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Vuelve el Ministerio de Cultura



Vuelve el Ministerio de Cultura

Tras dos gabinetes del Partido Popular en los que había desaparecido, sumidas sus competencias en una Secretaría de Estado dependiente de un Ministerio de Educación al que poco importaba el asunto, vuelve el Ministerio de Cultura en un momento a la vez ilusionante y difícil, en el que cometer errores puede resultar especialmente llamativo por la propia precariedad del apoyo parlamentario de un Partido Socialista Obrero Español al que no cabe sino agradecerle el valor demostrado en la ocasión.

Pero no se sobrevive en la política a base únicamente de valor sino que este ha de ir acompañado siempre del conocimiento del medio. Y es ahí donde el nuevo ministro, José Guirao, ofrece suficientes garantías. El presidente Sánchez ha acertado con su nombramiento tras la decepción producida por el del dimisionario Màxim Huerta cuya trayectoria no hacía presagiar demasiadas alegrías futuras. Guirao, por su parte, ha planteado ya públicamente la necesidad de reformar el IVA Cultural, al que considera, y con razón, un desastre. Un IVA que habría que ver lo que ha supuesto para las arcas públicas en comparación con lo que detrae de ellas la corrupción en ayuntamientos y comunidades autónomas o el fraude fiscal en todas partes. Nada de lo pendiente en el ministerio va a sonarle raro a Guirao, un hombre de sobrada experiencia gestora que a priori parece ser capaz de enfrentarse con seriedad —y ojalá también con éxito— a los resultados de la dejación de funciones exhibida por pasados gabinetes. Su experiencia con la música pasa, es verdad, por la etapa amarga de crisis profunda de la Fundación Caja Madrid como director de su Obra Social: la clausura de sus ciclos de Lied y Liceo de Cámara y la paralización de las obras del Palacio de la Música de Madrid. En La Casa Encendida apoyó ideas de interés para un público muy específico. Ahora el foco se amplía necesariamente. En ese aspecto, su determinación de frenar el discutido y discutible proceso de fusión entre el Teatro Real y el Teatro de la Zarzuela empieza a dejar las cosas claras. Sus declaraciones han sido fulminantes y en la línea de lo afirmado por scherzo en estas páginas en anteriores editoriales: “Si los temas laborales no están resueltos, a la gente no le puedes pedir fe ciega”. Al Ministerio de Cultura le correspondía la máxima responsabilidad y desde la misma ha decidido finalmente dar por concluido el asunto. Ni que decir tiene que sus nombramientos deberán tener el peso y la capacidad necesarios; al cierre de esta edición parece confirmarse la continuidad al frente del INAEM de su actual directora general, Montserrat Iglesias.

Sigue sin resolverse la Ley de Mecenazgo, una cuestión que siempre ha dependido del Ministerio de Hacienda, que manda mucho más que el de Cultura y que no deja de recordar las viejas disputas con Exteriores por el dominio del Instituto Cervantes. El ministro debería convencer a la ministra de Hacienda de que se trata de un asunto prioritario para su sector y, al mismo tiempo, defender la convivencia de dos modelos, el público y el de mecenazgo privado, que pueden y deben complementarse. Sabe mucho de esto el nuevo ministro.

La propiedad intelectual interesa igualmente a la música, a los compositores, a los editores, a los intérpretes y al común de los aficionados, a los que hay que dejar muy clara la necesidad de que los creadores vivan de un trabajo del que merecen recibir un pago como el de cualquier otro profesional. Y ello a través de la ley —incluido el imprescindible remate del Estatuto del Artista— y del respeto. A pesar de que a la izquierda y a la derecha del ministro aceche la demagogia en este punto. No debe olvidar tampoco los temores de la IFRRO —siglas en inglés de la Federación Internacional de Organizaciones de Derechos de Reproducción— acerca de que la nueva regulación europea amplíe los límites a los derechos de autor, principalmente en los ámbitos educativo y bibliotecario y, sobre todo, cuando no van necesariamente unidos al pago de una remuneración para los titulares de los mismos. Ni, claro está, la situación de una SGAE desprestigiada.

Hay más cuestiones, desde luego, pero basten por ahora las aquí señaladas con el deseo de que José Guirao sea, en beneficio de todos, un buen ministro de Cultura.

(Editorial publicado en el nº 342 de SCHERZO, correspondiente a Julio-Agosto de 2018)

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