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José Ramón Encinar



José Ramón Encinar

José Ramón Encinar (Madrid, 1954) dejará a finales de esta temporada la titularidad de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Han sido trece años de trabajo con una formación a la que ha dado una personalidad propia a través, sobre todo, de un criterio programador que la ha hecho diferente. El público ha apreciado esa labor y sus abonados saben que es posible equilibrar adecuadamente repertorio, novedad y recuperación. He aquí la charla con un maestro al que no le gusta que le encasillen y que abre una nueva etapa en su carrera.

(...) ¿Dejar la ORCAM supondrá para usted un cambio en su perspectiva como director, más repertorio, quizá menos estrenos, abrir nuevas vías en su carrera?

No tanto hacer más de lo que he hecho sino ahondar en esa misma línea, y siempre tratando de ser yo quien programe. Cuando me invitan y me dicen lo que hay, pues lo acepto o no. También dirijo música que no me gusta nada. Detesto Carmina Burana y la he hecho como cuatro veces. Pero, insisto, me gusta ser yo quien programe, hacer la propuesta completa, tanto en una orquesta como en un teatro.

¿Le gustaría hacer ópera?

Me gustaría hacer más de la que he hecho hasta ahora, y no sólo del siglo XX. En agosto dirigiré en Pésaro una nueva producción de L’italiana in Algeri de Rossini. Por eso he renunciado a la posibilidad de una Traviata. Me apetece también Puccini, cierto Verdi.

¿Se iría fuera de España?

Pues si no hubiera más remedio, la verdad es que sí. Francia me gusta e Italia es mi segunda casa. Acabo de estar en el Comunale de Bolonia, en Milán y en Turín con la Orquesta del Teatro Regio.

Hemos vivido muy buenos años en la música española, ¿se puede echar a perder con la crisis esa realidad?

En parte sí, es un momento peligroso. Y se echará a perder si no se consideran las circunstancias con serenidad, con inteligencia y con cultura. Es evidente que hemos vivido en general por encima de nuestras posibilidades reales. Y, en lo musical, en algunos lugares ha sido así pero en otros en absoluto. Y el riesgo es que las personas que tienen las riendas para dar presupuestos y posibilitar determinados proyectos públicos hagan tabula rasa y recorten a todo el mundo por igual. Que nadie lo tome a mal pero es inevitable pensar en los dos grandes teatros de ópera que tenemos en España y que son una sangría. Sería más fácil y más lógico recortar ahí que en una orquesta de una autonomía que sólo tiene esa, como pasa en Extremadura. Todavía en la gestión de la cultura en nuestro país hay mucho ignorante y mucha ignorancia musical. Yo confío en que las personas que tienen la posibilidad de que los proyectos avancen tengan muchísimo tacto para saber de dónde se recorta porque el destrozo sería terrible. Los mejores años culturalmente hablando fueron sin duda los primeros cuatro del Partido Socialista. Yo desconfiaba de la creación de auditorios sin contenido y fue, sin embargo, un éxito absoluto. La mayoría están muy bien utilizados y han creado puestos de trabajo y se han dedicado a su sociedad. Hay un ejemplo clarísimo en Galicia, lo que era antes y lo que se vive hoy, en La Coruña por ejemplo, con su orquesta y las orquestas jóvenes —y el trabajo en eso de Víctor Pablo Pérez. Lo vivido ahí es increíble, con un público caluroso que siente las orquestas como algo propio. Y sin aquella política de auditorios no se hubiera podido conseguir.

¿Cuales han sido sus modelos como director de orquesta?

Hay muchos. Envidiar, creo, a nadie. Hombre, puntualmente sí, claro, cuando dices: “mira éste, lo que ha conseguido”. Admirar, en su momento, hoy bastante menos, a Celibidache. Verdadera adoración por Carlos Kleiber, por Abbado. Me gustaba mucho el tipo Kapellmeister como Sawallisch. En mi generación están Chailly, Salonen y Semion Bichkov. Juanjo Mena me parece un extraordinario director, que ha crecido y crecerá todavía mucho.

¿Y algo suyo que cualquier colega envidiaría?

Pues no tengo ni idea. Hace tiempo me elogiaban la paciencia en el trabajo, en los ensayos, pero como aquí en la ORCAM, que está llena de amigos, tantas veces me han dicho que estoy siempre regañando… Pero es que la tarea del titular es también decir todos los defectos para remediarlos. Luego ellos mismos me dan la razón. Tras todos los conciertos les felicito y les digo lo bueno y lo malo, pero lo bueno se les olvida.

Usted ha confesado abiertamente que no es humilde.

Paso de la humildad, de la autocrítica, a veces exagerada, a momentos de soberbia. La sociedad paulina en la que vivimos hace que determinadas cosas estén mal vistas. Si hago bien algo y digo que lo hago bien, pues se supone que no soy humilde, pero eso según San Pablo. Y es un error. Fernando Savater habla de eso en un libro precioso que se llama Humanismo impenitente. Puedo decir que creo que si miras las programaciones de la mayoría de las orquestas españolas de hace trece años y las de ahora, el modelo nuestro ha calado por ahí. Si digo que estoy orgulloso de ello dirán “qué poco humilde” pero la humildad es muy relativa. No: humilde no soy. La humildad muchas veces es bastante cínica. Se me malinterpretó cuando hace años, en la entrega de los premios de la Comunidad de Madrid, empecé diciendo que creía que, considerando que se me daba sobre todo por el trabajo en la ORCAM, era un premio que creía merecer. Y añadí, además, que —y si me equivoco meto la pata hasta el fondo y quizá me equivoqué— habría quien lo mereciera tanto como yo pero no más si se trataba de valorar el apoyo a la música española en la programación de estos años. Eso no es ser humilde.

Luis Suñén
(Extracto de la entrevista publicada en Scherzo nº 280, diciembre 2012)

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