclo de Grandes Intérpretes —uno de los mejores del mundo—; devolvió el esplendor a la Semana de Música Religiosa de Cuenca y ha hecho un magnífico trabajo en el Teatro Real. Y todo lo ha hecho movido por una pasión musical que no conoce límites. Quedan, a buen seguro, otros muchos quijotes en la vida musical y pido perdón por las ausencias, pero no por los presentes.

Javier Pérez Senz

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