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K de Kilos. Gracias, quédese con el cambio.



K de Kilos. Gracias, quédese con el cambio.

Reflexionar sobre el canto en España en este periodo evidencia una mutación, por supuesto gradual, del arte del canto y sus propios intérpretes, y cabe inquirir qué valores permanecen aún sobre el tapete, quiénes pintan bastos, quién lleva hoy la batuta; porque uno tiene la rara sensación, nueva en la historia de este arte, de que los cantantes cada vez pintan menos en la lírica.

En un momento de escasez de finos maestros de canto, lo que nutre la escena es una pléyade de cantantes de técnica incompleta, a lo que no escapan algunas celebridades. Careciendo de un firme apoyo del fiato es muy difícil trenzar un genuino canto aéreo, reproducir los signos expresivos de la partitura, sus giros y matices, y vencer los tramos peliagudos que éstas suelen contener. Sin esa base, es poco menos que imposible cantar Verdi, Wagner o el balsámico Mozart, demasiado reducido éste a dignos ensembles, en los que quien canta un poco fuerte no sale en la foto.

¡La fotogenia! De ella sí hay mucho entre esta juventud canora de top-models y señores tallados a golpe de gimnasio, pero si algunos no son capaces de llevar el aire hacia los más elevados puntos faciales, donde se enriquece la resonancia, sus voces sonarán en el teatro blancas o destimbradas. Casi púberes, muchos acceden ahora con cierta facilidad al Covent Garden o la Scala, vedados otrora aun a artistas connotados. Es cierto que ahora hay profesionales del lied o del Barroco más musicales que muchos de antaño y con mejor nota en idiomas, y la moderna musicología les echa una mano. Pero aunque aporten belleza, sin buena técnica emitirán algunos sonidos abiertos o duros y las exigentes obras de Haendel o Bononcini a la larga podrían dañarles.

También el disco es paradójico, pues antaño solía ser la culminación prestigiosa de quien ya había demostrado en escena casi toda su valía; si un artista había marcado a fuego varios roles, haciéndolos brillar como Rólex; habrá que convenir en que se cantaba con fulgor y artesanía. Aún estábamos lejos de los logros del estéreo, pero aún más de la churrería discográfica de penúltima hora, que expende obras a granel, o de la sospecha de algunos de que ciertos teatros se valen de la megafonía. Al concepto de producto, siempre algo estándar, cabe oponer el de documento, que de modo más calmo ha demostrado su ejemplaridad. Una muestra: en 1940, Gigli seguía siendo el Chénier más rozagante, como Caniglia sabía alternar lo angelical y la fogosidad imprevista. El vinilo recogía estas elecciones acertadas y las registraba con la exactitud de un notario.

De Isabel Rey conservo el recuerdo de una masterclass con Caballé, anterior a su debut en Sonámbula. Me impresionó que alguien tan joven derrochara sensibilidad, que interpretara. Se dio a conocer en 1987, y su tenaz vocación la llevó a Viena, Zúrich o Salzburgo. Posee una voz grata, emitida con fluidez y escancia bellos piani, sólo a veces algo fijos. Y el disco, al carecer del factor espacial, no le hace plena justicia, pues encajona su voz. María Bayo es quizá nuestra soprano con más laureles, pese a que su voz no tenga especial encanto y su dicción abunde en dejes extraños. No la veo como Nedda en Payasos; sí en cambio en Zerlina, papel de su debut en el Metropolitan. Está cómoda en los dominios de lírico-ligera y cuando canta economizando aire, como en las partes etéreas del Barbero, su voz se torna más suelta.

También Ainhoa Arteta ha hecho carrera, con mérito singular en EE.UU. No es raro que allí encandile, por su franca sonrisa y cortesía que hacen de ella una suerte de Julia Roberts de la ópera. Lanzada acaso prematuramente en una Traviata en el Met, con los años ha ido embridando su inicial vibrato y expandiendo el volumen. Su destreza para moverse en pentagramas de lírica pura, dibujados con trazo ligado a la tradición, la ha llevado a conquistar un puesto entre las mejores Leila, Magda o Liù de su tiempo. Ofelia Sala, es ducha en papeles que expresan sentimientos radiantes, aunque también haya cantado al enfurruñado Schreker. Y María José Montiel destaca dentro una no muy nutrida cuerda de mezzo. Su tránsito desde la tipología de soprano ha asentado su voz y permite disfrutar con relax su rica pulpa.

Entre los varones, tras su debut en 1987, destaca Bros por su dicción y musicalidad notables, al servicio de una voz clara y algo feble. Y cómo no, el barítono Carlos Álvarez, que debutó en una producción de Sagi de La del manojo de rosas. Me impresionó entonces su consistencia vocal. Los buenos augurios se cumplieron y ha actuado en Viena, Milán o Nueva York. Es la voz española más importante y casi la única que deja un sólido legado discográfico. Su madurez la comprometen problemas de salud. Manuel Lanza debutó en la misma producción, en una época de sequía lírica que ambos han ayudado a sobrellevar. Barítono extenso, algo atenorado, sorprende por la noble madera del médium y la naturalidad del canto. Carlos Bergasa se hace notar por su canto torneado, de línea brusoniana, e Iñaki Fresán por su poliédrico repertorio, que incluye Mozart y el lied.

Joaquín Martín de Sagarmínaga

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