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C de Crítica. El calvario.



C de Crítica. El calvario.

Desde que hace treinta años, alertado por Enrique Franco —que los había localizado—, corrí a una librería de viejo para adquirir los agotadísimos tres volúmenes en los que, con el título de Treinta años de crítica musical, se recogen los artículos de José María Esperanza y Sola (Madrid, 1834-1905) publicados en La Ilustración española y americana, no hay vez que me surja un tema relacionado con la música que se hacía en España a finales del ochocientos, o con los grandes nombres del siglo romántico español y europeo, que no abra esos libros donde cabe encontrar información amplia, sesudas opiniones “en caliente” y, sobre todo, reflexiones que permiten acercarse a la manera en que se vivía aquí el hecho musical en las tres décadas finales del siglo XIX.

Hace algunos años —menos—, y gracias a los trabajos sobre Adolfo Salazar (Madrid, 1890 - México, 1958) llevados a cabo por el profesor Emilio Casares, que incluyeron un arduo esfuerzo recopilatorio, pude consultar centenares de críticas musicales publicadas por Salazar en el diario El Sol en los años de la República. Estos artículos, además de mostrar una lucidez y altura intelectual dignas de admiración, conservan su validez, enseñan mucho sobre cómo analizar el presente e informan cumplidamente sobre cómo fue la vida musical española en los decenios de pre-guerra. Adolfo Salazar es el “hermano mayor”, el “padre” o el “abuelo” de cuantos hemos ejercido o ejercemos el oficio de crítico musical en España desde que acabó la guerra y casi hasta hoy, y es un hecho que sus críticas y artículos de prensa, ya sea para alinearse con sus opiniones, ya para ponerlas en entredicho, podrían seguir funcionando como referencia y como fuente de información si existiera ese libro que pusiera a mano la aportación de Salazar en el campo de la crítica diaria.

Servidor de ustedes, como discípulo que es de Federico Sopeña y Enrique Franco, pertenece a la generación de “nietos” de Salazar, y sufrió mucho en las dos etapas distintas y distantes en las que ejerció la crítica en prensa diaria. También disfrutó, claro, pero en esta ocasión se le ha encomendado que trate del calvario de la crítica musical hoy y aquí… Causa del sufrimiento: la percepción de que, por motivos físicos y hasta metafísicos, no se podía ni intentar seguir el ejemplo de nuestros ilustres predecesores. Entre los motivos “físicos” me refiero, fundamentalmente, a la falta de espacio concedido por los diarios a la Música —que ha ido disminuyendo progresivamente en los últimos tiempos— y, entre los “metafísicos” al desinterés —que, en cambio, ha ido creciendo— que los medios periodísticos globalmente considerados muestran por el objeto de nuestro trabajo, o sea, por la Música.

Hacer una relación de ejemplos y anécdotas que pusiera de relieve los condicionamientos y cortapisas con las que un crítico que ejerza actualmente en una capital con oferta musical importante se encuentra en la brega diaria con su medio podría ser divertido, pero no me apetece, ni tenemos suficiente espacio (¡!). Sí voy a contar, en cambio, dos experiencias personales —vividas no como crítico, sino como musicógrafo— que nos abocarán a una triste conclusión.

Una: al llevar a cabo el necesario acopio de datos para la realización de varios libros biográficos sobre compositores españoles de nuestro tiempo, he tenido que recurrir de manera constante e imprescindible a una misma fuente: la generosa sección de música que en ABC mantuvo con denuedo y profesionalidad Antonio Fernández-Cid, quien hizo innumerables críticas, crónicas y gacetillas asumiendo con inteligencia el papel que él podía cumplir mejor que nadie, a saber, el de informar, con criterio, de “todo” cuanto ofrecía la actividad concertística y musical en Madrid, y con muy abundantes extensiones al resto de España. Y cuando comprobó que la actividad concertística madrileña exigía poseer el don de la ubicuidad, del cual carecía, se procuró el óptimo apoyo del recientemente fallecido Leopoldo Hontañón y de Antonio Iglesias, nuestro decano.

Dos: buscando un día material sobre la etapa juvenil de Óscar Esplá, di con un artículo del maestro Salazar en El Sol, en el cual informaba del estreno de Don Quijote velando las armas, poema sinfónico del compositor alicantino. El artículo (diciembre de 1924) incluía un amplio, despacioso, reflexivo comentario de la obra, comentario que, en determinado momento, entraba al trapo del análisis: ante mis maravillados ojos, que no daban crédito, topé con un pentagrama en el que se reproducían los compases de la partitura a los que se estaba refiriendo el maestro de la crítica. Por entonces yo estaba en etapa de crítico militante en prensa diaria y no pude contener una sonora carcajada… pronto apagada para dar paso a alguna lagrimita.

Conclusión: actualmente tenemos una vida musical (o, mejor dicho, concertística) mucho más rica (o, mejor dicho, abundante) que la de antaño, pero lo que estamos haciendo los críticos musicales en la prensa de hoy dará muy poco servicio a los que en el futuro estudien la vida musical de estos años, porque en nosotros no encontrarán el comentario analítico ni la reflexión despaciosa, sino información dispersa, apresurada, escueta, a menudo referida a “sucesos de concierto” más que a música y en modo alguno exhaustiva: antes al contrario, con inexplicables vacíos informativos. No servirá.

José Luis García del Busto

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