JONDE, 35 años de una utopía necesaria

Mario Muñoz Carrasco

«Ilustrísimos señores:Las orquestas españolas encuentran graves dificultades para completar sus plantillas debido a la falta de cualificación profesional de los posibles aspirantes. Esta situación […] obliga a las orquestas a recurrir a la contratación de músicos extranjeros con más frecuencia de lo que sería deseable. Por ello resulta necesario crear la Joven Orquesta Nacional de España […] a fin de contribuir al fomento de las vocaciones musicales en nuestro país y proporcionar a los jóvenes competentes de la misma una formación integral, tanto musical como humanística, que les permita desenvolverse profesionalmente en el mundo de la música».

Con estos dos sencillos párrafos introductorios anunciaba el B.O.E. en octubre de 1983 la creación de la JONDE, una de esas necesidades educativas largamente pospuestas que habían comenzado a considerarse patrimonio de lo quimérico. Esas pocas palabras sintetizan lúcidamente y sin ambages la situación orquestal de la España de principios de los años ochenta, donde la multiplicación de continentes —los auditorios— desembocó inevitablemente en una escasez de contenidos —las orquestas—, con la consecuente obligación por parte de las instituciones de buscar soluciones rápidas. La más común de estas medidas urgentes puede observarse aún hoy si se revisa con detenimiento la última página de las notas al programa que se entregan (cada día menos) en algunas salas de conciertos: unas plantillas orquestales internacionalizadas en grado extremo, un pecado original que supuso poco después un callejón sin salida para buena parte de los jóvenes músicos españoles. José Luis Turina, director artístico de la JONDE durante los últimos 18 años, reflexiona sobre los aspectos positivos de aquella situación de excepcionalidad: «A estos profesionales extranjeros se les debe no sólo que hayan podido hacer factible una vida sinfónica de primera línea (que la mayor parte de nuestras Comunidades Autónomas no habrían podido imaginar unos años antes) sino además el haber formado a muchas generaciones de jóvenes en el ámbito territorial en el que desarrollaban su labor, al margen de la enseñanza oficial». Porque ese era, en definitiva, el epicentro del problema de orquestas y conservatorios en España: la baja calidad de nuestro desorganizado sistema educativo musical.

Creación, orden y concierto

La JONDE nace a principios de los 80 en tierra ajena institucionalmente hablando, ya que se enmarca en una iniciativa del Ministerio de Cultura y no del de Educación, ubicación más natural dadas sus funciones, si no fuera por su inmovilismo —“fue un buen tirón de orejas”, comenta Turina—. En realidad el retraso español con respecto a la formación de otras jóvenes orquestas europeas era equivalente al que acumulábamos en el resto de disciplinas artísticas (piénsese que la Bundesjugendorchester, la equivalente alemana que dirigirá este año Kirill Petrenko, celebra ahora medio siglo de existencia). Su puesta en marcha definitiva le debe mucho al impulso del director Edmon Colomer, quien ejerció los primeros años de director artístico y musical, y a José Manuel Garrido Guzmán, director general de Música y Teatro (posteriormente INAEM). “Colomer defendió con convicción un proyecto en el que creía firmemente”, recuerda Turina, “y a él se sumó el apoyo incondicional de un político como Garrido, que convenció al resto de las fuerzas administrativas para darle naturaleza jurídica y dotarlo presupuestariamente para ser una realidad”.

La creación de la JONDE no era la piedra filosofal de las estrategias educativas. Bajo la superficie de un tejido cultural en ebullición se acumulaban algunos de los males que se habían considerado como endémicos en este país: la precarización de la docencia en unos conservatorios lastrados por su masificación, la ausencia de un itinerario claro y practicable en los distintos grados y la inexistencia de ese escalafón intermedio que aporta una estructura de enseñanza musical no reglada. “La consecuencia directa de todo aquello”, reflexiona el compositor madrileño, “era la imposibilidad de que hubiera profesionales cualificados en número suficiente para nutrir una vida musical que cada vez era más intensa. Para los jóvenes músicos constituyó un punto de referencia hacia el que canalizar su formación a medio y largo plazo”.

Como compañera ideal del proyecto JONDE llegó la obligatoriedad desde el grado medio en adelante de la enseñanza de orquesta para todas las especialidades sinfónicas, con la racionalización de las plantillas que ello conlleva y una oferta de especialidades más equilibrada. Los primeros pasos del cambio se habían dado, y poco a poco se fundaron el resto de jóvenes orquestas vinculadas a sus respectivas comunidades autónomas.

Ventajas de una arquitectura efímera

Pasada le primera etapa con Colomer al frente, la orquesta entró en 1995 en una nueva fase gracias a la llegada de Llorenç Caballero, defensor de una estructura más abierta con un compositor residente y donde la figura del director musical incluyera a maestros invitados de renombre para generar un punto de vista coral que se alejara de lo ya experimentado por los músicos en el conservatorio. “La JONDE ni era ni es una orquesta profesional, de temporada estable, sino un proyecto formativo”, afirma Turina. “En el primer caso la figura del director titular es indispensable para dar coherencia y personalidad propia a una orquesta; pero en el de una orquesta joven es más importante proporcionar una experiencia lo más amplia posible a sus integrantes. Si en el tiempo que pasan en la JONDE los músicos han tenido la oportunidad de trabajar con seis, siete u ocho directores importantes, habrán conocido maneras muy distintas —y todas ellas válidas— de entender la relación director/orquesta, que en general suele ser bastante compleja”. (…)

(Comienzo del reportaje publicado en el nº 349 de Scherzo, de marzo de 2019)