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M de Mercado. ¿Mejor o peor?



M de Mercado. ¿Mejor o peor?

Cuarta acepción del Diccionario de la RAE para el término “mercado”: “Conjunto de actividades realizadas libremente por los agentes económicos sin intervención del poder público”. Octava acepción: “Estado y evolución de la oferta y la demanda en un sector económico dado”. Conjuguemos en el sector música, las libres —no siempre— actividades de la oferta y la demanda. Presupuesto: estamos mejor que hace 25 años. Corolario: estamos peor que hace 25 años.

¿Cuál es la oferta musical? Depende: para el público, para el estamento estudiantil, o para los profesionales de la “cosa musical” —como decía Jesús Aguirre. ¿Qué se ofrece? Actividad (lo dice la RAE) —conciertos, ópera, recitales—, material —partituras, libros, instrumentos—, música grabada, y, desde luego, enseñanza. Sobre ésta, véase el apartado “demanda”. Y sobre la actividad, también. Hablamos de España, sí, pero eso incluye Internet, la aldea global. El melómano, ¿tiene acceso a cualquier grabación de música clásica? El mundo ha cambiado: hace 25 años la respuesta hubiera sido “no”, pero hoy es un casi seguro “sí”. Los comercios no andan boyantes, pero la Red de redes sí constituye emporio. Hoy no sólo se puede escuchar a Furtwängler, se le puede ver en filmaciones, oír en entrevistas y seguir sus ensayos. Dígase lo mismo de Toscanini y casi de Mengelberg. No digamos ya los “modernos” (Walter, Klemperer, Horenstein), de los que hay de todo en cualquier soporte audio-visual, y de ellos en adelante lo que se quiera. Si Edison, Cros, Berliner, Chomón y los Lumière hubieran ido algo más ligeros, habríamos pillado a Mahler, y hasta a Wagner, en acción. Tenemos a golpe de euro todos los registros realizados a lo largo de su no corta vida por Rubinstein, y nos ha faltado el canto de un duro para tener todos los de Granados y Ricardo Viñes. Existe una mayestática edición Caruso y si la ciencia hubiera adelantado una barbaridad tendríamos una de Gayarre.

¿Partituras, libros? La gran ventaja del lenguaje musical es que es el esperanto llevado al límite: el becuadro, la ligadura o el 3/4 son iguales aquí y en Laponia, y, de nuevo, la Red es casi infinita ofertando pentagramas, a veces con gratuidad absoluta. Pero el tema libros es peor si usted sólo lee español, o se mal defiende, de diccionario armado, en inglés: por traducir, siempre lo ha dicho Javier Alfaya, está casi todo; se ha avanzado, pero el terreno sigue siendo un solar huero de regadío. ¿Está traducido el Bach de Spitta (da igual que hoy sea rebatible un tercio del “tractatus”)? ¿Se pueden leer en castellano los ensayos y análisis de Heinrich Schenker (sin los cuales Furtwängler no habría existido como intérprete)? ¿Los tomos de LaGrange sobre Mahler han recibido versión hispana? Suma y sigue…

La demanda de la enseñanza ha empeorado en los últimos años, en colisión con el concepto académico: “sin intervención del poder público”. En un reciente artículo (ABC, 14-9-2010), Tomás Cuesta afirmaba que “ni Lizst, ni Paganini, ni Schoenberg, podrían ser profesores hoy del Real Conservatorio de Madrid”. La estulta ley de incompatibilidades docentes prima al mediocre y al burócrata sobre la figura de prestigio. ¿Podrían nutrir al hambriento —al alumno— Frühbeck de Burgos o López Cobos (escamondado, eso sí, de toda aventura española)? Berganza, a Dios gracias, lo hace: pero eso ya es alta enseñanza, la Escuela Reina Sofía de Paloma O’Shea, una institución que cumple con creces una función, que, por ceñirnos a un único predio, ha dado frutos tan señeros como los Cuartetos Casals —primero— y Quiroga —después. Pero a pie, más abajo del Walhalla de esta Escuela, el hálito de lo menesteroso va semejándose a Nibelheim.

¿Demanda de actividad musical, de salas o de conciertos? Si usted vive en Madrid, Valencia o Barcelona, no puede quejarse. En la capital del reino sobra música, empiezan a sobrar salas y comienza a faltar público. Pero en Cantabria, con uno de los niveles de vida más altos de este país, no existe una orquesta sinfónica estable, y sólo el FIS, la temporada del Palacio de Festivales y el ciclo Música y Academia de la Fundación Botín alimentan una melomanía abstinente. En Granada, nivel de vida mucho más bajo, se dan cita una orquesta excelente, un conservatorio ejemplar —la nómina de artistas que ha dado en los últimos 15 años asombra— y un público (una ciudadanía) devoto de la música.

Tengo total respeto hacia los derechos de autor e intérprete, y apoyo que se velen y protejan, pero la lucha sin cuartel contra el “descargador internáutico” es una guerra perdida a largo plazo. La persecución y la represión no hacen sino alentar el halo romántico, transgresor, del bucanero virtual. Los más listos saben que hay que convivir con la descarga: el “Download” gratuito —¡durante una semana!— de las Sinfonías de Beethoven, organizado por la corporación de la BBC, convirtió a la BBC Philharmonic y su director, Gianandrea Noseda, en la orquesta y maestro más difundidos del globo en tal repertorio, por encima de Karajan, Bernstein o Barenboim.

Sí, estamos mejor que hace 25 años y peor que hace 25 años. Ya no basta la Real Academia, hay que ir al pretérito Codex de Derecho Canónico: “Concordia discordantum canonum”.

José Luis Pérez de Arteaga

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