Ud. está aquíInicio / Diciembre 2010 / Dosier / B de Bolo. El signo de los tiempos.

B de Bolo. El signo de los tiempos.



B de Bolo. El signo de los tiempos.

Los académicos de la Española no han sido nunca muy músicos y han aportado poco a la precisión del léxico musical. El teatro, sin embargo, como género literario que es, les pilla más cerca y les permite alardes de precisión como ésta: “Bolo. Reunión de pocos y medianos cómicos que recorren los pueblos para explotar alguna obra famosa”. Es esta séptima acepción, la de actuación rebajada de exigencia, la que ha pasado a los atriles y se ha impuesto en el mundo de la música. En música, un bolo es un concierto alimenticio que los músicos organizan y ensayan (poco) en sus ratos libres y dan en plazas de poca obligación. El público recibe gato por liebre, porque se le birlan los pasajes difíciles y se le echan a la cara, exagerados, los momentos efectistas. En una palabra: en música, “bolo” es un insulto. En teatro, no necesariamente. La Academia admite esta otra acepción, la octava, que predomina hoy en el lenguaje de los teatreros, pero resultaría falsa, por digna, en un contexto musical: “Bolos. Representaciones que, en escaso número, ofrece una compañía teatral para actuar en una o varias poblaciones con el fin de aprovechar circunstancias que se juzgan económicamente favorables”. O sea, bolos igual a representaciones sueltas. No necesariamente malas.

A mediados de los años ochenta, cuando vino al mundo revista SCHERZO, las formas más toscas de bolo musical castigaban, sobre todo, las casas de cultura de nuestros pueblos pero también los teatros de nuestras ciudades. Con heroicas excepciones, el camelo menudeaba allí donde el público estaba más indefenso: en la música de cámara y en la música contemporánea, pero tampoco faltaba la estafa —porque eso es lo que es un bolo— en el género sinfónico. De entonces acá la situación musical ha dado un vuelco. Disponemos de músicos mucho mejores y mucho más profesionales. En vez de seis o siete, tenemos veintitantas orquestas sinfónicas dignas de ese nombre, algunas de ellas muy buenas; tenemos cuartetos de cuerda que giran por el mundo con gran éxito tocando Arriaga, pero también Beethoven, Haydn y Bartók; tenemos una docena de pianistas de alto nivel; tenemos auditorios y teatros envidiables y, sobre todo, tenemos una nómina impresionante de abonados a las temporadas de nuestras orquestas y óperas.

Cada vez son menos y más recónditos los bolos guarris, en los que tres o cuatro músicos “medianos” le toman el pelo descaradamente al personal. Pero el bolo sigue ahí. Como Alien, es indestructible, y nunca muere sin dejar sembrada una semilla.

El alien/bolo de hoy es un bolo elegante. Lo dan músicos bien formados, cultos incluso, que hablan idiomas y que, cuando quieren, tocan de cine. Pero quieren poco. Ya no distinguen entre conciertos serios y bolos, porque son grandes profesionales y ahí está el quid de la cuestión. Son profesionales, venden su talento al mejor precio posible. Sobre ellos se cierne implacable la ley del mínimo ensayo: R=C/E, la riqueza de un profesional de la música, o de un conjunto de ellos, es directamente proporcional al número de conciertos dados e inversamente proporcional al número de ensayos hechos. Esta ley no afecta apenas al músico joven y talentoso que acaba de salir de la escuela, pero su influencia crece rápidamente en su ánimo al pasar de los años. Digamos que, su principal objetivo en la vida, que al principio es la riqueza espiritual, o musical, se va convirtiendo con el tiempo en riqueza material, o dineraria. Es la humana condición. Músicos o no, todos fosilizamos en vida: excretamos partículas vivas y las sustituimos por partículas de piedra. Podemos decirlo también de otra manera, acudiendo a la extraña aritmética que rige la agrupación de seres humanos: la suma de las purezas individuales de los músicos de una orquesta da como resultado una gran impureza colectiva. Reunidos, los generosos se vuelven mezquinos, deseosos de tocar, porque ahí pillamos, y renuentes a ensayar, porque ahí palmamos.

La estafa de hoy, en España y en todo el mundo, porque en eso nos hemos normalizado rápido, es la tendencia a no ensayar. El fantástico aumento que ha experimentado la calidad de los músicos no se aplica a mejorar la tensión musical de los conciertos, sino a disminuir el número de ensayos. En muchos casos, ni siquiera hay mala fe: es una cuestión objetiva, presupuestaria: un ensayo de orquesta es, sencillamente, demasiado caro. Sepan ustedes que, cuando van a un concierto de cualquier orquesta, incluso las de campanillas, (¡sobre todo las de campanillas!), no están recibiendo el 100 por cien de lo que esos músicos llevan dentro, sino sólo la porción que ha podido aflorar en poquísimas horas de ensayo.

La situación es triste en general, pero se vuelve insultante en el caso de los conjuntos de instrumentos de época (¡sobre todo, insisto, los de campanillas!). Si yo fuera programador, publicaría en el programa de mano el plan de ensayos que esa orquesta de nombre tan bonito ha realizado para este concierto o esta gira. Y, en la página de al lado, pondría el número de músicos que se han incorporado al “bolo” hoy mismo, directos del avión a los diez minutitos de prueba acústica y al concierto. Es el signo de los tiempos. Démonos todos por estafados.

Álvaro Guibert

Volver al índice del dosier "25 años en 27 letras"

Más sobre

Discos excepcionales Scherzo
El tablón de anuncios de Scherzo
Hemeroteca Scherzo
Premios Internacionales de Música Clásica
Ciclo de grandes intérpretes
Ciclo de jóvenes intérpretes
Fundación Scherzo
Enlaces de Internet de Scherzo
Siguenos en Facebook
Siguenos en Twiter