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G de Generaciones. Transformaciones.



G de Generaciones. Transformaciones.

En el año de nacimiento de SCHERZO, en 1985, la música española vive momentos de transformación como nunca antes había experimentado. La regular actividad de los compositores del ámbito instrumental se veía contestada por unos autores que se ofrecían como alternativa a un lenguaje que, según su punto de vista, se había encasillado al seguir la estela de las vanguardias de posguerra. De parte de Llorenç Barber o Carles Santos se proponía acercar el hecho sonoro al público. Bujaraloz by night, el tema pianístico de Santos, se convierte en estandarte de una estética en la que se dan la mano la herencia minimalista y una melodía consonántica. Sus performances, tanto al piano como en trabajos mixtos, de la misma forma que los de Barber, con su banda de improvisación Taller de Música Mundana, renuevan la idea del concierto clásico. La Orquesta de las Nubes, con Suso Sáiz al frente y Esplendor Geométrico, con su apuesta por la electrónica, significan un paso más por aligerar los materiales de la nueva música y acercarlos a oyentes de un gusto marcado por el pop. En esa tendencia, Eduardo Polonio graba su famoso disco para Linterna Música en 1987: Cuenca. Estamos ante compositores que nacen en los años 40, es decir, contemporáneos de Tomás Marco y Villa Rojo, lo que quiere decir que por primera vez, en una misma generación, hay una fractura estética importante. Coincide esta renovación de mediados de los 80 con una propuesta que lanza el Círculo de Bellas Artes a través del proyecto Talleres de Arte Actual, con la grabación de obras fundamentalmente compuestas por músicos nacidos en los 50: F. Guerra, Aracil, Turina, Encinar, Pérez Maseda… A pesar de haber nacido muy poco después de un autor de la trascendencia de Francisco Guerrero, ninguno de ellos guarda relación con el autor de Zayin, como tampoco se sitúan sus estéticas cerca de las de los compositores de la generación que les sigue, es decir, la formada por Rueda, Posadas y Camarero. En los músicos de los 50, la adopción de estilos es muy diferente de uno a otro, por lo que no hay que hablar aquí de escuela. La dedicación a distintas ramas en torno a la música, como la dirección de orquesta en lo que respecta a Encinar o la gestión y programación musical (F. Guerra y Aracil), muy probablemente les ha impedido consagrarse más a la composición y la difusión de su propia obra. La más deslumbrante (y atípica) obra de este grupo de músicos es Mise en scène, de Encinar, por el aprovechamiento espacial de los instrumentos (alternancia de clarinetes bajos y clarinetes en si bemol) y por el desdoblamiento del solista en otros dos (especie de “doppelgänger”). Lo desazonador es que esta generación de Aracil, Encinar y Guerra ha pasado sin imponerse en los programas de conciertos (una generación “perdida”), mientras que la vertiente alternativa de Barber y Santos ha continuado su camino por la vía que ha seguido toda experiencia electroacústica y de arte sonoro en los últimos 20 años, es decir, paralela a la música instrumental convencional. Es ahí donde la generación de los 40 ha coincidido más con las siguientes, de manera que Polonio, con piezas maestras, como Un eclipse o A-roving y Berenguer (On nothing) han dado lo mejor de sí mismos aprovechando que la audiencia se ha diversificado con los años y ha aplaudido también las propuestas paisajísticas (Francisco López), performativas (Miranda) o intermedia (Iges).

Antes que derrocarla, la nueva música surgida en torno a Barber ha visto cómo la generación nacida en los 30-40 ha presentado sus mejores obras en este período (los cuartetos de Halffter y Marco, Figura en el mar, de Luis de Pablo), alcanzando un estatus entre el público incuestionable. La generación que sigue a Guerrero es la que se ha visto más favorecida por el interés de las firmas discográficas y de los programadores de conciertos. Compuestas, en muchos casos, para ensembles, las obras de Sotelo, Sánchez-Verdú, Camarero o Posadas se han estrenado con relativa facilidad, en buena parte gracias a la franca disposición de los emergentes grupos instrumentales. Es en el trabajo estrecho con los intérpretes como estos autores nacidos entre finales de los 50 (López López) y los 70 (Mendoza) han cambiado la cara a la nueva música española, internacionalizándola con la inserción de rasgos autóctonos (Sotelo) y material proveniente de la cultura mediterránea (Verdú) hasta situarla en un mismo nivel de exigencia que hasta ahora parecía exclusivo de las modernas escuelas francesa o alemana: López López y su conocimiento al detalle de los timbres instrumentales.

Francisco Ramos

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