CÓRDOBA / La transformación positiva de una orquesta

CÓRDOBA / La transformación positiva de una orquesta

Córdoba. Gran Teatro. 25-IV-2019. Orquesta de Córdoba. Directores: Alejandro Muñoz Aguilar y Carlos Domínguez-Nieto. Obras de Pedro Miguel Marqués, Vicente Martín y Soler, Pablo Sorozábal e Igor Stravinsky.

José Antonio Cantón

En el transcurso de quince días la Orquesta de Córdoba (OC) ha dado un salto de casi dos siglos pasando de La Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach a La Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky, obra principal de su octavo programa de abono de la presente temporada. Carlos Domínguez-Nieto se ha propuesto agilizar la capacidad de respuesta de la OC comprometiéndola en estas dos grandes obras de la historia de la música culta, que no se habían interpretado nunca por la orquesta cordobesa, lo que ha supuesto un aliciente añadido para el público. Este concierto se ha realizado con la participación de la Orquesta Joven de Córdoba (OJC) cuyo titular, el director y violinista Alejandro Muñoz Aguilar, intervino en la interpretación de dos de las obras programadas, la Primera Sinfonía en Si bemol mayor, “La historia de un día”, del compositor mallorquín Pedro Miguel Marqués y la pieza para ballet Vino, solera y salero del donostiarra Pablo Sorozábal.

Estas composiciones más la que abrió la velada, la obertura de la ópera El árbol de Diana de Vicente Martín y Soler, que dirigió Domínguez-Nieto, cumple con el propósito que se ha impuesto éste de ir ofreciendo el poco interpretado repertorio orquestal español. Así, un toque de genuino primer clasicismo vienés sirvió para captar la atención del público, ávido de experimentar desconocidas músicas y preparar la eclosión emocional que siempre supone ser testigo de los arrolladores impulsos de la más singular creación de Stravinsky. Con respeto a los parámetros de la forma sonata, interpretó la obertura del compositor valenciano contemporáneo de Mozart transmitiendo al oyente una sensación de complaciente elegancia.

Domínguez-Nieto cedió la batuta a Alejandro Muñoz para que dirigiera las obras de Marqués y Sorozábal, en un gesto de reconocimiento a su trabajo en la preparación de este concierto tan singular para los abonados de la OC. En la sinfonía, después de un primer movimiento correcto en tempo y expresión, destacó en el Andantino agitato que le sigue, acentuando la rítmica de su tema inicial con fluido gesto. Éste adquirió un creciente efecto de comunicación en los dos tiempos finales, especialmente en el último, Allegro brillante, donde el compositor presenta una interesante inspiración y mayor riqueza en cuanto a instrumentación. Su exposición de la obra de Sorozábal estuvo en la misma línea, proyectando con decisión el carácter de danza que contienen sus pentagramas. El público respondió con cálidos aplausos de reconocimiento.

Emparejándose jóvenes instrumentistas de la OJC con profesores de la OC, el director titular de ésta se dispuso a una interpretación de La Consagración de la Primavera en la que demostró su dominio técnico  y hasta donde llega su sentir musical. En cuanto al primero, hay que dejar constancia de su inquietud por el detalle en sus indicaciones, que se manifestaban siempre claras a la vez que contundentes en los efectos pretendidos. Para ello se expresaba distinguiendo sus dos hemisferios corporales, definibles en sus brazos y manos. Destina el derecho a marcar el tempo con sinuosa precisión. El izquierdo como un vector de función dinámica, motivando en la orquesta las diferentes pulsiones orgánicas a las que se ve sometida en una obra maestra como es esta creación cumbre de Stravinsky, que exige un estratificada concepción del espacio eufónico implementado por una transversalidad espacial relativamente favorecida por la concha acústica pensada para la forma de herradura del Gran Teatro de Córdoba. Además manifestó siempre un sutil sentido de anacrusa que favorecía enormemente la capacidad de respuesta del instrumento orquestal, anticipándose en décimas de segundo al sonido, lo que facilitaba al espectador la correspondiente percepción del movimiento físico de los músicos. Observar y sentir todo esto en una obra como La Consagración, hace que su escucha se convierta en un verdadero espectáculo de música en movimiento. Además, Carlos Domínguez-Nieto, hace gala de  calidad de conocimiento y poder de convencimiento, tan necesarios en un grupo humano tan sui generis como tiene una orquesta.

Es así como está propiciando una profunda transformación de la OC, que experimenta de su titular cómo su trabajo tiene sentido y constante imaginación, al entender las posibilidades de cada músico y descubrir su eficiencia en cada pasaje de la partitura. Este ha sido uno de los secretos de su interpretación de La consagración de la primavera con la que demostró el por qué esta obra supuso un cambio de concepto de lo que una composición musical puede llegar a conseguir en un momento crucial del devenir histórico de este arte. Así enfatizó en su conducción la pulsión rítmica como elemento desencadenante de su devastadora fuerza, electrizando a la orquesta y al público, a la vez que conseguía unos momentos reflexivos verdaderamente hechizantes como los alcanzados por el fagot en el inicio de la obra o en aquellos otros iniciáticos temas rituales de la segunda parte. Pero sobre todo hay que destacar el sentido orgánico que dio a esta versión, pudiéndose percibir cómo su trabajo, en la búsqueda de ensamblaje de timbres,  ha constituido uno de los aspectos más admirables de su dirección, que ha deparado una de las más grandes ovaciones del público producidas en la historia de la Orquesta de Córdoba. El positivo cambio que se está produciendo en esta formación se muestra imparable con tan excelente músico en su podium.

(foto: Paco Casado)