MADRID / Latino caliente (Alondra de la Parra y la ONE)

MADRID / Latino caliente (Alondra de la Parra y la ONE)

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. 13-IV-2019. Bernstein: Danzas sinfónicas de ‘West Side Story’. Gershwin: Rhapsody in Blue. Márquez: Danzón n.º 2. Revueltas: La noche de los mayas. Michel Camilo, piano. Orquesta Nacional de España. Alondra de la Parra, dirección.

David Rodríguez Cerdán

El tercer programa del abono Cine y música tenía aire de circunstancia porque solo dos de las cuatro obras eran cinematográficas strictu senso, pero qué más da el encaje cuando la música es una fiesta. Ya lo era sobre el papel pero la directora mexicana Alondra de la Parra se encargó de que llegáramos a casa en una nube. Hasta bailó en el podio a ritmo de montuno y puso al público a tocar palmas. Era su primera vez como invitada de la OCNE y quiso que la ocasión fuera irrepetible. Lo consiguió. Encima se subió al escenario ese monstruo que es Michel Camilo para animar la velada con el Rhapsody in Blue y el público se vino pero que muy arriba.

El programa, muy suyo por la abundancia de swing y alegría, se lo ponía en bandeja: entró en materia con las Danzas sinfónicas de ‘West Side Story’ (1960) que hace poco más de un año Juanjo Mena tocaba con la Nacional para celebrar el centenario de Bernstein. Es una obra muy agradecida, pero marcar todos sus ambientes con el idiomatismo de la partitura cinematográfica original requiere compromiso y sangre en las venas. Dentro de su innegable calidez, De la Parra es una conductora muy mesurada, y piensa a vista de pájaro. Esto se notó especialmente en ese Prólogo que resume las variantes climáticas: un trabajo al detalle, por secciones, pero los planos superpuestos en función del todo. Quizás le faltase un punto de flirteo o de gato al Cha-cha, y le sobrase el desafine a las flautas en el Finale, pero el Mambo y el Rumble salieron de vicio. Luego saltó a la palestra el dominicano. Hizo un poco lo que quiso con la Rapsodia en azul (1924), como está mandado siendo la leyenda grande que es y viniendo de donde viene. A Gershwin le habría gustado su deje caribeño, cómo machacaba el acompañamiento con esos martillos que tiene por dedos, descargas como de picapedrero y atropellando la melodía con la izquierda. La parte sonaba muy loca, muy a speakeasy, muy a él. El clarinete se emborrachó un poco con tanto desenfreno, un jolgorio. Y no se fue así como así. De La Parra le dejó hacer, apagó la batuta y Camilo se quedó solo al piano. Como la cosa iba de cine, tocó el Caribe de Two Much (1995). Ahí soltó la salsa y la furia y el Steinway a poco se pone a llover de tanto trueno.

En la segunda parte volamos a México en primera clase. Arrancó con esa maravilla que es el Danzón nº 2 (1994) de Márquez, un clásico del repertorio latinoamericano al que solo hace sombra en bochinche el Huapango de Moncayo. Márquez lleva nueve de momento pero ninguno ha superado la viveza del segundo, que lo tiene todo: una dancita lenta en La menor que de las maderas y la clave se le contagia a los violines, que la dicen como un beso, o el ritmo de montuno que nos mueve las caderas en el asiento de pura vida. Y los pelos como escarpias. Dudamel es uno de los batutas que lo baila mejor en la orquesta, diferenciando mucho entre el romanticismo y la guaracha. De la Parra no es tan viva en los ritmos, no acelera tanto las negras, pero todo suena más junto en su lectura, a río más que a otra cosa. Así le gusta a Márquez y así lo hace ella. Tras los aplausos se dio la vuelta y explicó al público La noche de los mayas (1939/1969) de Revueltas, que por compararla la comparamos con La consagración de la primavera, y no es hipérbole. Se interpretaba la sinfonía que José Ives Limantour arregló en los años 60 picoteando en la banda sonora original de la película, aunque no debemos olvidar que Hindemith preparó una suite en dos movimientos que por desgracia se toca poco. De la Parra alegó con sentimiento que la historia ha igualado a conquistadores e indígenas y que es una felicidad que Mexico y España sean ahora hermanos y puedan arrejuntarse en la caverna a escuchar esta arqueología mágica. Era pertinente, porque la película de Chano Urueta es una especie de Pocahontas nacionalista y en ella los dioses se enfadan mucho con el español que pretende a la princesa azteca. Comentó que hacía tiempo la obra no pasaba por los atriles de la ONE y dijo bien: desde que la dirigiera Pons en 2011 han llovido unos cuantos años, pero el recuerdo de la Noche de encantamiento que hizo el catalán aún retumba muy dentro. De la Parra y la ONE echaron el resto y los dioses nahua debieron gozarlo en los cinco soles. Desde luego aquí en la tierra se gozó y mucho. El arco que va desde el molto sostenuto del primer movimiento al andante de la Noche de Yucatán, el tercero, pide un espressivo con ardor de un lado –Noche de jaranas– y de otro un carácter como de serenata tibia, pero al llegar las cuatro danzas de la Noche de encantamiento pasamos al rapto dionisíaco, braman en estéreo las conchas marinas, la orquesta se vuelve un tambor gigantesco, el corazón necesita aire de tanto furor. Impresionantes los cinco solistas de percusión al darse la réplica en la primera sección con los bongos, congas, tom-toms y güiro echando fuego y no menos la abisal tuba que lo ata todo a la tierra. Para el bis la mexicana extrajo la última sección del Danzón, desde el obligato de trompeta del compás 300 hasta el confeti final. Por cierto, qué trompeteo henchido el de Manuel Blanco, de orgullo nacional y no menos. Si a todo este arte tan bien compuesto y conducido le añadimos por arriba una sala a rebosar, los autobuses descargando chavales y estudiantes de música por los pasillos del Auditorio hablando del DJ que iban a escuchar a continuación y a la vez flipando con las trompas de la Nacional pues qué quieren que les diga. A estas alturas de la película todavía no tengo muy claro qué eso de la cultura, pero debe ser algo muy parecido a esto.