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De la perplejidad a la acción



De la perplejidad a la acción

La Asociación de Orquestas Sinfónicas Españolas, con la colaboración de la Fundación BBVA, celebraba en Madrid a mediados de noviembre sus II Jornadas para hablar, esta vez, de Los triunfos y retos de las orquestas sinfónicas, es decir, de su presente y de su futuro —partiendo también de un pasado al que la crisis y lo que en ella es fruto de excesos no puede privar de sus virtudes—, de problemas que van de la financiación de sus temporadas a la búsqueda de nuevos públicos. Y lo hacían en un contexto de pesimismo que no impidió, sin embargo, a lo largo de las intervenciones de las jornadas, la apelación al realismo y a la imaginación. Quedaron claras las particularidades de una orquesta sinfónica, lo que es imitable del modelo norteamericano de financiación —allí estaba Robert Flanagan— y lo que no. Sobre todo resultó evidente que las cosas han cambiado en todos los aspectos y que es necesario adaptarse a las circunstancias como estrategia, también, para vencerlas.

Como tema recurrente, como bajo continuo de las jornadas, la necesidad de una Ley de Mecenazgo sobre cuya definitiva puesta en marcha pasó con rapidez y sin profundizar demasiado el Ministro del ramo en sus palabras de apertura. Es incomprensible la tardanza en su aprobación, aunque lo sean menos, a la vista de la realidad, las reticencias de unos ministerios de Economía y Hacienda decididos a no pensar más allá del corto plazo. La ley, hecha en su día, como tantas cosas incumplidas, bandera electoral, es hoy no más que un desiderátum crucial para las orquestas o las empresas organizadoras de conciertos —empresas, repetimos— y, al parecer, sólo relativamente prioritario para un Gobierno que ni siquiera está preparando el terreno. Paloma O’Shea se lamentaba de ello con enorme sinceridad y no menor dramatismo —en el mejor sentido de la palabra— cuando afirmaba en la presentación de las actividades de la Fundación Albéniz para la presente temporada el peligro que corre una institución que se financia sólo en un 6% del dinero público y que ha sido un ejemplo de atracción de patrocinio desde su creación. O’Shea fue muy clara ilustrando la posibilidad real de que la Escuela Reina Sofía desaparezca en tres años: “No se puede cerrar la puerta del dinero público sin abrir la del dinero privado”.

Estamos cansados de la politización de la vida cultural que ha caracterizado los años de nuestra democracia con mayor o menor intensidad —casi siempre mayor, reconozcámoslo. Por el contrario, es la cultura la que debe exigir su trato como un asunto político en el sentido más noble de la palabra, convencer a los gobernantes de que hacer política es también decirle seriamente a la sociedad que sin apoyar nuestra propia vida cultural somos mucho menos, y darle las herramientas mejores para hacerlo. No tenemos, desgraciadamente, un sentido colectivo que nos una para estas cosas, la costumbre de trabajar por nuestra cuenta para conseguir aquello que queremos. Criticamos a los políticos pero nos cuesta vivir sin ellos. Que no acabe de salir adelante una Ley de Mecenazgo no debiera ser asunto de las páginas de cultura de los periódicos sino directamente de las de política nacional, del mismo modo que los aventurerismos olímpicos o las deudas de los equipos de fútbol trascienden las secciones de deportes porque involucran a la sociedad entera. Reducirlo a una cuestión gremial es, hoy y ahora, simplemente perverso.

En un contexto de crisis tan generalizada puede parecer que la cultura pide para sí lo que debiera dedicarse, por ejemplo, a necesidades más perentorias como la sanidad o la educación. Ni un euro debe llevarse la cultura de lo que corresponda a éstas pero las bibliotecas, las salas de conciertos, los teatros son imprescindibles para la salud y la educación de una sociedad a la que le quede un resto de autoestima. A las orquestas y a las instituciones les compete en primera instancia, y si no quieren verse abocadas a un suicidio más rápido que lento, poner en juego la imaginación en sus programas, darse a conocer utilizando los nuevos medios tecnológicos, estar en las redes sociales, atraer público nuevo, hacer que las salas de conciertos sean lugares de encuentro y no simples contenedores. Nunca nos hemos visto en una situación así. Pero tampoco olvidemos que hay mucho hecho, que España no es en música el páramo que fue y al que no debiéramos volver jamás. Pasemos, pues, de la perplejidad a la acción.

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