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O de Olvidados. Partituras mudas.



O de Olvidados. Partituras mudas.

Estos olvidados no tienen nada que ver con los de Buñuel. Aquí son compositores españoles que fueron un día aplaudidos y hasta alcanzaron un reconocimiento, a veces casi popular. Sin embargo, hoy permanecen en un lugar secundario; son unos desconocidos, y no ya por el hombre de la calle, sino por los habituales a los conciertos. Y es que las obras de estos compositores apenas se interpretan, aunque la musicología y la buena crítica recibida en otro tiempo por sus obras señalen al menos cierta calidad. Pero hay demasiados desconocidos notables y es una lástima. Un pintor puede enseñar su obra a los amigos, un escritor prestar su manuscrito. Y un músico, ¿qué puede hacer cuando su composición no se ejecuta y por tanto no suena? Los autores más importantes cubren la programación de recitales y conciertos. Sus obras taponan la apertura a nuevos repertorios y resulta muy difícil para los demás abrirse paso.

No siempre la mediocridad es la causa principal del olvido de un compositor. A veces no se sabe por qué la historia, la sociedad, se muestra injusta con algunos artistas. Es cierto que el número de autores es muy grande y, por tanto, la posibilidad de ser elegido para figurar en el programa de cualquier tipo de concierto, es muy remota y más aún si, en su momento, ese autor no se incorporó al repertorio.

La escasez de orquestas en la España de los siglos XVIII y XIX hacía muy difícil implantar un repertorio español con las sinfonías de Baguer, Pons, Sor, Tintorer, Arriaga, Garay, Moreno, Marqués, Olleta, Bretón, Olmeda, Chapí, Zubiaurre, Jiménez, Serrano, Manrique de Lara, etc., aunque en los últimos años se han grabado y tocado bastantes.

Los compositores de la llamada “generación de los maestros” han tenido poca suerte, quizá porque a esa generación pertenecen Enrique Granados, Manuel de Falla, Joaquín Turina, Julio Gómez, Conrado del Campo, Jesús Guridi y Óscar Esplá, todos ellos bien representados en nuestra discografía, aunque algunos no aparecen como debieran en los programas y menos en los teatros líricos. Mas hay una serie de autores de esa etapa, cuya existencia se extiende aproximadamente desde 1870 hasta la Guerra Civil y primera posguerra, que han dejado una obra interesante y variada y apenas son conocidos por los aficionados. Me refiero a músicos como Enric Morera, Federico Olmeda, Jacinto Ruiz Manzanares, Eduardo Rodríguez-Losada, Jaume Pahissa, Arturo Saco del Valle, Facundo de la Viña, Rogelio del Villar, Vicente Arregui, etc., inéditos para el oyente.

Es grave el caso de Facundo de la Viña (1877-1952), compositor gijonés muy vinculado a Valladolid y a Madrid, donde estudió con Fernández Grajal y Emilio Serrano. Luego amplió estudios en París con Paul Dukas, muy influyente en su estilo, así como Wagner y Richard Strauss a quienes admiraba. Sus óperas Hechizo romancesco, premiada en un concurso nacional, La espigadora, basada en el episodio bíblico de Ruth y Booz, desarrollado en los campos de trigo, cuyo estreno tuvo lugar en el Liceo de Barcelona en 1927, y La montaraza de Grandes, de un castellanismo verista, son muy notables aportaciones al maltratado teatro lírico español. Muy vinculado al Valladolid del padre Villalba, Félix Antonio González, Ruiz Manzanares, etc., De la Viña es autor de canciones, obras para piano y más de una docena de grandes poemas sinfónicos, entre ellos Hero y Leandro, Canto de la trilla, Ante el mar, Judith, Covadonga, Sierra de Gredos, Por tierras de Castilla, Poema de la vida; recientemente, el compositor y director Tomás Garrido ha grabado el poema para cuerdas de De la Viña Cautivos por España – Lamento, en el cual, al margen de su adscripción a la Falange (introduce brevísimamente el Cara al sol), se aprecia el alto nivel de su música.

Sopeña, Gerardo Diego y Joaquín Rodrigo, al referirse a Facundo de la Viña, hablaron de su “robustez orquestal y envergadura poemática”. Con ocasión de su centenario, Enrique Franco escribió en El País: “Sus procedimientos, ambiciosos en lo formal como en lo sonoro, eficaces y directos en lo expresivo, no pueden ser tachados de reaccionarios por la sola razón de no seguir la vía entonces más renovadora: el impresionismo y sus diversas derivaciones”. Y nosotros añadiríamos que el paso del tiempo, aniquilador de modas y de estilos, favorece la escucha de la obra del maestro asturiano, de indudable solidez y gran oficio.

Personalidad destacable por muchas razones y también olvidado en el plano sinfónico es el leonés Rogelio del Villar (1873-1937) profesor y crítico, además de excelente compositor. Entre sus alumnos figura el gran ensayista y crítico Enrique Franco, que escribió páginas espléndidas sobre él, resaltando su leonesismo a través de los muy variados cantos de la provincia, sobre todo en su parte norteña, desde Luna y Babia a Laciana y el Bierzo. Su obra pianística y sobre todo sus canciones, llevaron a aplicarle el sobrenombre de “el Grieg español” y el Diccionario de la Música Labor, de Pena y Anglés, dice que sus cinco cuadernos de Canciones leonesas fueron muy elogiados por el gran músico noruego. La soprano Marta Arce y el pianista Jorge Robaina han dedicado un disco a una parte de la producción liederística de Rogelio del Villar.

Pero habría que recuperar los tres cuartetos de cuerda, buena parte de las piezas pianísticas y sobre todo su producción sinfónica, por ejemplo las Escenas populares, Las hilanderas, inspirada por el cuadro de Velázquez, Égloga, Paisaje montañés, Suite romántica…

La Orquesta de Castilla y León tiene en las obras de Rogelio del Villar material suficiente para emprender una recuperación que, desde el más allá, pide un artista de la estatura del músico leonés.

Andrés Ruiz Tarazona

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