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F de Futuro. Y todos serán felices.



F de Futuro. Y todos serán felices.

Ignoro qué extraños mecanismos mentales han llevado a que se encargue la F de Futuro a alguien tan veterano como yo, con mucho pretérito (imperfecto) y ya menos porvenir. Pero lo acaba de escribir de sí mismo uno de mis poetas favoritos: “Ahora que ya tengo más pasado que futuro me basta con seguir mi propia tradición” (Miguel d’Ors en su último libro, Sociedad limitada). Y eso es lo que ahora haré, no sin antes repensar un poco esto del pasado, del futuro y del presente en el que escribo (en el que vivo). A fin de cuentas, ¿existen estas entelequias? “No” —afirmaba tajante mi dilecto Torres Villarroel en 1752—, pues “si el tiempo presente fuera siempre presente y no pasara al futuro, no fuera tiempo, sino eternidad; [pero] el pretérito ya no es, el futuro no ha llegado, con que no fuera loca opinión negar el tiempo”. (OC, VIII, p. 34). Como “negar el tiempo” es un poco fuerte para un músico (y don Diego, como catedrático de matemáticas en el alma mater salmantina, lo era también un poco), me arriesgaré a hablar del futuro de nuestra música. Este es resumido en ocho puntos mi diagnóstico, optimista quizá: está basado en que “cualquiera tiempo pasado / fue peor”.

1º. No habrá polución acústica. Los alcaldes harán cumplir las normas a los demás y se las aplicarán a sí mismos, por lo que nunca más oiremos a ninguno de ellos pedir excusas “por las penalidades de la música” que él mismo había programado, sufridas por los vecinos en las pasadas fiestas.

2º. La educación musical fluirá con normalidad en todo el ciclo pedagógico, tanto en el general como en el profesional. Se habrá convertido pues en creencia afirmativa y generalizada aquel condicional inolvidable con el que comienza Noche de Reyes: “If music be the food of love, play on” (“Si la música es el alimento del amor, tañed”).

3º. Item más, y hablando de los conservatorios, se habrá disuelto ya, por innecesaria, la CEEAASS (Coordinadora de Enseñanzas Artísticas Superiores) que tanto nos hacía sufrir narrándonos “las penalidades de la música” en los Conservatorios Superiores: ya serán Facultades universitarias, tendrán autonomía, su bonito plan Bolonia y sus planes de estudio en él integrados, serán felices, etc. Y sólo emigrará el músico que así lo desee.

4º. La Real Academia Española, recordando que tuvo en su seno una vez (ya tan lejana) a un músico, Barbieri, y que ella no sucumbió en el intento, habrá repetido la experiencia, por lo que habrá afinado algunas de sus voces, músicas o no, que antaño estuvieron tan disparatadas o desdibujadas.

5º. La Real Academia de la Historia, percatándose de que nunca había acogido en su seno a un historiador de la música (sí ha tenido muchos historiadores del arte: Sánchez Cantón, Angulo, Chueca, Pita, Pérez Sánchez…, hasta tres al mismo tiempo), habrá puesto remedio a tan llamativa (y un poco despreciativa) ausencia.

6º. Habrá una subida espectacular del nivel de lectura entre los músicos, por lo que las editoriales españolas volverán a poner en marcha colecciones de asuntos filarmónicos, también devoradas por lectores no músicos cada vez más numerosos, que agotarán las / algunas ediciones.

7º. A la vista de lo anterior, la prensa no especializada dará inusitado vigor a la sección musical, y se volverá a escribir sobre música, y no como ahora sobre si Domingo dice adiós a Washington (ópera), si Pires hace como que se retira (dentro de dos o tres años), o si viene una orquesta israelí a Bayreuth, y cosas así de apasionantes.

y 8º (para completar el diapasón). Los compositores españoles, como los intérpretes de más éxito, podrán vivir plenamente (no haciéndose muy ricos, eso también es cierto) de sus obras musicales, sin distraer su precioso tiempo en zarandajas.

Se podría aducir que poco de lo que he contado tiene visos de convertirse en realidad, mas, como en el viejo chiste de “zapatos a un euro”, yo respondería: tal vez, pero ¿a que es bonito? Y no olvidemos —como ya advirtió Racine en el segundo prefacio de Andrómaca, tomándolo de un viejo comentarista de Sófocles— que “no hay que entretenerse en poner objeciones a los poetas porque hayan introducido algunos cambios en la fábula, sino que hay que dedicarse a considerar el excelente uso que han hecho de esos cambios y el ingenio con que han sabido acomodar la fábula a su asunto”. Pues si eso es partiendo de lo pasado, ¿cómo se me podría reprochar hablando del Futuro? Que así sea, hasta que venga Elías (es decir, por los siglos de los siglos). Amén.

Antonio Gallego

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