VALLADOLID / Un nuevo Sibelius

VALLADOLID / Un nuevo Sibelius

Valladolid. Centro Cultural Miguel Delibes. 22-III-2019. Escuela Profesional de Danza de Castilla y León “Ana Laguna”, Burgos. OSCyL. Director: Jukka-Pekka Saraste. Obras de Stravinsky y Sibelius.

José Miguel González Hernando

Con el deseo de dar cabida a las artes escénicas dentro de la temporada de abono de la OSCyL, su director titular Andrew Gourlay ha invitado a la Escuela Profesional de Danza de Castilla y León a alumnos de último curso de la especialidad de Contemporáneo, que se imparte en su sede en Burgos. Como punto de partida, la idea es estupenda, ya que une cultura y educación, profesionalidad y talento, música y danza. Así planteado, el Apolo de Stravinsky parece una partitura ideal para conseguir estos fines, pero no terminó de cuajar: primero, por la displicencia con que el maestro invitado Saraste [en la foto] la afrontó, un tanto ajeno a la partitura y mucho más al hecho dancístico, y también por la coreografía de la profesora Edurne Sanz, que pierde la esencia neoclásica del original para entretenerse en un ir y venir de pasos de corte contemporáneo y que en este espacio no teatral resultaban vacuos y poco efectistas. Destacó entre los bailarines (seis mujeres y un hombre, estupendamente caracterizados) el solista Rafa Alonso, que en su papel de Apolo demostró una calidad técnica con la que han brillado numerosos egresados de la Escuela. Sí fue interesante la visión de un Apolo que surge entre el público y que, gracias a las Musas, es capaz de ascender al Parnaso, un paraíso habitado por los espectadores ubicados en la tribuna del Auditorio. Desde el patio de butacas, la visión tripartita del conjunto (orquesta y maestro, bailarines, público) resultó al menos estimulante. Ojalá se siga apostando por proyectos así y se puedan madurar y ampliar.

Y ya sí, en la segunda parte, con la música pura de la Primera sinfonía de Sibelius, se produjo el milagro. Adelantada los profesores de sus posiciones habituales, dado que la parte posterior del escenario estaba ocupada por una alta tarima para los bailarines, la OSCyL desplegó su variadísima y delicada paleta de timbres con una exactitud y plenitud emocionantes. Saraste apenas varió su actitud sobre el podio y daba igual que dirigiera el Andante o el Scherzo, siempre comedido, extremadamente sobrio, incluso hierático, parece decir poco con sus manos (la izquierda acompañaba en paralelo a la derecha), pero no: en ese aparente poco decir está todo lo necesario y además muy bien dicho. Descubrimos un Sibelius excepcional, nada romanticoide, brillante, complejo, exuberante y hasta cálido dentro de sus brumas; en definitiva, una Primera sinfonía que sonó como nueva y como no nos la podíamos imaginar.

Al final, el maestro sólo hizo saludar al clarinete si bien también lo hubieran merecido, cuando menos, concertino, solistas de madera y metales, arpa, timbal, y unos violonchelos y contrabajos en estado de gracia.