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Mussorgski o la economía




PorLuis Suñén - Publicado el 03 October 2012

Mussorgski o la economía

Una de las sorpresas –o de las constataciones, por no exagerar- que produce la escucha de la versión completa del Boris Godunov de Mussorgski que estos días se representa en Madrid es que la pieza, se nos olvida, es contemporánea de El anillo del nibelungo de Wagner y de Don Carlos y Aida de Verdi. Mientras escuchaba la discutible y sugerente en lo escénico, muy buena en lo musical, función del Real pensaba en cómo se olvida el Boris a la hora de hablar de las mejores óperas de la historia en beneficio de esos dos rivales aparentemente imbatibles a quienes la suma de genio y posibilidades mediáticas colocaron en la cresta de la ola mientras el ruso se venía abajo. Tanto que hubo que arreglarlo. Y la versión original del Boris que vemos en el Real estos días revela disparatado cualquier arreglo –ya sea el de Rimski o el de Shostakovich- y muestra a un orquestador prodigioso, a un genio de la economía de medios que se eleva, por otros medios, a la misma altura que sus contemporáneos. El borracho y sifilítico Mussorgski pareciera un personaje de la literatura rusa de su época, un perfecto tipo dostoyevskiano a mitad de camino de sus jugadores y sus idiotas pero con el mismo genio que el novelista que fue también su contemporáneo. Wagner, mientras, vivía para la posteridad y el democrático Verdi se la construía con naturalidad admirable. La función madrileña ofrece todo lo que Mussorgski escribió en el Boris de su mano, y une, por tanto, lo más y lo menos teatral de la pieza. Es verdad que gracias a que escuchamos la escena polaca y la del bosque de Kromi lo sabemos todo de la música pero el exceso de información en la letra hace que la obra pierda en coherencia dramática pues, a efectos de planteamiento, nudo y desenlace, esas dos escenas sobran, desabrochan la ópera cuando todo parecía cerrado. En cualquier caso, el conjunto forma parte de lo más intenso, emocionante, hondo y arriesgado de la creación musical de su tiempo y de cualquier otro. Da vértigo poner en su contexto semejante creación, tan alejada del culto a la propia personalidad que caracteriza a Wagner y de esa profesionalidad aquilatada del Verdi maduro. Boris es el triunfo –hoy, no en su día- de lo más secreto de la creación, de lo que pertenece a una vida interior que se enfrenta a ella misma y a la historia que vive y que rechaza. Al salir me acordaba de Bajo la mirada de occidente de Conrad, de lo que revela sobre un alma que corre, dentro y fuera, el riesgo de engolfarse en su propia desgracia. Pushkin lo decía también cuando se dejaba llevar: “Dios mío, qué triste es Rusia”.