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Volviendo a los Smiths




PorLuis Suñén - Publicado el 08 Noviembre 2012

Volviendo a los Smiths

Me dice mi hijo mayor: “Como hincha de Larkin, al menos las letras te interesarán y musicalmente a mí me dicen más que Belle & Sebastian, aunque son menos sofisticados. Te advierto que hay mucha angustia adolescente y todo eso, pero merecen la pena”. Y, tras años de abstinencia, en los que siempre estuvieron en esa especie de consciencia subsidiaria generacional que todos tenemos, vuelvo a los Smiths. ¿Por qué estuvieron ahí esperando, ellos, que fueron, en el rock, uno de esos cambios de rumbo que te dejan sin aliento, y ahora se imponen en mi deseo por recuperar algún tiempo perdido, qué se yo, a cualquier compositor medio olvidado, que a juicio de tantos adictos merecería la vuelta con mayor razón que el invento de Morrissey? Pues, queridos amigos, por una razón tan elemental como la belleza. Las grandes canciones de The Smiths lo son, me temo, en términos absolutos. ¿Como las de Schubert o Mahler? ¿O como las de Neil Young o Leonard Cohen? ¿O como las de Stephen Sondheim? Pues, sí señor, ahí estamos. Miren ustedes, yo tengo sesenta y un años y muy poco tiempo que perder, cada vez menos, pero cuando escucho This Charming Man o Heaven Knows I’m Miserable Now tengo la sensación de que me perdí algo, ese instante de vida que tiene que ver con una música que lo hace, pobres de nosotros, eterno. Es difícil que relacionemos los grandes momentos de la humanidad –quiero decir los nuestros- con los Gurrelieder o con la Pastoral. Y, sin embargo, canciones como estas o como –vuelve Morrissey- Everyday is like Sunday nos conmueven en ese punto de nuestra intimidad que confluye justo ahí donde somos la misma cosa de cintura para arriba que de cintura para abajo, Algún día les contaré a ustedes por qué adoro a Belle & Sebastian, escuchados en Judah Street, San Francisco, California, en la mañana más temprana con mi primer nieto en brazos mientras los culpables de ese amor dormían a pierna suelta.  Ah, y nada que ver con influencias que suavizan los roces mecánicos, o del corazón, en la conciencia de algún crítico con sentido de culpa. No se preocupen: Björk no viene de Schoenberg ni Elvis Costelo de John Coltrane. Y, sin embargo, todos pertenecen a una música que nos une porque la belleza nos une, porque nos une el amor que esa música es capaz de suscitar en nosotros. Todo lo demás es análisis, o como quería Verlaine, menos mal, literatura.