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A de Administración. El malo de buen corazón.



A de Administración.                 El malo de buen corazón.

Tal como veíamos hace cinco años, cuando SCHERZO cumplía veinte, las administraciones públicas han sido imprescindibles en el innegable cambio que se ha producido en el mundo musical español. La iniciativa privada siempre ha sido débil en cultura y en muchas cosas. En España hay una “cultura” que consiste, según expresión ya celebrada, en ser liberal para vender y proteccionista para adquirir. Nuestra mentalidad tiene algo que ver con la francesa: el papá Estado, siempre el papá Estado. Pero con una vitalidad cultural muy inferior a la de Francia. El patrocinio es una práctica rara entre nosotros. Los posibles patrocinadores dicen que no se les estimula mediante normativa. El Estado se retiene porque conoce al patrio, y conoce la tropa. Madre mía, qué tropa la de la iniciativa privada española en materias culturales. Sabemos que la subvención se ha convertido en un componente esencial de ciertas producciones, y que no hay estreno si no hay subvención. De manera que conseguir subvenciones se ha convertido en una especialidad que no todo el mundo domina. Por ejemplo, los artistas con talento no suelen especializarse en ello, necesitan un administrador, el “otro yo”, el malo que todo buen corazón necesita, como Shen-Te necesita a Shui-Ta en La buena persona de Sezuán, la fábula china de Brecht.

De manera que son las administraciones las que ponen en marcha determinados proyectos. Yo estuve destinado en el INAEM cuando San José Manuel de los auditorios puso en marcha el plan general. Además del plan general de auditorios, propiciado por el Ministerio de Cultura, este Departamento ponía su granito de arena en cuanto a equipamientos al plan de rehabilitación de teatros públicos del entonces llamado Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo.

La idea del Plan general de auditorios era espléndida: las administraciones implicadas financiaban el proyecto. Hablo en general, porque había excepciones. Así, la Administración del Estado, el Ayuntamiento, la Comunidad Autónoma y, eventualmente, la Diputación Provincial, costeaban el auditorio en cuestión. La cosa se puso tan de moda que en un momento dado todos querían su auditorio, como todos querían su aeropuerto y más tarde su estación de AVE. Y se crearon las infraestructuras. Y ahí empezaron los problemas. Felizmente, digo: porque hay problemas que son signo de civilización y prosperidad: ahora había que mantener aquello, programar conciertos y funciones, conseguir público y hasta educarlo (a menudo en ciudades sin ningún pasado musical y escasísimo teatral, en el páramo ibérico). Mas también, ay, había que nombrar un equipo responsable de gestores. Y ahí empieza otro tipo de problemas.

Las administraciones no pueden gobernar directamente. No existen, son nombres que les damos a unos organismos. En consecuencia, tienen que funcionar con personas. Y las personas son muy distintas entre sí. Hoy tienes un gestor que ama lo que hace y mañana tienes al oportunista inconsolable de la calle Ferraz o la calle Génova. O del batzoki o el carrer Còrsega. La lástima es que las administraciones convierten a menudo su auditorio, su teatro en el feudo, el cortijo, la caseta de feria para un listillo que está allí casi siempre por talentos ajenos a los del oficio artístico o de gestión. Y ya se sabe lo que se dice en la caseta de feria cuando llega la madrugada: “aquí entran mis amigos, sólo mis amigos, y están aquí hasta que se nos ponga en el moño, y esos de ahí enfrente se callan, ea”.

Se me ocurre una solución. Hacer una petición a los partidos políticos: por favor, no nombren compañeros de cama, a trileros de taifa, nombren a gente honesta, a artistas de talento. No, ése que usted dice no lo es, aunque usted quiera creerlo. Aunque sea su amigo del alma y haya trabajado con usted en viejos proyectos. Hay gente bella en ese mundo de Talía y Euterpe y Erato y Terpsícore, los golfos son una minoría. Caramba, si son una minoría, nombren ustedes de los otros. Lo que se ha conseguido en infraestructuras, en orquestas, en ciclos y en cultura musical y teatral por toda España podría ser de auténtica importancia y trascendencia tan sólo con cuidar un poquito ese detalle. Lo multiplicaría, surgirían otros talentos, ahora ahogados por el cortijero eventual. De momento, hay pocos signos. Uno muy reciente, vinculado a esta casa, es muy de resaltar. Pero dirían ustedes que nos ciega la pasión, ay. En fin, que conste que no hemos señalado a nadie. No hace falta. Oiga, no se ofendan todos ustedes. Ya sé que esto es un fenómeno… ejem… aislado. No está de más “evocarlo”.

Como la música es algo muy distinto del teatro, aunque sólo sea porque tocar mal un instrumento requiere muchos años y tocarlo bien toda una vida, les proponemos el tratamiento que varios colegas le dimos a la cuestión en otro medio, Las Puertas del Drama, nº 37, en que tratábamos de la programación como fenómeno, qué cosas, con pretensiones artísticas en sí mismo: http://www.aat.es/publicac/index_pub_revista.html

Santiago Martín Bermúdez

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