De críticas y críticos

De críticas y críticos

En la historia de la literatura o de la música o del arte hay ejemplos insignes de equivocaciones críticas, de meteduras de pata que, juzgadas tras el paso del tiempo, parecieran imposibles pero que respondían también al criterio de alguien sin demasiada capacidad visionaria o condicionado más de la cuenta al gusto de su época, o al de una parte del público de esa misma época, a la cual pertenecía. Es muy fácil, a toro, o a siglo, pasado enmendar la plana a quienes desde hoy pensamos que se equivocaron sin peor intención que la de fiarse de sus propias fuerzas. Luego están los que no hicieron caso de aquello que se encontraron un día y no supieron entender, los culpables de que un genio en agraz se quedara en simple promesa porque su propuesta no se entendía o porque suponía un peligro para este o aquel nombre establecido. Es verdad que el tiempo, aunque necesite un mínimo de datos, pone a cada uno en su sitio pero también es cierto que quien no tenga valor para perseverar no alcanzará la gloria en vida. Paul Eluard se refería al “duro deseo de durar” y todos conocemos los nombres de artistas que trabajaron por la posteridad más que por lo único que cada cual tiene sobre la tierra, que es su presente.

Pero me estoy poniendo pesado y yéndome por las ramas porque lo que yo quería en este artículo era enumerar alguno de mis posibles errores como crítico —otro día les hablaré no de mis posibles aciertos, no se preocupen, sino de quienes admiro porque me enseñaron cosas y me hicieron más feliz—, de algunos nombres a los que quizá no comprendí en su día y que con el paso del tiempo me convencieron a mí, a diferencia de otros que se ganaron una vez, y se siguen ganando, que no merezca la pena ni siquiera intentarlo. Hay, sin ir más lejos, un par de maestros que andan por ahí haciendo buenas carreras y que, tras no convencerme de primeras, lo han hecho luego. Uno de ellos es Manfred Honeck, a quien vi por vez primera en Madrid con una orquesta sueca y no me gustó pero que tras verlo en Pittsburgh me pareció muy bueno. Otro ha sido Jukka Pekka Saraste, protagonista también en Madrid de una de mis primeras piezas como crítico musical en un diario capitalino, a quien, tras aquella primera cita para mí decepcionante, he seguido siempre con cierta innecesaria condescendencia y que me acaba de impresionar con su grabación de las sinfonías de Beethoven, como lo hizo hace un año con las de Brahms. ¿Estaba yo equivocado? Pues en relación con los conciertos sobre los que escribí lo más probable es que no, que mi sensación honradamente manifestada fuera también críticamente pertinente. Mi error estuvo en mandar a los dos al purgatorio —que, como es sabido, no existe— de la indiferencia —hay alguno que tengo en el infierno, que tampoco existe, pero no revelaré su nombre pues me darían ustedes la razón— con una sola prueba en su contra.

Casi siempre que uno hace una crítica desfavorable —las tomaduras de pelo disfrazadas de conciertos son otra cosa— le queda mal sabor de boca. A mí por lo menos. Ya sabemos que hay críticos que disfrutan desollando a sus víctimas como forma de autoafirmación más o menos provinciana. Los hay —los había, más bien y nunca entre nosotros— cuyo mando en plaza les cree capaces de impulsar o truncar una carrera pero, sobre la ciencia y la conciencia, les puede un cierto ego problemático. Y añadan a los que se achantan con la fama y la fortuna de los objetos de sus crónicas. Y no se olviden de los que están convencidos de que su palo hará historia y de su derecho a creerse Harold C. Schonberg con la American Express Gold del New York Times incluida, pues –—el orden de los factores no altera el producto— se deben a sus lectores y, además, les pagan muy poco.

El tiempo es un gran escultor, como titulaba Marguerite Yourcenar uno de sus libros.  Y el tiempo también nos esculpe a nosotros, lima nuestras aristas y nuestras manías. Pero sin la colaboración del objeto de nuestras críticas tampoco sería posible del todo. O sin nuestro crecimiento en edad y sabiduría, que todo hay que decirlo. Me tocó reconocerlo cuando falleció Rafael Frühbeck de Burgos, un maestro que estuvo muchos años sin gustarme —en parte, supongo, por tendencia generacional— pero al que le debíamos más cosas de las que pensábamos o de lo que queríamos creer. Sin esperarlo ni por sueño, una llamada del periódico me pedía un obituario en el que, naturalmente, reconocí la evidencia de un combate en el que los dos contendientes teníamos razón pero en el que el artista era él. Octavio Paz hablaba de la crítica como creación pero esa lección se ha disuelto en mares más turbios que procelosos, como el del hispanismo en la literatura o la divulgación en la música. De todos modos, para quien necesite un subidón de autoestima, recordemos aquello que decía mi querido Gonzalo Torrente Ballester: “Todo escritor es un crítico frustrado”.