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I de Imaginación. O el arte de empezar.



I de Imaginación. O el arte de empezar.

Hace veinticinco años el mundo musical español era muy distinto al actual. Menos abundante aunque riguroso, comprometido y peleón. Sin duda, más entusiasta. La historia ha colocado en un lugar destacado lo sucedido en aquellas fechas en las que ideas, proyectos y realizaciones se sucedían a borbotones impulsadas por el deseo de componer otra realidad. El clima era propicio, sin duda, gracias a una situación económica pujante y a una coyuntura sociopolítica de renovadora ilusión democrática.

Sin ánimo de exhaustividad, tratando tan sólo de aproximar aquellos años de bulliciosa esperanza, cabe recordar que en la década de los ochenta se hacen firmes algunas iniciativas privadas cercanas a la creación. Entre ellas estuvo la Tribuna de Jóvenes Compositores (1981) y el Centro de Documentación de la Música Española Contemporánea (1983) de la Fundación Juan March, así como un buen puñado de nuevas asociaciones de compositores que tomaron como modelo las pioneras Associació Catalana de Compositors (ACC), de 1975, y la de Compositores Españoles (ACSE), formalizada al año siguiente.

El ánimo asociacionista fue un incentivo para la formación de varios grupos de creación, a veces fugaces, pero todos representativos de la nueva realidad, desde el Grupo del Bierzo (1986), a la Escuela de Composición y Creación de Alcoy (ECCA) (1987) y el pamplonés Iruñeako Taldea (1986). En paralelo, las propuestas públicas se consolidaron alrededor del Centro para la Difusión de la Música Contemporánea (1983) y su Festival de Música de Alicante (1985), con correlato en el barcelonés Centre de Documentació i Difusió de la Música Contemporània (1986). Sin olvidar el formidable Plan Nacional de Auditorios, a cuya primera realización, el Palau de la Música de Valencia (1987), se fueron añadiendo otros espacios de nueva planta y muchos teatros reformados, lo que generó un patrimonio que, cercano el siglo XXI, alcanzaba el medio millar de recintos. Luego todo fue llenarlos de música, crear orquestas hasta llegar a la treintena en todo el país y favorecer a otros grupos más pequeños a semejanza de aquellos que entonces aparecieron: el Grupo Círculo (1983), el Grup Instrumental de València (1984) y la Orquestra de Cambra del Teatre Lliure (1985).

Es fácil de entender que en ese contexto surgiera la revista SCHERZO (1985) y que tuviera éxito. El público también estaba dispuesto a experimentar. Las razones son lo de menos, ya fuera por verdadera afición, por compromiso o por simple esnobismo, que siempre lo hay. Cómo si no explicar, por ejemplo, la sorprendente aparición de miles de aficionados que agotaron en horas los abonos puestos a la venta poco antes de inaugurarse el Teatro Real en 1997. Quizá porque se sucedieron años de abundancia, en los que hasta las carencias se ocultaban bajo el paraguas protector del éxito proporcionado por el entorno.

Todo aquello ha pasado y hoy se comparte la agridulce sensación de felicidad por la edad alcanzada y de temor ante el impredecible futuro. De nuevo, la música española es hija de las circunstancias. Lo malo es que estas ya no son favorables y mientras la coyuntura externa encuentra justificación en la crisis económica internacional, la interna deja aflorar inquietantes problemas estructurales, muchos de ellos consecuencia del desgaste y de la falta de previsión durante los mejores años.

Se observa con atención el envejecimiento del público, incluyendo a los abonados que sin herederos reconocidos acuden a los ciclos y temporadas; la comodidad de algunas programaciones que se refugian en una retórica facilona; la escasa ambición de las organizaciones, desde las orquestas a los teatros, que durante años han vivido de un presupuesto asegurado y que ahora tienen que conquistar a espectadores y patrocinadores; la promoción que todas ellas hacen con herramientas torpes, caras y desfasadas, en un momento en el que en otras áreas se investiga el beneficio de la web 2.0 o el marketing ilustrado; el fuerte carácter individualista de la composición española…

Pero, sobre todo, la falta de proyección social de la música abandonada por los medios de comunicación y transmitida a los más jóvenes a través de planes pedagógicos que no pasan de ser conciertos entretenidos para complemento de una educación general empeñada en formar analfabetos musicales. En un gesto freudiano podría hablarse de los deseos insatisfechos, lo cual sería tanto como apelar a la creatividad, es decir, a romper la rutina trayendo el futuro al presente. En definitiva, a imaginarlo.

Alberto González Lapuente

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