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P de Público. El gran reto.



P de Público. El gran reto.

Proclamaba hace tiempo Alfonso Guerra que “a España no la va a conocer ni la madre que la parió”, en un aserto que acabó casi en descripción de los profundos cambios políticos, sociales y culturales que la transición propició en nuestro país. No es mal argumento para asomarnos a la evolución del público de los últimos veinticinco años en nuestras salas de conciertos y en nuestros —cada vez más— teatros de ópera y en los demasiado escasos en los que la zarzuela tiene protagonismo. El parámetro esencial a tener en cuenta en el análisis es que no existe un perfil único de público que acuda a lo que podemos convenir en denominar propuestas de música culta sino que estamos ante un mundo heterogéneo.

En cada uno de los posibles ámbitos de análisis, la evolución ha sido diversa en función de múltiples variantes. La creación de nuevas infraestructuras desde la década de los ochenta abrió expectativas y rompió viejos esquemas y prejuicios. España, por fin, empezó a tener una red de auditorios en condiciones y a renovar sus vetustos teatros. Fue un paso muy importante que dotó al estado de una red de equipamientos que, con mayor o menor fortuna, ha ido generando procesos de colaboración de los que todos se han beneficiado. A la vez comenzó a alcanzarse una cierta normalidad europea en la creación de nuevas formaciones sinfónicas que se sumaban a las escasas existentes. Este paso adelante fue significativo porque sirvió de soporte que impulsó una cierta mejora de la educación especializada. En estas dos décadas largas quizá la evolución más notable ha llegado de la mano del mundo de la ópera. Las temporadas se han multiplicado y también lo ha hecho el repertorio que ha pasado de unas monótonas propuestas, salvo en un par de temporadas estatales, a una diversidad asombrosa que ha llevado multitudes a los teatros. La clave ha estado, precisamente, en la renovación de un repertorio que se ha ensanchado hacia el barroco y hasta la creación actual. Si a esto unimos la mejora integral de los espectáculos —antes centrados exclusivamente en la vocalidad— y ahora muy equilibrados en sus vertientes musical y escénica —aquí la polémica ha empujado una presencia mediática masiva— se entiende ese constante rejuvenecimiento de un público que, además, es variopinto en sus gustos.

No ha experimentado el mismo auge el mundo de la música sinfónica aunque sí se observan tímidos avances. La creación de orquestas y auditorios ha permitido estabilizar un público décadas atrás aglutinado en torno a las sociedades filarmónicas hoy inmersas en un fuerte declive, salvo excepciones. Las grandes estrellas de la música internacional —en nuestro país pagadas a precio de oro— han ejercido un tirón indudable entre los aficionados pero sus visitas no han acabado por consolidar esos aluviones puntuales. Mantienen su fidelidad los grandes ciclos sinfónicos y los festivales articulados sobre los músicos más conocidos y las orquestas autonómicas también dejan ver buen tono, aunque también se percibe una cada vez más elevada edad media entre los asistentes y la necesidad de políticas de captación de nuevos públicos. Otros sectores como el de la música contemporánea, salvo en las grandes ciudades que cuentan con una asistencia minoritaria pero muy fiel, apenas tiene presencia más allá de lo anecdótico en el resto del territorio.

Los problemas que se enuncian no son únicamente atribuibles a nuestro país. Son compartidos con el resto de Europa en buena medida. Quizá lo específico esté determinado por el estrepitoso fracaso de la política educativa general en lo que a la música se refiere en todos los escalones formativos, y que llevará a serios problemas a medio plazo y también a la dificultad de aguantar los embates de las crisis económicas ante una clase política que no sabe ver la música como una industria cultural más, sino como un elemento marginal que sobra cuando vienen mal dadas. Esta forma de actuar puede ser letal ante un panorama que debiera ser otro porque nuestro país cuenta a día de hoy con una sensacional cantera de músicos competitivos a nivel internacional y un tejido productivo cultural que poco a poco ha conseguido metas impensables hace veinticinco años manejando, además, presupuestos muy ajustados. O sea, la fórmula, ha sido más que efectiva: dosis abundantes de imaginación y talento, factores ambos claves cuando de música hablamos. Ahora estamos ante una encrucijada. En los próximos años se debe dar un salto en la oferta que conlleve una importante captación de público. La batalla no va a ser fácil pero los retos son sin duda estimulantes y hay mucho que ganar.

Cosme Marina

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