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N de Nostalgia. Sí, pero, ¿de qué?



N de Nostalgia. Sí, pero, ¿de qué?

Hojeo, abierto en mis manos, el número 0 de SCHERZO. Sobre mi mesa se apilan los diez siguientes —un entero año, 1986—, primeros de una larga serie que aún conservo tras este cuarto de siglo. ¿Qué me dicen hoy esas páginas? ¿Qué sensaciones me sugiere su lectura, qué ecos suscitan en mi memoria? En suma, ¿qué echo de menos de aquella realidad de la que eran reflejo fiel, aunque crítico e inconformista?

No se trata, en esta efeméride conmemorativa, de dar curso gratuito a la nostalgia —ese “dolor del retorno” de los héroes homéricos a su vuelta de Troya que cantaran los Nostoi de la épica griega— entendida como añoranza de un pasado idealizado, como dolor por una pérdida irreparable, como anhelo de una realidad inalcanzable, o como todo ello a la vez. Se trataría más bien, o así al menos lo entiendo, de ponderar lo bien o mal fundado de esa nostalgia, de discriminar qué vale la pena retener y qué merece ser olvidado. Hilemos fino, pues.

Hojeo ese número 0, cuyo editorial tilda a la música de “cenicienta de nuestra más o menos vigorosa vida cultural”; donde un poco más adelante José Antonio Campos, a la sazón nuevo responsable del Teatro de La Zarzuela, califica a España de “zona operísticamente desierta”, en cuya capital “la ópera no pasa de ser una estación de metro”. Hojeo los números sucesivos, y tropiezo con feroces diatribas (“entre nosotros casi todo está por hacer”) contra la baja calidad de nuestra educación musical, la mediocridad y el corporativismo de nuestras orquestas, la falta de infraestructuras, de equipamientos, de instituciones, la desatención a la creación contemporánea propia; ante tan desolador panorama no quedaba, según el editorialista, “más ejercicio que el de la nostalgia o el de la exasperación”; y en el apartado de la música grabada las cosas no iban mucho mejor: mortecino el viejo vinilo, avanzado el año SCHERZO iniciaba una modesta sección dedicada a una polémica novedad —el CD, vivo ya hacía un quinquenio en otros pagos—, mientras nuestra música histórica era patrimonio discográfico casi exclusivo de intérpretes y sellos internacionales.

Nostalgia, pues, ¿de qué? No será, ciertamente, añoranza de ese pasado de inmerecida idealización —pese a cuanto todavía hoy sigamos criticando de nuestra siempre menesterosa vida musical, y más en los presentes tiempos de crisis que amenazan con dar al traste con mucho de lo conquistado—; aquí sí hemos de reconocer que —salvo por la triste ausencia de un puñado de artistas únicos— “cualquiera tiempo pasado fue peor”: ante todo por la prodigiosa, casi ilimitada, ampliación actual de nuestros horizontes de conocimiento, gracias a aquel incipiente CD que nos ha posibilitado el disfrute de músicas entonces ni siquiera atisbadas; pero también por los esfuerzos realizados en infraestructuras, instituciones y medios; por la creciente calidad de nuestros intérpretes individuales y colectivos, el trabajo de nuestros mejores sellos discográficos y la progresiva internacionalización y apertura de fronteras de nuestra vida musical.

Pero, retrocediendo aún más en el tiempo, sí hay lugar para tantas nostalgias —íntimas, subjetivas, pero no menores— que enriquecen e iluminan el recuerdo: nostalgia del descubrimiento, del gozoso instante de esa primera escucha de las grandes obras maestras que ya nunca nos deslumbrarán como entonces, y que ansiamos en vano revivir a manos de un intérprete genial; nostalgia del desvelamiento de obras en un principio tenidas por tediosas o inaccesibles, y que un buen día nos libraron sus secretos; nostalgia de la sensación, de ese acontecimiento raro que atesoramos en la memoria: mi primera ópera —Tosca—, el Otello de Del Monaco, tutta Simionato, mi primer recital de Victoria, el Chopin de Rubinstein, Lulu por Boulez-Chéreau, Boris por Abbado-Liubimov, el Prokofiev de Stokowski, Ormandy o Mravinski, Bayreuth en compañía de Ángel Mayo; nostalgia de las vivencias compartidas —con unos padres aficionados, con nuestros mejores amigos, con los colegas del colegio mayor, con nuestras novias, con nuestros hijos más tarde—, un compartir que trasciende y multiplica el goce. Y nostalgia, en fin y sobre todo, de los ausentes, de quienes —padres, artistas, amigos, maestros— significaron algo, o quizá todo, en nuestra formación musical, en nuestra maduración como aficionados, en nuestra capacidad de entendimiento y disfrute. Cada uno de nosotros tiene sus propios nombres; yo, por supuesto, los míos, y a su memoria reservo lo más hondo de mi nostalgia.

Santiago Salaverri

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