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La radio y la cultura



La radio y la cultura

La radio ha formado y forma parte de la vida de muchos seres humanos, de su educación, de su entretenimiento, de su acceso fácil y barato a la cultura y muy especialmente a la música, una vez que la literatura o el teatro perdieron su fuerza, tan decisiva en las ondas hace ya demasiados años. A lo largo de más de tres cuartos del siglo XX y de lo que llevamos del XXI, la radio ha tenido una importancia fundamental en el crecimiento paralelo de la creación musical y de sus públicos y muy especialmente la que se ha dedicado a la música clásica. En España, el ejemplo más evidente está —sin olvidar a emisoras como Catalunya Radio y otras— en el empeño permanente de lo que hoy conocemos por Radio Clásica, anteriormente denominada Segundo Programa de Radio Nacional de España y Radio 2. Con un público fiel, participativo, discutidor de pleno derecho de sus cambios de programación a lo largo del tiempo, la cadena pública ha prestado y presta un servicio impagable a sus oyentes a través de un medio que consideran, y con razón, propio.

Pero, además de para la difusión, la radio ha servido para el apoyo decidido a la creación musical de nuestro tiempo, desde planteamientos directamente ligados al medio —lo que llamaríamos la específica creación radiofónica— hasta al encargo de obras para ser estrenadas por sus correspondientes orquestas, por no hablar de la importancia de los intercambios vehiculados a través de ese hito histórico que fue y es la Unión Europea de Radiotelevisión, creada en 1950.

Pero la radio no puede vivir de sus viejos laureles sino andar por la senda de una permanente renovación tecnológica en la que encaminar su tradición y su cambio. Su función sigue más viva que nunca, es el medio que ha vencido mejor cada nuevo embate de las nuevas tecnologías —en las que está presente sin perder un ápice de su esencia— y es irreemplazable como salvaguarda del patrimonio de nuestra creación e interpretación musicales. En una sociedad en crisis en la que la cultura parece condenada a ser inmolada en el altar de una economía del desastre, la radio cultural, la radio musical pública debe seguir jugando un papel de primera importancia, más aún si tenemos en cuenta que su coste no es precisamente oneroso para sus administradores, bien sea verdad que la vieja costumbre de, en caso de necesidad, prescindir del chocolate del loro, planee sobre ellas de manera permanente.

Por cierto, que de la intervención del Secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, en una de las mesas del Foro de Industrias Culturales organizado por la Fundación Santillana para tratar sobre la financiación de la cultura, se deduce que la cuestión no es tanto el ajuste, necesario a la espera de tiempos de mayor abundancia, sino el definitivo cambio de modelo hacia una estructura cuya eficacia está por demostrar pero elaborada desde una visión personalista que idealiza sin demasiados argumentos el mundo anglosajón. Recordemos que en el Reino Unido el Arts Council —que ha sufrido un recorte del 30 por ciento hace dos años y que prevé sólo un 1 y un 2 por ciento para los dos próximos— tiene una asignación anual de 359 millones de libras esterlinas —unos 448 millones de euros— y la National Lottery dedica 315 millones a proyectos culturales de primera importancia. No tiene, pues, demasiado sentido negar de ese modo sus virtudes a la cultura más meridional, al tiempo que se ponen en duda los fundamentos de un sistema que en los últimos decenios ha sido capaz de construir un entramado de suficiente vitalidad. Y ello se proclama mientras se enarbola la bandera liberal, con toda la ambigüedad que el término admite, y se insiste en que nada de lo que se pretende se hace desde y hacia fines ideológicos. Pero los hay, sin duda, como en otros aspectos de la vida de nuestra sociedad hoy vueltos del revés, como la sanidad o la educación públicas. Sólo así cabe entender las críticas del Secretario de Estado al sistema de subvenciones, al que considera deudor de clientelismos y con “zonas de tinieblas”, en referencia a una falta de transparencia y a una escasez de rigor en el control administrativo del que no tendría la culpa la cultura sino, a la postre, la institución que él mismo gobierna. Es decir, volver a presentar lo público como intrínsecamente ineficiente y carente de un porvenir razonable.

Mientras, la Ley de Mecenazgo sigue bloqueada por el Ministerio de Hacienda, que ya ha sugerido recortes que la dejan muy por debajo de algunas aspiraciones iniciales o mientras se carga el 21% de IVA al gasto que cada cual destina a la cultura. Un cada cual al que no basta decirle que esa nueva ley “le permitirá elegir dónde quiere invertir su dinero”. ¿Invertir? Es eso, pero no sólo eso y menos enunciado así

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