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Novela teatral




PorLuis Suñén - Publicado el 19 Diciembre 2012

Novela teatral

El montaje de Macbeth que, “para públicos inteligentes”, ha presentado Dimitri Cherniakov en el Teatro Real, es una muestra casi perfecta de hasta qué punto lo inane, lo vacío, trata de ocupar el antes noble espacio de la reflexión. El director ruso admite en unas líneas, un tanto patéticas, de explicación a su trabajo, que se publican en las notas al programa, las dificultades con que se encontró al plantearse el encargo y cómo el hombre fue animándose hasta completar semejante nadería, un homenaje a la vacuidad seguramente sin precedentes para el espectador de cierta experiencia. La lectura de tal declaración nos lleva a colegir que el escaso conocimiento que Cherniakov tenía de la obra de Shakespeare y de la de Verdi es precisamente lo que le facilita el camino hacia la complicidad con ese espectador cuyo primer Macbeth sea este y que, con la mejor intención, pide que le echen una mano. Las preguntas que se hace son de examen de comentario de texto de bachillerato y sus respuestas escénicas merecedoras del suspenso que le cae al alumno que, limitándose a leer un prologuillo y algunas notas al pie de alguna edición de tres al cuarto, intenta aparentar que sabe.

En mi memoria de aficionado tenía al Macbeth de Richard Jones que vi en Glyndebourne -rodeado del tan anímicamente estreñido público de la casa que, por eso, reía frente al drama que se le pasaba por las narices- como uno de los mayores disparates escénicos que había visto nunca en un teatro. Pero la ventaja de aquel sobre el de Cherniakov es que el de Jones podía mover al extremo, de la risa nerviosa a la indignación, por una transgresión sin sentido –las de Bieito, antes de que me lo pregunten, lo tienen-, frente a la vacía perplejidad ante la parada súbita de cualquier movimiento no ya moral sino simplemente cordial que resulta de la labor del ruso. Puede pretender el señor Cherniakov que de eso –del vacío que ha de salvarse para llegar a la vida desde la historia- se trataba, cosa que dudo en el punto y hora que sus explicaciones no van por ahí sino decididamente por el camino que conduce a ninguna parte –y evito detenerme en las incongruencias escénicas, en los detalles de mal director porque esto no es una crítica. Déjenme decir que lo único convincente de la función -lo que salva al espectador del abandono- resultó el trabajo del director musical, Teodor Currentzis.

Lo lamentable del caso no es tanto lo que el director de escena perpetra –se sabe cómo es, se le contrata y el resultado corresponde a lo previsto- sino que un producto de tan escasa factura estética e intelectual –los guiños son distinguibles para cualquiera que busque el nombre Freud en Wikipedia- se presente como sólo para públicos inteligentes. Quien maneja así su estrategia de marketing debiera revisar tanto esa misma estrategia como la verdadera razón de la misma, que puede ir de la necesidad de vender entradas –miedo se llamaría la figura pues es un Verdi lo que se ofrece- a la muy requintada seguridad de que, diciendo lo dicho, nadie quiera ser tomado por poco inteligente y manifieste un entusiasmo que, al menos, le libre de sospecha. Ojo porque, con los mismos argumentos, valdría colegir que este es un Macbeth sólo para tontos. 

La cosa parece un episodio de la Novela teatral de Bulgakov pero es, en realidad, una batalla más en lo que desde el principio ha sido como una guerra que fuera necesario ganar contra no se sabía qué fuerzas de la reacción, contra ese insistere vestigiis al que, al fin, teníamos derecho.