ALICANTE / Estilo Concertato, por José Antonio Cantón

ALICANTE / Estilo Concertato, por José Antonio Cantón

Alicante. Auditorio de la Diputación de Alicante. ADDA SIMFÒNICA. 22-III-2019. Orquesta ADDA Simfònica. Directores solistas: Joan Enric Lluna (clarinete) e Iván Martín (piano). Obras de Beethoven, Prokofiev y Weber.

José Antonio Cantón

Con el título “Emperador” se presentó el decimosegundo concierto de la Temporada Sinfónica del Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA) teniendo como protagonista a la orquesta ADDA Simfònica con la participación de dos solistas de reconocida trayectoria artística como la que tienen el clarinetista valenciano Joan Enric Lluna [en la foto] y el pianista canario Iván Martín. El concierto había despertado expectación por el hecho de que se repartían ambos la función del director para cada parte del concierto que, por tal motivo, adquiría un determinante carácter “concertato” en el sentido barroco del término, o sea, tocar con y junto a la orquesta contrastando las intervenciones de ambos elementos musicales. Esta fue la idea sustancial de este concierto, como ya se apuntó con la versión orquestal del sexteto Obertura sobre Temas Hebreos, Op. 34 de Sergei Prokofiev, obra que sirvió como presentación de ambos solistas y única en la que actuaron juntos con un feliz resultado artístico.

El programa contaba con una de las composiciones paradigmáticas del repertorio concertante del periodo romántico como es el Quinto concierto para piano y orquesta, Op.73, “Emperador” de Ludwig van Beethoven, dada su perfección formal y espectacular belleza. Iván Martín ha planteado su dirección buscando el máximo contraste desde los primeros acordes, dados de manera heroica a modo de anunciadora cadencia, hecho que iba a marcar su expresividad al piano a lo largo del Allegro inicial, manteniendo siempre ese particular clima expresivo de una sinfonía concertata. Así es destacable como el pianista se sobrepuso a su función de dirección indicando desde el teclado el determinante discurso de la orquesta, que es tratada por el compositor en plano de igualdad con el piano. El tiempo lento permitió percibir la sensibilidad y el buen gusto de Iván Martín -que vendría a confirmarse con una ensimismada interpretación del Nocturno, Op.48-1 en Do menor de Federico Chopin que ofreció como bis- realzado desde la calma que transmitió a la orquesta, que entró en un estado notable de complaciente serenidad ante el mensaje meditativo que ofrecía el solista, que supo generar desde los acordes que apuntan el tercer movimiento esa sensación de suspendido sonoro silencio tan elocuente en la transición entre los dos movimientos últimos. Las exclamaciones a contra tiempo en el rondó final se desviaron de ajuste métrico puntualmente sin que por ello se resintiera en demasía la alta tensión que requiere su interpretación.

Joan Enric Lluna brilló con sobrada destreza en el Concierto para clarinete y orquesta en Fa menor, Op. 73 de Carl Maria von Weber. Así supo ornamentar los contrastes que pide su intervención en el alegre tiempo inicial, realzando con bravura el técnicamente destacado pasaje del segundo tema, pese a tener en algún momento algunos problemas de embocadura, que no llegaron a afectar el que sobresaliera en su manifiesta función de estimular al resto de los instrumentos de la madera. Se convirtió en equilibrada balanza entre el violín y la flauta en el tiempo lento central, para destacar como contraste al característico canto de las trompas “weberianas” en su coda. En el rondó final, el clarinetista dio rienda suelta a su virtuosismo haciendo una auténtica exhibición de agilidad y cromatismo sonoro, que llevan a pensar por qué este instrumento llegó a cautivar la sensibilidad de Mozart hasta tal punto de hacer de él uno de sus favoritos. En agradecimiento al cerrado aplauso, ofreció una personal versión del Segundo Capricho para clarinete de Anton Stadler, admirado por el genial compositor salzsburgués, en el que se citan algunos pasajes de su magistral ópera La flauta mágica.

Joan Enric Lluna planteó esquemáticamente y con limitada carga emocional la siempre difícil, por su afiligranado color sonoro, Primera Sinfonía, Op. 25, “Clásica”de Sergei Prokofiev, obra en la que autor reinterpreta la forma sonata, tan sustancial en la Primera Escuela de Viena, desde el virtuosismo que ofrecían los modernos recursos orquestales ya muy desarrollados en las primeras décadas del siglo XX. Se aproximó a la vitalidad que irradia el primer movimiento, definió el sentido rítmico particular de los dos tiempos centrales y ejecutó con cierta impostación gestual el estado de agitación que pide el tercero. Daba la sensación de que se estaba ante una interpretación tomada de una de las fases de trabajo en su ensayo, claramente susceptible de perfeccionamiento. Con todo, la orquesta mantuvo el nivel de entusiasmo y entrega que ofreció en las otras obras del concierto, destacando en la de Weber por su compromiso con el sentido concertato que propiciaba e irradiaba la musicalidad y capacidad de canto del clarinetista, cualidades que le servían de imaginable batuta.