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L de Libros. Una apabullante minoría.



L de Libros. Una apabullante minoría.

Preguntémonos qué libros sobre música podía encontrar un aficionado en las librerías españolas en 1985. No demasiados. El panorama bibliográfico era entonces un fiel reflejo de la pobre cultura musical del país. La única excepción digna de mención era la naciente colección Alianza Música que, con el tiempo, se convertiría en el fondo más extenso de textos musicales académicos, hoy con más de un centenar de títulos. Gracias a esta y otras editoriales como Labor, Turner, Akal o Acantilado, los estudiantes de musicología y los aficionados a la música hemos podido conocer una selección de los mejores autores extranjeros. Los manuales concebidos para las universidades americanas (Alianza y Akal) y la Historia de la Música de la Sociedad Italiana de Musicología (Turner) fueron algunos de los nutrientes que saciaron las ávidas inquietudes de los lectores españoles. El algo inmerecido terremoto editorial de El ruido eterno (Seix Barral) ha sido el último episodio de esta tendencia. Resulta, así, significativo que, en el conjunto de publicaciones de estos últimos 25 años, los libros originales de autores españoles sean una apabullante minoría. Con la pionera excepción de Adolfo Salazar, cuya polifacética figura todavía espera un justo reconocimiento, la traducción (con frecuencia distorsionada por errores) más que la producción propia ha copado —y lo sigue haciendo— el mayor espacio en los anaqueles de nuestras librerías. La aparición reciente de monografías escritas en España sobre Bach, Haydn, Mahler o Schoenberg, por citar algunos ejemplos, parece indicar un principio de cambio que, previsiblemente, tardará aún mucho en consumarse.

Pese a todo, dos hitos bibliográficos en la producción nacional han tenido una especial relevancia: la Historia de la Música Española en siete volúmenes (Alianza, 1983-1985) y el Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana en diez (SGAE, 1999-2003). Con sus virtudes y sus defectos, ambas empresas reflejan el compromiso de una comunidad científica por participar con voz propia en el concierto editorial de la música, al tiempo que aspiran a encontrar una identidad propia en su pasado musical. A este empeño se viene dedicando con entusiasta vocación el Instituto Complutense de Ciencias Musicales, creado en 1989, cuya frenética trayectoria ha resultado en la casi imposible cifra de más de 200 publicaciones, contando monografías, libros colectivos y ediciones de partituras. De estas últimas, más de una treintena han traspasado la librería para llegar al escenario, haciendo efectiva la recuperación moderna de obras españolas olvidadas. Junto a la vertiente comercial y divulgativa, el circuito de las publicaciones estrictamente académicas también ha emergido en las últimas dos décadas con una fuerza desconocida. El apoyo de las prensas universitarias y las administraciones públicas ha sido clave para apuntalar la consolidación de la musicología universitaria, una disciplina aún en construcción en España.

No es, pues, necesario insistir sobre cuánto ha cambiado el mundo editorial de la música en estos 25 años. Y pese a ello, no se puede evitar una sana envidia cuando paseamos por algunas librerías europeas. No es sólo una cuestión de número de títulos publicados (cada vez, además, más fácilmente accesibles), sino también de enfoque y de prosa. A diferencia de otras artes, la naturaleza inasible de la música parece implicar un lenguaje ininteligible, una especie de código secreto que necesita ser desvelado para su plena comprensión. De ahí que tanto el aficionado como el estudioso reclamen un tipo de libros que le ayuden a entender qué ocurre en las entrañas de las obras que tanto placer estético le proporcionan. En esa perspectiva ideal que conjuga el contexto histórico con la explicación precisa pero accesible de los procedimientos compositivos radica, a mi entender, la esencia del buen libro de música destinado a un lector inteligente y curioso. Y son precisamente estos trabajos los que tan difíciles resultan de encontrar entre los que aquí se escriben. Una joven musicología enclaustrada en su torre universitaria y demasiado preocupada, legítima pero excesivamente, por la problemática noción de “música española”, y una crítica musical mal estructurada que ha sabido, sin embargo, impulsar el florecimiento de revistas especializadas, afrontan un reto común: narrar la historia de la música universal en castellano desde una óptica hispana o, puestos a soñar con propuestas ambiciosas, hispanoamericana.

Miguel Ángel Marín

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