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Ñ de Ñoñerías. La culpa fue de Sarita.



Ñ de Ñoñerías. La culpa fue de Sarita.

La letra Ñ se ha convertido en símbolo patriótico y en referencia identitaria. Tanto se utiliza de estandarte en el Instituto Cervantes como se emplea para exaltar los progresos baloncestísticos (de la NBA a la ÑBA), sin olvidar el tejado que ocupa en el exabrupto absoluto del repertorio nacional ni su posición estratégica en la última sílaba de España.

El problema sobreviene cuando hay más de una. Y no hablamos de Españas, sino de eñes. Eñes como las dos consonantes que aliteran —perdonen el neologismo— el sustantivo ñoñería. Nos ocupa aquí relacionarlo con 25 años de historia musical, conscientes de la cacofonía y de la disonancia que implica el término y su propia relación con el último cuarto de siglo.

Ñoñería rima con cursilería y no rima con antiguo régimen. Equidista de ambos y viene al pelo o al moño para evocar la experiencia traumática de aquella gala de Reyes que concibieron Plácido Domingo y José Tamayo en el Auditorio Nacional.

Sucedió en los noventa, pero la ventolera de las banderas regionales, el trajín de la naftalina y la comunión del himno zarzuelero —Amigos, siempre amigos— sobrentendían un anacronismo y colmaban la definición que la Real Academia atribuye al adjetivo ñoño: soso, de poca sustancia, apocado, corto de ingenio, caduco y chocho.

Chocho no se escribe con “ñ” y sí forma parte de ciertas actitudes regresivas que a veces lastran la mirada del horizonte. Especialmente cuando la clase política se divierte con el juguete de la música y hace un pareado entre la injerencia y la incompetencia.

Fue una ñoñería el jaleo que organizó el PP a propósito de la Luna lunera de José María Cano, como ha sido una ñoñería el provincianismo del PSOE en la fascinación hacia los gestores y sobreintendentes transpirenaicos.

También me parece una ñoñería extemporánea la megalomanía del modelo valenciano. Que es el Walhalla del Turia sin ñ ni aliteraciones wagnerianas, pero con todos los resabios y disparates que comporta la opulencia.

Unos y otros ejemplos relacionan la ñoñería con el acomplejamiento. Y no se trata de airear la eñe mayúscula que antaño procuraba tanto daño, sino de significar un problema de madurez o de inmadurez respecto a la gestión depredadora de la caja de música.

Que muchas veces es la caja del difunto, o la caja del supermercado, o el cajón del sastre, o el cajón desastre. O sea, el habitáculo en el que el autor de estás desordenadas líneas ha decidido clasificar los acontecimientos más ñoños del último cuarto de siglo. Arbitrariamente.

— El fichaje de Aldo Ceccato en la Orquesta Nacional.
— Los conciertos de Montserrat Caballé con su hija.
— El disco de Alfredo Kraus con la tuna (la versión en CD apareció en 1990).
— Las campañas líricas del ventrílocuo José Luis Moreno. Y en particular el diezmado ejército de la producción de Aida (tres soldados aparecían y desaparecían en una especie de biombo apergaminado para dar sensación de grupo).
— La película de Franco Zeffirelli sobre Maria Callas. Que es una película sobre sí mismo. Y muy autocomplaciente. Y muy ñoña. O tan ñoña como su ñoño Jesucristo.
— Riccardo Muti haciendo —deshaciendo— música barroca (y resucitando a Karl Böhm).
— El marido de Joan Sutherland. Que en la gloria esté (ella).
— El revuelo de la melomanía madrileña a propósito de Lulu.
— El conciertazo.

El listado, me consta, es discutible, pero hablar de la ñoñería en sentido abstracto equivale a una redacción libre. Igual que ocurría en el colegio. O que ocurría en el mío, donde una profesora de música, Sarita se llamaba, adoptaba la trágica costumbre de cantar con letras propias la Pequeña música nocturna de Mozart y el Danubio azul de Strauss.

No recuerdo haber escuchado nada más ñoño que un pasaje del vals: “Desde el roquedal, con su ninfa azul, donde enhiestos, los castillos, tu silueta así hacen brillar”, canturreaba Sarita. Entiendo que es un recuerdo personal. Pero me preocupa que el “caso Sarita” haya malogrado miles y miles de alumnos en los colegios de España durante 25 años. Eñe que eñe.

Rubén Amón

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