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OPINIÓN | El dedo envenenado

El dedo envenenado

Esto de ser director de orquesta es, en España, un sinvivir. Si no te nombran, mal. Si te nombran, de titular en algún puesto, quiere decirse, peor, porque no trabajas y como le decía Sergiu Celibidache a un alumno suyo que le escuchaba perplejo: “Usted lo que necesita es dirigir mucho”. “Pues sí, maestro. ¿Y de dónde saco la orquesta?”, le respondía él, que ahora tiene una y ha sabido aprovecharlo tras años de dificultad.