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Javier Perianes



Javier Perianes

De aquel niño que quería ser periodista deportivo y tocaba el clarinete en la banda de su pueblo, le queda hoy el gusto por compartir con la gente sus pensamientos y emociones. Escuchándole hablar y tocar, resulta llamativa la manera en la que su desparpajo andaluz se transforma en una música que explora la profundidad del color y los límites del silencio. Curioso, locuaz, trabajador y realista, Javier Perianes (Nerva, 1978) —que el mes de mayo dará un recital en Ramala— ha sabido extraer de sus orígenes lecciones de vida que aplica con sabiduría a una carrera pianística que asciende con sensatez y firmeza.
(...)
Hablemos sobre su última grabación. A juzgar por la coincidencia con otros recientes lanzamientos parejos al suyo, Blasco de Nebra parece estar despertando de un larguísimo sueño.
Por lo que a mí respecta, cuando pensé en este disco nunca tuve la más mínima intención de recuperar repertorio olvidado. Llevo tocando Blasco de Nebra desde que tenía diecinueve años. En aquel momento incluso lo llevé como parte de programa a algún concurso. Mis profesores, tanto Ana Guijarro como Josep Colom, me sugirieron incluirlo en lugar de Scarlatti, por aquello de buscar un poco de originalidad. El propio Colom fue el autor de la, si no recuerdo mal, primera grabación que se hace en España de Nebra. Después de ese disco legendario, que fue premiado por el Ministerio de Cultura, Tony Millán hizo al fortepiano otra grabación deliciosa. Llegados al presente, le propongo a Harmonia Mundi un disco sobre Blasco de Nebra y su respuesta fue entusiasta. Nunca olvidaré las palabras textuales de Martin Sauer, un personaje casi mítico, cuando estábamos grabando en Berlín. Él coordinaba toda la dirección artística del proyecto y, al terminar la primera de las sonatas, entró en el estudio y nos dijo: “impresionante, esta música es impresionante”. Cuando la escuchas cuesta trabajo creer que se trate de un compositor español del dieciocho. Uno pensaría que está ante un híbrido de Scarlatti con Carl Philipp Emanuel Bach, o algo por el estilo.
Y el olvido que los españoles ejercemos respecto a este patrimonio, ¿es más producto de un complejo de inferioridad, de estúpida desidia o de simple y llana mala uva?
Puede ser un poco de todo eso. Al variopinto interés de los intérpretes hay que añadir que las peticiones de los promotores influyen mucho en la confección de los programas, y pueden hacerte tirar por otro lado respecto a interpretar este tipo de música. En mi caso particular, a la hora de escoger repertorio, me dejo llevar por obras que, después de probarlas, me gusten y me parezcan de nivel. A Nebra yo soy capaz de tocarlo en el fin del mundo, si es necesario. Lo he dado en Estados Unidos, en Japón, en Canadá o en Londres, y nadie me ha puesto un pero. De hecho, en Japón me ocurrió una cosa la mar de curiosa: después del segundo recital en Tokio, apareció un señor con la edición de Unión Musical Española para que se la firmara. Me dijo que estaba muy interesado en la música de Blasco de Nebra y me preguntó que si tenía previsto grabarla. Para su sorpresa, le dije que ya estaba todo preparado para hacerlo apenas tres semanas después. Cuando vuelva a Japón, en marzo del año que viene, seguro que nos volvemos a ver.
¿Grabar en un Steinway esas sonatas y pastorelas que Nebra escribió “para clave o fuertepiano” es maquillarlas?
[Sonriendo] No, para nada. Y le voy a explicar el motivo, porque creo que ésa va a ser una pregunta recurrente a raíz de la publicación del disco. Entiendo que mucha gente —incluso mucha parte de la crítica— no va a entenderlo, posiblemente. Yo soy un intérprete del siglo XXI, que se dirige a un público del siglo XXI y que toca un instrumento del siglo XXI en salas y auditorios del siglo XXI. Si pretendiera, con mi visión, acercarme a la voluntad del propio Blasco de Nebra, sería una digresión total porque yo no soy fortepianista. Si partimos de esta base, cualquier traducción de Bach, de Haydn, de Mozart, de Beethoven o, incluso, de Chopin sería un maquillaje, porque ninguno de ellos tocó un Steinway del siglo XXI. Con Chopin a casi nadie se le ocurre plantearse esa cuestión, pero en cuanto retrocedemos un poco más, entonces sí. Claro que el instrumento era radicalmente distinto, pero yo intento acercarme a Nebra en el espíritu y nada más. Intento traducir la obra de un compositor del dieciocho por los ojos, los poros, el corazón y el cerebro de un intérprete del siglo XXI. ¿Voy a rechazar, hoy, usar el pedal en ese repertorio? ¿Qué sentido tiene? Sonaría totalmente desvirtuado. Sería una aproximación totalmente fallida a un instrumento también fallido. Por más que algunos quieran, un piano nunca podrá sonar igual que un clave o que un fortepiano. Si otro colega se aproxima a esa música desde otra óptica, tiene todos mis respetos, por supuesto, pero mi visión es ésa.
Deduzco que no me voy a poder comprar un disco del señor Perianes tocando el fortepiano…
Al menos, hoy por hoy, seguro que no. Entre otras cosas porque si alguna vez fuese así, el señor Perianes tendría que aprender antes a tocar el fortepiano. (...)
 
Juan García-Rico
(Extracto de la entrevista publicada en Scherzo nº251, abril 2010)

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