CÓRDOBA / Académica y precisa ‘cinesis’

CÓRDOBA / Académica y precisa ‘cinesis’

CÓRDOBA. Gran Teatro. 06-VI-2019. ORQUESTA DE CÓRDOBA. Director: Jorge Rotter. Obras de Beethoven, Britten, Copland, Mozart y Sibelius.

Con el título Música para el teatro, la Orquesta de Córdoba (OC) ha presentado su penúltimo concierto de temporada contando con la presencia del maestro argentino Jorge Rotter en el pódium. Nada más iniciar la dirección de la Obertura ‘El empresario”, K. 486 de Mozart se pudo percibir el sentido académico de su ejecución, forma que seguramente impulsaron en él maestros de la talla de Hermann Scherchen, Michael Gielen o el legendario Igor Markevitch, verdaderas autoridades en el arte de la dirección musical, de los que recibió orientación estética y enseñanza técnica.

Su entendimiento de Mozart destila tradición estilística, servida con una eficacia formal que, en esta pequeña pieza para orquesta hizo que fluyera el discurso con esa rica simplicidad y absoluta substancia dramática que tiene el pensamiento musical del genio de Salzburgo, a ese nivel de acción directa que no deja pasar detalle de cada uno de sus pentagramas. La OC adquirió esa mágica cualidad de sentirse y producirse como un solo instrumento transmitiendo vida y sensibilidad al oyente, que se veía sorprendido por la naturalidad de gesto del maestro Rotter, sutil a la vez que enérgico en el canónico clasicismo que propone el compositor. Toda indicación dinámica estaba marcada con esa precisión metronómica “asincopada” que anticipa cada suceso musical facilitando así la narración de la obra.

El carácter episódico, sin más, de la Suite nº2, Op. 109 “La Tempestad” de Jean Sibelius parecía quitar densidad a la manera de construir del maestro Rotter, que supo avenirse a tal naturaleza incidental, sin olvidarse en momento alguno de ese lirismo tan característico del compositor finés que subyace en cada uno de sus episodios, especialmente en el que abre esta suite, Coro de vientos, y en Miranda, en los que la orquesta cantó con gran sensualidad expresiva.

Con una diferente prestancia emocional abordó las danzísticas Matinées musicales, Op. 24 de Benjamin Britten. Agilizó su cinesis gestual entrando en esa plástica musical que conlleva la música para ballet. En tal sentido fue pormenorizada a la vez que fluida su dirección del Vals, dejando esa impronta de sentido y autenticidad que sólo es espiritual patrimonio infuso de los vieneses. Caligrafió musicalmente la Pantomima, dando la paradójica sensación de no parecer repetitivo el Movimiento perpetuo final, entendiendo a la perfección ese carácter juguetón que suele entreverse en la rítmica descriptiva del músico británico.

Apareció Beethoven con todas sus consecuencias en el inicio de la segunda parte con su Obertura “La consagración de la casa”, Op.124 en la que el maestro transmitió fundamentalmente el poder de pensamiento del compositor, haciendo que una de sus obras orquestales menores adquiera esa impronta de genialidad y contundencia estética que le caracteriza. Rotter desarrolló todo su saber didáctico de manera que llevaba a entender cómo ha de ser la dirección musical desprovista de esa impostura y postureo tan frecuentes en esta profesión, necedades que se extienden como mancha de aceite en los tiempos actuales.

Su maestría se manifestó aumentada en su narración de la muy complicada, incluso para la mejor batuta imaginable, Music for the theatre de Aaron Copland. Todo el saber adquirido por el compositor “brooklynés” con Nadia Boulanger parece como si lo hubiera concentrado en esta obra de abigarrada estructura rítmica y eminente musicalidad. Como si se tratara de plasmar un extraño y complejo diseño mecánico, el maestro Rotter dibujó su discurso pormenorizadamente en el espacio desde su “afanfarriado” inicio hasta su tensionado y evocativo Epílogo final, extrayendo de cada profesor ese ideal camerístico que tanto obliga y a la vez conforta a un comprometido músico de orquesta. En este sentido hay que congratularse con la intervención de Carolina Alcaráz, que siempre reprodujo ese carácter jazzístico a su percusión, que llevaba a que el oyente pudiera imaginar las ruidosas tensiones urbanas de las grandes ciudades norteamericanas de principios del siglo XX.

Este concierto quedará como una de las citas más aprovechables académicamente hablando de la temporada, dada la maestría de este director que, sin ningún tipo de efectismo y afectación ha entrado con minuciosidad en las esencias de un programa bien pensado y excelentemente interpretado, que permite crecer a una orquesta, constante inquietud de Carlos Domínguez-Nieto, titular de la OC, que ha acertado con invitar para tal cometido a un maestro de la autoridad de Jorge Rotter, al que esperamos ver más a menudo al frente de la Orquesta de Córdoba.