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Valle-Inclán: musicalidad




PorSantiago Martín... - Publicado el 21 September 2012

Valle-Inclán: musicalidad

Decía nuestro amigo y maestro Ángel-Fernando Mayo que Valle-Inclán poseía la mayor musicalidad en la literatura española. Cito de memoria, claro, porque lo decía, no se lo recuerdo escrito. La prosa y la dramática de Valle -la lírica, por descontado- contenían una musicalidad implícita que no se veía en otros dramaturgos y narradores o ensayistas hispanos del siglo XX. Admitamos que Valle y su prosa fueran eso que Ángel pretendía, prescindamos de otros nombres que podrían reclamar esa distinción, a uno y otro lado del Océano. Al menos nuestra lengua es rica, no tribal.

La musicalidad del verso teatral es obvia, y Ángel no se refería a eso. No se refería, por ejemplo, a aquella burla de Farsa y licencia de la reina castiza: “Lucero se precia con toses de guapo / ríe la comadre feliz y carnal / y un temblor cachondo le baja del papo / al anca fondona de yegua real”. Y que conste que esto es una acotación, no parte del diálogo. Las acotaciones de Valle son tan ricas que a menudo se las incorpora a la representación, al menos desde que José Luis Alonso puso en escena a finales de los años sesenta aquella especie de trilogía que marcó época: La cabeza del Bautista, La rosa de papel y Farsa italiana de la enamorada del rey. Era acaso todo un síntoma: Valle desconfiaba de que sus obras pudieran estrenarse, y cargaba de intención la didascalia, unas acotaciones para el lector. Porque en aquella época, sin duda atrasada, se leía teatro. Los que leían, leían todos los géneros, no sólo narrativa y periódicos. Y no sólo narrativa “negra”.

Ángel se refería a la musicalidad de la prosa y la dramática en prosa, no al verso. La musicalidad temprana de las Sonatas, que no en vano se llaman así (¿forma sonata, género sonata…?), la musicalidad madura del diálogo “doctrinario” y "testamentario" del cuadro XII del paseo de Max y Latino (“La tragedia nuestra no es tragedia…”), la musicalidad etérea de La lámpara maravillosa, la musicalidad cruda de La corte de los milagros, Romance de lobos o Los cruzados de la causa. Antón García Abril, José Luis Turina y otros compositores han escritos obras lírico-dramáticas a partir de textos de don Ramón. A propósito de su ópera de cámara Ligazón, escribe Turina: “El lenguaje de Valle-Inclán es tan encendidamente musical que cualquier intento de adaptación habría resultado sacrílego”. Es decir, Ángel y José Luis coinciden. Y muchos más coincidimos con ellos.

Por los años sesenta que decimos había gentes del teatro y de la pedagogía que defendían la obra de Valle-Inclán. Fueron pioneros, y descubrieron al auténtico Valle que parecía ocultarse en florilegios verbales, cuando en realidad la cosa era más compleja y rica. Gentes como Juan Antonio Hormigón o Ángel Facio. Hormigón es autor de una monografía que excede lo biográfico, lo monográfico y lo anecdótico, porque contiene todo esto y lo eleva a categoría. Son tres tomos, cuatro volúmenes (¿o al contrario?) en cuyo contenido no podemos entrar porque es enorme: un volumen de epistolario y tres de biografía. Todos los estudiosos o sencillamente aficionados, como un servidor de ustedes, le deben mucho a esos cuatro libros de Hormigón publicados por la ADE, Asociación de directores de escena. Hay que zambullirse en esos documentos, lecturas, cronologías, estudios, en ese seguimiento detectivesco día a día de la vida de don Ramón; hay que nadar siquiera un poco en esas aguas para hacerse cargo de la excelente aportación de este libro, al que los libros que sigan deberán siempre algo. Ahí tienen una portada de esos libros que llevan unos años en el mercado y que desmienten, como excepción, eso de que en España se escriben pocas  biografías (en comparación con nuestros vecinos franceses, por ejemplo; sí, ahí la comparación es desoladora para nosotros).

Además, la ADE publicó el año pasado la revista cuya portada reproducimos. Se trata de demostrar la dimensión escénica de Valle. Durante mucho tiempo se consideró que Valle era irrepresentable. En su tiempo, tengámoslo en cuenta, triunfaban autores sólidos y hoy poco considerados como Benavente; y autores hoy tal vez imposibles de soportar, como Linares Rivas. Valle-Inclán y García Lorca siguen ahí, jóvenes todavía, estudiados y revisados continuamente. Tal vez sea cierto que determinadas obras de Valle, con su musicalidad y su “conceptismo” (¿cómo llamarlo, si no?), se resisten a la escena: El embrujado, desde luego; pero también obras llevadas a menudo a las tablas, como Luces de bohemia y Divinas palabras. No así las Comedias bárbaras, curiosamente (recuerdo la felicísima puesta en escena de Águila de blasón, de Adolfo Marsillach, en 1966, centenario de Valle, en el María Guerrero). Ni tampoco los esperpentos de Martes de Carnaval, que el propio Hormigón ha llevado a los teatros.

Bien, basta por hoy. En pocas palabras les recomiendo mucha lectura. Pero estoy seguro de que una vez que “caten” alguno de los libros de Hormigón sobre Valle no podrán dejarlos. No porque te enganchen como una novela policial, ni mucho menos. Sino porque esos libros hará compañía a quien tenga eso que parece hoy en retroceso, pero que no ha desaparecido: afán de saber, conocer, respetar. ¿Y a quién mejor conocer, saber y respetar que a Valle-Inclán y su obra? Trataron de desconocerla muchos responsables de su tiempo. Esto nos suena, ¿no es así? Como dice Ángeles Moraleda: no pasan los siglos.