MADRID / Laura Puerto, Orfebre de sonidos

MADRID / Laura Puerto, Orfebre de sonidos

Madrid. Iglesia Evangélica Alemana. 06-IV-2019. Laura Puerto, clave y arpa. Obras de A. Cabezón, N. Gombert, A. Mudarra, L. Narváez.

Nacho Castellanos

Un halo de misterio recorría la planta cuadrada de la Iglesia Evangélica Alemana creando esa expectativa que muchos recitales tienen y que pocos llegan a cumplir. Al lado del altar mayor, clave y arpa coronaban el hemiciclo de una noche en la que serían protagonistas.

Cuando se cerraron las puertas del santuario y todo el público encontró un espacio para el silencio, Laura Puerto salió para presentar un programa arriesgado y complejo donde los haya. Dedicado a las canciones del emperador Carlos V y en donde la intérprete tendría que ir cambiando de instrumento según qué obras —algo que aunque sea fácil de decir, supone transfigurar la concepción dactilar de la música en cuestión de segundos—.

El concierto no podía comenzar con otra obra que no fuese la canción favorita del emperador: el Mille Regretz de Josquin, pero en este caso, una intabulación propia del arreglo de Gombert a seis voces que en el clave sonó con un dramatismo bastante peculiar, en donde la tensión —pese a resolver en el entramado contrapuntístico—, parecía refractarse entre los muros de la iglesia. Mientras el descenso frigio reflejaban los mil pesares de esta despedida, la tormenta que se desarrollaba en los exteriores de la iglesia hacía acto de presencia mostrando su ira y su rabia. Mediante el crujir de los truenos la interpretación se bañó en un carácter aún más melancólico e incluso evocador.

Las tres primeras piezas para clave fueron premiadas de este regalo de la naturaleza que ayudaba a entrar en una dimensión musical más asceta, e incluso a trasladarnos a cualquier monasterio renacentista en donde el tañir de la música sonaba tanto en la tormenta como en la calma. Tras el clave, vino el arpa con sus aires apolineos. Con obras pertenecientes al Libro de cifra nueva para tecla, arpa y vihuela de Venegas de Henestrosa del que destaco el Fabordon llano de Gombert y el Rugier, glosado de Antonio de Cabezón. Posiblemente uno de los grandes hitos de la velada fue la recuperación, por parte de la intérprete, de muchas de estas obras que seguramente habían permanecido apartadas del canon de este instrumento por centurias.

Laura Puerto es cómo esa brisa etérea que parece acariciar las teclas y cuerdas del clave y arpa para desencadenar lo que muchos en tiempos pasados denominaron un locus amoenus. Su gesto es delicado, preciso, y su tañer en el arpa es como si en vez de cuerdas, estuviese persuadiendo a los Anemoi para que sus silbidos evocaran a las más bellas músicas. Cual orfebre apoderada de una atmósfera de misticismo y serenidad, parecía ir creando cada uno de los sonidos que fluían de su tañer con la máxima delicadeza posible. Este lugar idílico que emana de su percutir, recorre diferentes juegos sonoros que van desde la sutileza de ese sonido que ya es silencio hasta el rugir más feroz, que hacía amainar a la tormenta que acontecía. En esta balanza entre el clave y el arpa cabe destacar lo camaleónico de una intérprete, que consiguió adaptarse al lenguaje idiomático de ambos sin que todo el repertorio sonase como un mismo gesto musical. Cabezón a la tecla sonaba enérgico y con dirección, pero sin echar en falta la densidad armónica de las mismas piezas interpretadas al órgano. En el arpa, una égloga viviente que te va conduciendo por los sentimientos más frágiles y delicados.

Cuál exordio circular, la velada terminó con esa melodía de Josquin tan manida y versionada como es el Mille Regretz, pero en esta ocasión, el arreglo de Luis de Narváez. Interpretado al arpa de dos órdenes, se cerró así un ciclo de canciones que seguramente en tiempos pasados sonaron a clave y arpa como escuchamos en esta velada. Es labor de los intérpretes a día de hoy, recuperar estas interpretaciones historicistas para que el repertorio no quede siempre relegado a un par de instrumentos canónicos.

En definitiva, el Ciclo Soledades de El Canto de Polifemo mostró una vez más que el intimísimo musical refleja de una forma más clara el sentir del intérprete, acercándonos a esa dimensión extramusical que supone escuchar a un músico, guiándose por aquello que ama y estima.