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H de Heterodoxias. Ochenta años esperando a Godot.



H de Heterodoxias. Ochenta años esperando a Godot.

Heterodoxo: disconforme con doctrinas o prácticas generalmente admitidas. (DRAE)

La música contemporánea lleva siendo contemporánea demasiado tiempo y los excesos se pagan. A inicios del siglo XX los creadores musicales más inquietos avisaban de que la práctica musical era muy conformista. Esto incluía el hecho de que esa práctica era una afición masivamente compartida y, como ahora se diría, un fenómeno de sociedad tan grande que no es posible hacerse idea sin buscar torpes comparaciones (el cine, la música popular…).

Y ante tal conformidad con usos desgastados y fetiches, los creadores lanzaban la voz de alarma: una sociedad tiene que evolucionar, debe conocerse mejor y saber en qué clase de mundo vive, etc. Y como la mayoría difícilmente deja de ser conservadora, los creadores fueron ciñéndose el traje de la heterodoxia hasta llegar a ser ésta la posición dominante tras la formidable crisis de los años treinta y las consiguientes y devastadoras guerras.

Así pues, los creadores inquietos (digamos ya su nombre: la vanguardia) asumieron todos (o casi) una actitud “generalmente admitida” entre ellos, pero muy difícilmente admitida en su relación con el público. Por lo que en el seno de la familia de compositores apenas se podría hablar de heterodoxia, pero el conjunto mismo de creadores resultaba heterodoxo respecto a la sociedad. Ahora bien, dada la unanimidad de las corrientes innovadoras en materia de lenguaje musical, también se podría decir que los “disconformes con doctrinas o prácticas generalmente admitidas” eran los públicos y, por tanto, heterodoxos en la acepción del DRAE.

Y como nadie se ha apeado de sus posiciones, la disconformidad se ha terminado convirtiendo en un gigantesco desierto que ya nadie sabe cómo atravesar. En una orilla, los otrora heterodoxos compositores se lamentan casi metafísicamente de la imposibilidad de vérselas con los viejos rivales, mientras que en la otra, los públicos se han adocenado hasta extremos gigantescos y palían su sed de estímulos musicales con una pavorosa enormidad de música popular que apenas sabe salir de un bucle infernal que le lleva una y otra vez al solipsismo adolescente.

Pues bien, ¿algo de culpa tendrán ambas partes? Y mientras vamos intentando reconocerlo, bueno será que nos despojemos del ajado traje de heterodoxos, ya que nadie sabe actualmente con qué está disconforme.

¿Que éste es un discurso viejo? Veamos. Hace días, encuentro, vía Internet, una declaración del octogenario Pierre Boulez en la que parece que dice (no me suelo fiar de estas breves declaraciones cogidas con alfileres, aunque su estilo se reconoce) que no se ha hecho nada en ópera desde 1935. ¿Por qué ese año? Antes se decía masivamente, en las filas de la vanguardia y su herencia, que la ópera había muerto en 1925. Quizá esta última fecha, la del estreno de Wozzeck, eliminaba a la otra ópera de Alban Berg, Lulú, y el canon vanguardista no puede renunciar a la “segunda”. Digamos, de pasada, que 1935 es el año de la muerte de Berg, no el del estreno de Lulú, pero pelillos a la mar. Esa declaración está enmarcada en otra más solemne, Boulez prepararía una ópera, ¡él mismo!, sobre Esperando a Godot, de Beckett, para Milán en 2015, tendría entonces 90 años si el proyecto se realiza. Esto convertiría al gran “martillo” de heterodoxos de su propia ortodoxia en el restaurador de un género que habría desaparecido todo el tiempo de su larga vida. En suma, en su inventor, ya que no hay continuidad después de 90 años de desaparición de un género (80 años, si tomamos el fiel de 1935).

¿Es esto sensato? No hay nada que reclamar a quien parece que ha dicho esto. Después de todo, un artista tiene derecho a decir cosas que sirvan para justificar su propia postura creadora. Pero, ¿cómo implica esto a los demás? Y los demás somos todos, el público que, evidentemente, también ha debido de desaparecer en tanto tiempo muerto; los otros creadores que han hecho centenares, si no miles, de óperas en esos años de desierto. Bueno… que cada palo aguante su vela; pero no nos extrañemos de los llenos de Mamma mia! y del enrevesado mundo de la creación lírica contemporánea, oscilando entre posiciones nostálgicas de indigesta asimilación y experimentos cuya metáfora principal sigue siendo la de que aún estamos buscando cómo resucitar al muerto. Y si el público sigue siendo analfabeto en proporción creciente, preguntémonos los creadores si somos totalmente inocentes de la catástrofe. 80 años esperando a Godot son muchos años y no pasan en balde.

Jorge Fernández Guerra

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