LAS PALMAS / La ‘italianità’ de Così fan tutte brilla en la Ópera de Las Palmas

LAS PALMAS / La ‘italianità’ de Così fan tutte brilla en la Ópera de Las Palmas

Las Palmas. Teatro Pérez Galdós 09-V-2019. Mozart: Così fan tutte. Annalisa Stroppa, Claudia Pavone, Marina Monzó, Paolo Fanale, Carles Pachón, Riccardo Fassi. Coro de la Ópera de Las Palmas de Gran Canaria. Orquesta Filarmónica de Gran Canaria. Dirección musical: Giuseppe Sabbatini. Dirección escénica: Giulio Ciabatti.

Sabido es que Così fan tutte es difícil de encasillar en un determinado estilo de la tradición interpretativa moderna, mas se puede hablar de que se da un carácter principalmente vienés y salzburgués, por un lado, y por otro, uno italiano, centrado este último sobre todo en La Scala y en el San Carlo de Nápoles. Dentro de este enfoque itálico cabe perfectamente el nuevo montaje que se ha podido ver y disfrutar en la 52ª temporada de la Ópera de Las Palmas de Gran Canaria.

El estilo interpretativo italiano se puso de relieve en la vocalità de la compañía de canto y en la puesta en escena de Giulio Ciabatti, director teatral surgido de la clásica aunque imaginativa e innovadora escuela de los buenos registe di prosa italianos. Si en algo destaca la escenificación de Così fan tutte presentada esta temporada en el Teatro Pérez Galdós es en una magnífica, cuidada y muy ensayada dirección de actores, que funcionó casi con precisión de relojería, mas siempre con natural frescura y un perfume de tradicional comedia itálica.

Una puesta en escena como la ideada por Giulio Ciabatti, pese a que se pudiera tachar de excesivamente tradicional y clásica, resulta de gran importancia en Così fan tutte, una ópera llena de conjuntos y en la que adquieren una tremenda importancia los recitativos, quizá los mejores escritos por Da Ponte, de una enorme calidad literaria y teatral, y que en general resultaron espléndidos, con una acertada combinación de comicidad y patetismo.

Lástima de que toda esta estupenda muestra de teatro lírico de altura no contase con una bella escenografía que sirviera de marco adecuado a tanto refinamiento canoro y actoral. Además, se siguió la moda que tiende a ignorar que las óperas, además de actos, tienen escenas con sus decorados propios. Así, en el escenario del Pérez Galdós, el director de escena dispuso que toda la obra discurriera en un espacio único, formado por las típicas columnas rectangulares grises de sencillos capiteles dóricos a ambos lados del escenario, distinguiendo una escena de otra mediante simples detalles de mobiliario y aditamentos generalmente simbólicos, minimalistas y entre faltos de elegancia y sobrados de simpleza. En el fondo del escenario, una pantalla iluminada resultó monótona y superflua.

Dentro del acertado reparto, sobresalió la mezzo Annalisa Stroppa, que fue una Dorabella prácticamente perfecta, con una rica paleta de colores vocales, llenos de expresividad, demostrando uniformidad en todo su registro y una perfecta técnica de emisión e inteligente uso de los reguladores. Apoyándose en un fiato muy notable, Stroppa logró los matices que requiere la psicología de la veleidosa, a la vez que práctica y egoísta Dorabella, más rica y compleja que la de su atormentada hermana. En los recitativos, su dicción, fonética, prosodia y articulación del texto fueron un verdadero regalo para los espectadores conocedores de su lengua.

El personaje de Fiordiligi fue defendido por la joven soprano italiana Claudia Pavone, quien cantó con buena técnica, entrega y agilidad suficiente sus dos arias de bravura, aunque se notaron algunas deficiencias en el pasaje de la voz y los sobreagudos resultaron a veces descoloridos y algo descarnados, faltos de armónicos. Su afinación y emisión de la voz fueron impecables. Carece, empero, del dramatismo que precisa este personaje en algunos momentos.

Para terminar con las féminas, causó una grata sorpresa la joven soprano ligera valenciana Marina Monzó, que fue una Despina pizpireta, atrevida y descarada y de comedida comicidad. De sus dos graciosas arias, la mejor fue la segunda, ‘Una donna a quindici anni’, en la que demostró una madurez vocal admirable.

Debutaba en el papel de Don Alfonso el bajo-barítono Riccardo Fassi, que está en el inicio de una carrera profesional que puede ser importante, pues es ya un consumado belcantista y un gran mozartiano. Dotado por la naturaleza de una voz de gran empaque, nobleza y belleza, posee una técnica depurada y una emisión con la voce in maschera propia de un gran cantante. Fue un imponente Don Alfonso sin canas, dada su juventud, pero con la madurez, más que de un cínico, de un escéptico filósofo napolitano ilustrado.

Respecto de la pareja de amantes masculinos, hay que destacar ante todo su entusiasmo y juventud. Paolo Fanale (Ferrando) es un interesante tenor italiano que ha cantado ya en grandes teatros internacionales y que interpreta personajes que requieren unas hechuras de lírico-ligero. Técnicamente está todavía verde, con poco dominio de la voce di testa, de fiato algo corto y un tanto inexpresivo a veces, lo que quedó patente en algunos recitativos y conjuntos. Pese a ello, su interpretación de su bella aria ‘Una aura amorosa’ fue más que notable. Guglielmo fue interpretado por el también muy joven barítono lírico catalán Carles Pachón, que cantaba ese papel por vez primera. Recién salido del cascarón de los concursos internacionales de canto (Tenor Viñas, Alfredo Kraus) en los que ha logrado grandes éxitos, resulta demasiado lírico para su personaje, al que tanto Da Ponte como Mozart dieron mayor peso dramático y vocal. Hay que tener en cuenta que la tesitura de Guglielmo es a veces más baja que la de Don Alfonso, a la vez que requiere de un registro agudo propio de un barítono lírico.

Pero Così fan tutte, como se ha indicado, es mucho más que una serie de arias enlazadas por recitativos y algunos conjuntos. Es este sentido, todo el elenco estuvo a gran altura en los concertati (menos logrados aquellos en los que intervino el coro, lo más flojo de la representación). Por señalar alguno, el célebre y maravilloso terceto ‘Soave sia il vento’ (lástima que algunos instrumentistas no supieran tocar con los arcos en leve sordina), donde Pavone, Stropa y Fassi bordaron literalmente este sublime encaje musical hecho con hilos de noble patetismo y anhelos.

Si algo hay que resaltar del maestro Giuseppe Sabbatini es su buen hacer como concertador, consecuencia muy posiblemente de sus estudios de canto y de la carrera de tenor que compagina con la de director musical. Sabbatini hizo que la orquesta cediese todo el protagonismo a los cantantes, aunque supo no sólo acompañar con acierto, sino subrayar sutilmente, con acentuaciones discretas, mórbidas y matices sobreentendidos -algunas veces, contradictorios con lo que expresa el cantante, un logro genial de Mozart- en lugar de hacerlo con violentos énfasis descriptivos y emocionales.

La Orquesta Filarmónica de Gran Canaria respondió de forma algo irregular, con destacadas intervenciones de vientos y maderas -especialmente los oboes y clarinetes, tan fundamentales en esta partitura-, escaso, aunque claro y trasparente, sonido de las cuerdas, y ruidosos metales y timbales, cuyos destemplados excesos hicieron que la obertura sonara algo vulgar y falta de fineza.

El Coro de la Ópera de Las palmas de Gran Canaria, bastante reducido, estuvo dominado por unas mezzosopranos optimistas en agudos, mientras que las voces masculinas resultaron raquíticas, cosa que cuadra poco con los requerimientos de Mozart para un coro de soldados y marineros.

Finalmente, aunque no en último lugar, hay que elogiar a Kelly Thomas, quien acompañó -con matices incluidos- los recitativos con un fortepiano de época que sonó con claridad cristalina y justo volumen.