CÓRDOBA / Feliz reencuentro

CÓRDOBA / Feliz reencuentro

Córdoba. Gran Teatro.  9-V-2019. Orquesta de Córdoba. Director: Manuel Hernández-Silva. Obras de Mozart y Shostakovich.

Desde que dejara como titular la Orquesta de Córdoba (OC) hace siete años, el maestro Hernández-Silva no había vuelto a dirigirla hasta este concierto, noveno de abono de la presente temporada de la OC, interpretando a dos autores que conoce sobradamente por formación, experiencia y temperamento. Tales circunstancias habían despertado expectación entre los aficionados deseosos de volver a disfrutar de la presencia en el pódium de este músico que, como un renacer, tanto supuso para la formación cordobesa después de una etapa anterior de escasa fortuna artística.

La obra elegida de Mozart fue la Sinfonía nº 39, Kv. 543, “El canto del cisne”, con la que el autor inicia su imponente tríptico sinfónico final. Su enfoque general estuvo marcado por un adecuado seguimiento de los cánones del clasicismo musical, hecho que se pudo constatar desde el pausado a la vez que solemne arranque del primer movimiento, que sirvió para que la orquesta se ajustara antes de seguir con el Allegro en el que, salvo algunas incidencias en la sección de madera, su diálogo con la cuerda fue ganando en conjunción, alcanzando mayor eficacia en el segundo tema, que fluyó con esa elegancia tan característica del compositor de Salzburgo. Logró transmitir equilibrio en la exposición de los bloques armónicos del Andante con moto, de modo especial en el enérgico impulso dado a su parte segunda, en la que la orquesta se sentía más integrada como un solo instrumento, alcanzando la madera esa claridad tan necesaria en este movimiento.

Partiendo de tan buenas sensaciones abordó la interpretación del hermoso minueto, movimiento en el que se pudo percibir cómo director y orquesta revivían las buenas experiencias de aquellos años de fructífera colaboración. En su trío, como si de una rúbrica se tratara, los clarinetes firmaron con elegancia y ternura su intervención, demostrando que se mantienen intactos los criterios estéticos experimentados con el maestro en aquellos años de su titularidad. Un sentimiento de controlado júbilo transmitió en el Allegro final, movimiento que significó su momento culminante en la recreación de esta paradigmática música.

La otra obra que completaba el programa fue la Novena Sinfonía, Op. 70 de Dmitri Shostakovich, compositor incrustado de manera natural en el ADN musical de Manuel Hernández-Silva. Es así que, desde la primera nota, se pudo experimentar tal identificación. Logró ese difícil equilibrio humorístico que tiene el primer movimiento, transitó con sugestivo carácter evocativo por el segundo, realzando la inquietud que desprende la cuerda en su parte central, así como las líneas cromáticas que contrastan en su estructura, manejando la orquesta como si se tratara de una formación de cámara. Los vientos y la percusión pudieron lucirse en el vertiginoso Presto surgiendo esa agilidad que caracterizó a la OC en sus primeros tiempos con su fundador, Leo Brouwer. Condujo con dramatismo el Largo, dejando que el recitativo del fagot sobresaliera con esa tensión elegíaca que le caracteriza, antes de iniciar el impulso que ha de animar la interpretación del movimiento final, que construyó a modo de una marcha que se iba imponiendo ante una atmósfera inquietante, logrando un efecto dramático que sólo pueden conseguir aquellos intérpretes que conocen los secretos meta-musicales del compositor de San Petersburgo. Hernández-Silva es uno de ellos y lo demuestra.

Después de los muchos sentimientos experimentados entre director, orquesta y público a lo largo de este concierto, éstos se concentraron en un emocionante aplauso dentro y fuera del escenario, hecho que motivó que el maestro dirigiera unas sentidas palabras de recuerdo a su etapa con la Orquesta de Córdoba, poniéndose así punto y final a una velada sinfónica que propició un feliz reencuentro.