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Yaron Traub



Yaron Traub

Yaron Traub (Tel Aviv, 1964) lleva la música en la sangre aunque su padre —Chaim Traub, el legendario concertino de la Orquesta Filarmónica de Israel— no le aconsejara dedicarse a ella. En su juventud vio pasar por su casa a los nombres más grandes de los últimos cincuenta años, los mismos a los que después tuvo como maestros. Tras ganar el premio de la orquesta en el IV Concurso Kiril Kondrashin de Ámsterdam, comenzó a dirigir por Europa y América hasta llegar en 2005 a la Orquesta de Valencia, en la que la presente temporada cumple diez como titular. Traub recibió a SCHERZO en medio de un largo viaje que le trajo a Madrid, vía Bruselas, desde Tel Aviv, a donde había acudido para ver a su padre enfermo, y que debió continuar hasta Bilbao, donde dirigió a la Sinfónica en el primer concierto de su temporada.

En el principio fue su padre…

La historia de la familia dice que cuando yo tenía cinco años mi padre me dio un violín para que probara y dijo: “Vale, tiene talento, pero ésta es una mala profesión en la que se gana poco, se trabaja mucho y uno se encuentra muchas veces con directores muy tontos. Así que mejor que juegue al fútbol”.

¿Está de acuerdo con esa opinión?

En parte sí. Yo veo en la profesión un aspecto mucho más espiritual y social que él no encontró. Pero, por otra parte, mi padre tenía unas relaciones con la música con matices muy finos. Había siempre en casa una separación entre su trabajo y lo que transmitía acerca de ese mismo trabajo. Eran como dos cosas distintas. Así que la ilusión, el interés, el amor por la música y por la profesión los voy aprendiendo yo solo. Lo que he hecho tiene que ver con esa voluntad pero también, al principio, con muchísima influencia indirecta. Tenga en cuenta que yo crecí yendo a los ensayos de la Orquesta Filarmónica de Israel, del cuarteto de mi padre, escuchando música sinfónica y música de cámara, viendo en casa a los mejores músicos del mundo, directores y solistas que venían a tocar con una orquesta que era entonces una de las mejores. Bernstein y Mehta eran como de casa, más Solti, Perlman, Barenboim y tantos otros. Era algo natural vivir con esa gente e ir a sus ensayos y a sus conciertos. Me acuerdo de tener que aguantar una Tercera de Mahler a los diez años a base de pellizcarme yo mismo para no quedarme dormido.

Empieza con el piano.

A los once años y, a la vista de lo que le contaba sobre la opinión de mi padre, por mi propia voluntad. Y eso marca el hilo que seguiré toda mi vida profesional.

¿Y la dirección?

Llego a la dirección por una decisión mucho más tardía, a los veinticuatro años, después de haber estudiado piano en Alemania y en Inglaterra. Yo no sabía qué era estudiar dirección pero sí sabía que ahí estaba, finalmente, todo mi deseo de juventud. Había empezado piano no porque Barenboim pasara por casa sino porque un amigo lo estudiaba. En una fiesta en Londres alguien me preguntó que por qué no estudiaba dirección. Yo le pregunté si eso se estudiaba, me dijo que sí y ahí empezó todo.

En Londres, en la Guildhall School of Music.

Yo fui de los últimos en estudiar dirección allí. Pero mi padre me dijo que el único en el mundo era Celibidache, así que me fui a los cursos que daba en Mainz donde hablaba de filosofía tanto como de música, y luego a Múnich, a sus ensayos con la Filarmónica en la que, además, tocaba la que luego sería mi mujer, que estuvo allí veinte años como violinista.

¿Qué aprendió de Celibidache?

De todo. Y cosas muy profundas. Muchísimo de mi pensamiento musical y de lo que busco todavía viene de él e, indirectamente, de Barenboim, que tiene que ver mucho con la manera de hacer música de Celibidache. Recuerdo la bronca espectacular que tuvimos cuando le dije que quería dirigir y me respondió que antes de coger una orquesta tendría que estudiar con él diez años. Le dije que no era más que un bolo, eso sí, con músicos de la Filarmónica de Múnich y de la Sinfónica de la Radio de Baviera. “No quiero verte más”, me respondió. “Y, además, le voy a decir a tu padre que he hecho contigo lo que he podido pero que no tienes remedio”. Y no me volvió a hablar. Yo entraba en sus ensayos a escondidas. Era un bárbaro y yo creo que parte de esa barbaridad venía de su frustración por no haber sucedido a Furtwängler en Berlín. Pero nunca olvidaré esas semanas trabajando La mer de Debussy o la Quinta de Prokofiev o la Octava de Bruckner. Jamás. (...)

Luis Suñén
(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 301 de Scherzo, noviembre de 2014)

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