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Referencias: La mujer sin sombra de Richard Strauss



Referencias: La mujer sin sombra de Richard Strauss

Hofmannsthal construyó el argumento de Die Frau ohne Schatten —“esa fabulosa parábola mística de la bendición del amor a través del nacimiento de los hijos”, según Hans-Christian Schmidt— sirviéndose de diversas fuentes: La hija del aire de Calderón, Das Kalte Herz de Hauff, Scheherazade de Las mil y una noches, los Mitos de Oriente y Occidente de Bachofen, Blancanieves y El enano saltarín de los Hermanos Grimm…

El libreto del poeta vienés —personal homenaje a La flauta mágica de Mozart— es, a pesar de su hermético simbolismo, de una gran inspiración. Como su colaborador, Strauss quiso alcanzar la cima de su arte con la que es, quizá, su creación más ambiciosa, regresando al aparato orquestal de grandes proporciones (la partitura orquestal es de una complejidad y, al mismo tiempo, de una claridad insuperables) e imponiendo ciertas barreras lingüísticas a cada parte vocal para la precisa caracterización de unos personajes procedentes de distintos mundos. Estrenada en 1919 en la Ópera de Viena, La mujer sin sombra es la obra más misteriosa, mágica y extraña de la producción de su autor y una de las óperas verdaderamente grandes del siglo XX.

Karl Böhm es el primer gran defensor de Die Frau. En su grabación oficial en estudio (Decca, 1955; hoy descatalogada), el de Graz genera una variedad de atmósferas excepcional. Un gran aliento trágico atraviesa su realización desde la primera a la última barra de compás. Su visión global de tan mastodóntica partitura es ya clarividente. La labor de concertación es extraordinaria. La Filarmónica de Viena demuestra palmariamente que es la agrupación ideal para la interpretación de esta música. El papel de la Emperatriz recae sobre una imponente Leonie Rysanek. Ya entonces, la soprano austríaca deja impresos su carisma y su temperamento arrolladores. Su línea de canto está plagada de matices y sus do5 son rutilantes. A su lado, el resto del cast es bastante sombrío. Böhm se superará a sí mismo en intensidad dramática, belleza sonora y riqueza de ideas en su cautivadora versión en vivo en la Ópera de Viena (DG, 1977). El reparto, además, es muy superior. Repite Rysanek como la Emperatriz. Los peculiares condicionantes de su mecanismo vocal (el vibrato oscilante, la afinación no siempre correcta, la presencia de algún sonido fijo…) son más perceptibles en el teatro que en el disco, pero la vienesa compone aquí un retrato de la Emperatriz aún más electrizante. El entregado James King (el Emperador) posee una voz aguerrida, si bien su fraseo es bastante lineal. Barak y su Mujer son unos enormes Walter Berry y Birgit Nilsson. El primero aúna inteligencia, y calidad vocal y artística (¡qué medias voces y qué dominio de la palabra!). Y la segunda, más cálida y humana que otras veces, despliega una opulencia vocal aún avasalladora (aunque se eche de menos una mayor docilidad en el fraseo en el dúo del acto III con Barak).

Joseph Keilberth es un straussiano de pura cepa y vuelve a demostrarlo en su función en la Ópera de Baviera de 1963 (DG y Brilliant), en la cual obtiene de la espléndida orquesta muniquesa un magnífico rendimiento. El director de Karlsruhe administra sabiamente el lirismo más efusivo y el dramatismo más estremecedor, cuidando siempre al detalle los aspectos sinfónicos de la escritura orquestal. Su Emperatriz fue la hoy olvidada Ingrid Bjoner, soprano muy lírica, un poco justita, de cuidadísima línea de canto (mezze voci y reguladores espléndidos), buena franja superior y graves bien timbrados. Jess Thomas es un espléndido Emperador, encarnando al ideal vocal de la parte: un heldentenor con ciertas posibilidades de control dinámica. Su registro agudo, si no bello, es vibrante y penetrante. Martha Mödl no tuvo su mejor día (sonidos bamboleggianti a partir del passaggio, afinación no siempre infalible…) pero su inmensa estatura artística y su fascinante slancio colaboran en la composición de una violentísima Nodriza, ahogada en su propio odio. La composición del Tintorero firmada por Dietrich Fischer-Dieskau es sencillamente subyugante. El berlinés suple sus carencias tímbricas y volumétricas con una variedad de acentos y colores incomparable. El dúo Mir anvertraut no ha sido cantado mejor jamás. Espectacular Die Frau de Inge Borkh, ardiente y verosímil actriz e instrumentalmente dotadísima (la voz es una descarga eléctrica: grande, bella, con un agudo de traca…). Una de las grandes versiones de La mujer sin sombra, perjudicada por los excesivos cortes.

La aportación de Herbert von Karajan data de 1964 (DG). Es una toma en vivo desde la Ópera de Viena. El perfeccionista director no lo es tanto en el fragor del directo: los violines de la Filarmónica suenan pobres y la afinación es a veces peregrina. El fraseo es ampuloso y melifluo. La Emperatriz y el Emperador son dos buenos conocidos: Rysanek y Thomas (este último menos afortunado que con Keilberth). Superando en los aspectos vocales a su comparecencia con Böhm, Berry cierra el retrato más maravilloso de Barak que haya sido jamás recogido en disco (junto con el antes mencionado de Dieskau): un auténtico deleite musical. Christa Ludwig, una de las pocas mezzos que hayan dado vida a Die Frau, le da la vuelta al personaje. Su composición, mucho menos agresiva que las de sus colegas, sufre una sutil evolución psicológica. Su dúo con Barak del principio del acto III es celestial. Notable, musical e instrumentalmente, la Nodriza de Grace Hoffman. Una estupenda Lucia Popp en la Voz del Halcón y el Guardián del Templo y un enloquecedor Fritz Wunderlich en la Aparición de un Joven (¡todo un lujo para una particella de sólo 27 compases!) completan el cast.

Wolfgang Sawallisch (EMI, 1988) es el primero en llevar al disco la partitura íntegra. El trabajo de la batuta es excelente. Aunque algún pasaje esté demasiado impregnado en almíbar (como el primer verwandlung del acto II), el muniqués aporta un gran dramatismo a la ópera de Strauss y estructura su ejecución con gran sensatez y un muy elaborado tratamiento orquestal (verdaderamente valiosa la Orquesta de la Radio de Baviera). La parte de la Emperatriz está adjudicada a una joven Cheryl Studer (es su primer papel importante en disco). La voz de la norteamericana resplandece por la belleza esmaltada, la luminosa tersura de su timbre y su espléndido registro superior, con ese vibrato rápido tan característico y expresivo. El fraseo es esponjoso y nutritivo. Gracias a ella conocemos por fin íntegro el desgarrador parlato del acto III. Su partenaire es un monótono y decepcionante René Kollo. Alfred Muff, buen cantante, nos brinda una imagen de Barak más lírica de lo habitual y Marjana Lipovsek (que poco después hará historia como intérprete de la Nodriza) es una matizadísima y revisionista Mujer del Tintorero. Hanna Schwartz (Die Amme) no puede evitar ciertos sonidos entubados y calature.
Sawallisch es también el responsable de la primera edición en DVD (TDK 1992, con una oscura pero atractiva producción de Ennosuke Ichikawa, inspirada en el teatro kabuki). El director, muy musical, vuelve a lograr un magnífico pulso dramático y una respuesta orquestal brillantísima del grupo de la Ópera de Baviera. Propietaria de una voz aparatosa, pobre en armónicos, con cambios de color y vibrato descompensado, Luana de Vol (la Emperatriz) es una actriz discreta y una cantante atendible en los dos primeros actos, pero en el tercero se crece, mejorando vocalmente, regulando el sonido muy elocuentemente y emitiendo un impactante do agudo. Lamentablemente, la declamación del último acto vuelve a ser reducida a la mínima expresión. Excelente cantante, Peter Seiffert (el Emperador) tiene una muy bella voz de tenor lírico, con vibraciones persistentes, agudos resueltos y homogeneidad tímbrica. Alan Titus retrata a Barak sin alardes vocales pero con efectividad técnica y musical. Janis Martin (Die Frau) tiene que pelear con un instrumento destartalado y de timbre gatuno, pero es una intérprete de innegable talento. Y Lipovsek, por fin, firma en este registro su ya referencial primera aproximación a la Nodriza. La mezzo, con voz atrayente y apropiada extensión, compone a una diabólica e iracunda Nodriza que determinará por completo el futuro interpretativo de esta parte.

Georg Solti (Decca, 1992) grabó La mujer sin sombra entre 1989 y 1991 con un reparto de campanillas. Su dirección es una revelación. El húngaro pone en pie un edificio de belleza y dimensiones colosales. Jamás, hasta la fecha, había resplandecido como en este registro la magnificencia sinfónica de la partitura (sencillamente arrolladora la Filarmónica de Viena). Julia Varady esculpe una Emperatriz vocal y teatralmente demoledora. El mecanismo vocal de la soprano, aunque excesivamente lírico, es volátil en los pasajes más floridos (Ist mein Liebster dahin), plural y envolvente en los de más exaltado aliento romántico (Aus unsern Taten steig ein Gericht!) y expansivo en los de más abigarrado dramatismo (ninguna otra intérprete ha cantado el Vater, bist du’s? ni ha dicho el texto de su monólogo hablado, que declama en su totalidad, con mayor desgarro y estremecimiento, con mayor veracidad operística). A pesar de una línea de canto parca en matices y de inevitables tiranteces en el registro agudo en el acto I, Plácido Domingo (el Emperador) nos embauca con su espontaneidad y su hermosura tímbrica. Consumado artista, José van Dam (otro de los grandes Tintoreros del disco) cincela su fraseo desde la perspectiva del gran liederista que lleva dentro. A falta de unas armas vocales más persuasivas estéticamente, Hildegard Behrens derrocha talento interpretativo y poderío vocal en su fantástica encarnación de Die Frau. Muy bien la contundente Nodriza de Reinhild Runkel y asombrosa Sumi Jo en la Voz del Halcón. Un hito histórico.

Solti vuelve a abrir la partitura straussiana en el Festival de Salzburgo de 1993 (Decca DVD. En la poética traducción teatral de Götz Friedrich). La experiencia del registro precedente beneficia al director y a los filarmónicos vieneses hasta el punto de que ambos consiguen llegar donde nadie jamás ha podido hasta la fecha. Solti se revela como un mago del color y la escena, inyectando al drama de Hoffmansthal un incomparable voltaje dramático. Ningún otro director posee una visión global tan cerrada y perfecta de los tres actos. El Vater, bist du’s? es una auténtica alucinación sonora. La progresiva transformación tímbrica del caleidoscópico acorde orquestal en crescendo (de pp a fff), anterior al tantas veces mencionado parlato de la Emperatriz, que nace en el órgano, las 8 trompas, los 3 fagotes, el contrafagot y el bombo y crece con la incorporación del corno di bassetto, la cuerda, el resto de madera y metal, etc., es sencillamente asombrosa. Sólo por esta filmación la Filarmónica de Viena (con unos primeros atriles de violín y violonchelo maravillosos) justifica con creces su fama de mejor orquesta del mundo. Aunque el timbre sigue siendo muy bello y la intérprete muy refinada, Studer (la Emperatriz) es a veces estridente y tremolante pero, globalmente, redondea una creación de altos vuelos y alcanza elevadas cotas de emoción en el acto III (Aus unsern Tate y Vater, bist du’s?: valiente su declamación, íntegra por primera vez sobre un escenario). Thomas Moser —otro tenor lírico con un centro muy grato y un agudo blanqueado y poco dócil— compone su parte (el Emperador) con solvencia musical. Robert Hale tiene una voz de relativa entidad tímbrica pero canta francamente bien (acto II). Y Eva Marton, su Mujer, es —a pesar de su difícilmente gobernable instrumento— una intérprete implicada (el acto II es también lo mejor de su cosecha). Lipovsek, por último, vuelve a hipnotizarnos con su paradigmática Nodriza.

En 1996, Giuseppe Sinopoli (Teldec) estrena La mujer sin sombra en la Semperoper. La pareja imperial (Deborah Voigt y Ben Heppner) es una de las más bellas tímbricamente hablando de toda la discografía. Ella es una soprano lírica de medio carácter con una voz extensa, de metal radiante —con incrustaciones doradas— y de centro y extremo superior subyugantes (los do son fúlgidos). Lamentablemente, Voigt no es la mejor de las actrices. Además, el declamato vuelve a ser casi inexistente. Él posee una voz juvenil, pletórica, con excelentes si bemol. Es un magnífico fraseador pero la opulencia orquestal del maestro veneciano pone en evidencia la naturaleza excesivamente lírica de su instrumento. Como es habitual en él, Franz Grundheber (Barak) supera los —sólidos— asuntos vocales con un talento dramático que es fama. A su lado, Sabine Haas (su Mujer) se enfunda la piel del personaje con veracidad. La alemana sabe cantar (las medias voces están muy bien controladas), aunque la voz se destempla a partir de f. El notable reparto se completa con la intensa y muy mejorada Nodriza, de graves consistentes (sol grave sonoro y bien afinado), de Hanna Schwartz. Sinopoli derrocha sentido dramático y extrae un rendimiento magistral de la Staatskapelle de Dresde (sólo superada por la Filarmónica de Viena con Solti). En la escena cumbre al italiano le falta una última vuelta de tuerca en levitación y delirio.

La discografía de Die Frau concluye, por el momento, con una reciente filmación (Opus Arte DVD, 2011), también proveniente del Festival de Salzburgo, aquejada por una muy fallida règie de Christoph Loy y la, en rasgos generales desalentadora, a pesar de sus innegables virtudes, dirección de Christian Thielemann. De esta producción destacamos la valerosa interpretación, el buen gusto y la bella voz de Anne Schwanewilms (Emperatriz que se atreve a hacer su parte hablada íntegra), el creíble y sensible Barak de Wolfgang Koch y la sólida Nodriza de Michaela Schuster.

Jesús Trujillo Sevilla
(Artículo publicado en el nº 281 de Scherzo, Enero 2013)

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