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Vino & vinilo




PorBenjamín G. Rosado - Publicado el 05 Mayo 2014

Vino & vinilo

Camino de Los Ángeles, me cuenta John Axelrod (Houston, Texas, 1966) que padece un extraño trastorno sinestésico. Su cerebro confunde las sensaciones que le producen una gran sinfonía y un buen vino, quizá porque para el director principal de la Sinfónica Giuseppe Verdi de Milán música y gastronomía siempre han ido de la mano. “Al fin y al cabo todo consiste en alcanzar la armonía y procurar el equilibrio entre las partes”, me explica con indisimulado entusiasmo. “La música penetra por los poros de la piel de la misma forma que el ruido del vino oxigenándose en el vaso prepara el paladar y aviva el olfato”.

Le sobrevienen al maestro los “ataques de placer”, como él mismo los llama, cuando escucha los primeros compases de Tristán e Isolda y sorbe al mismo tiempo de una copa de Alteo Amarone. “El preludio wagneriano es denso, poderoso y rico en matices”. Igual que el caldo de la hacienda agrícola de Gino Fasoli, que Axelrod descubrió por accidente durante una cena post-concierto en Venecia. Luego continúa: “La Consagración de la primavera de Stravinsky, en la grabación inolvidable de Pierre Boulez y la Orquesta de Cleveland, pide un vino visionario, nada por debajo de un [prohibitivo] Petrus Pomerol”.

Para la Novena de Beethoven, en cualquiera de los registros de Bernstein, el director norteamericano recomienda un Mas Amiel (Maury), “que es el que mejor traduce al paladar el mensaje de fraternidad y comunión”. Una copita de Marqués de Cáceres (Reserva) hará las delicias, según Axelrod, de los devotos de Ravel y su Bolero, si nos atenemos a la grabación de Celibidache al frente de la Filarmónica de Múnich, “cuyos músicos terminan por provocar en el paladar un frenesí de frutas y en el oído una explosión en mi mayor que resulta difícil de olvidar”.

No se olvida Axelrod de Mahler. “En el adagietto de la Quinta las notas penetran la piel como si fueran intensos rayos de sol. La compleja composición de un Chateau d’Yquem Sauternes culmina de idéntica manera en una explosión dulce y reconfortante, ideal para ocasiones especiales”. Para la Sinfonía fantástica de Berlioz recomienda un Chateau Margaux. “A lo largo de la partitura, los motivos musicales van evolucionando hasta alcanzar la apoteosis final de la orquesta, cuya intensidad y sofisticación es comparable a un sorbo de este manjar”. A 75 euros la botella.

“Para la ‘Pastoral’ de Beethoven nada mejor que un dulce Trimbach Gewurtztraminer”, continúa. “Así habló Zarathustra de R. Strauss se escucha mejor con un sencillo Guigal Cote Rotie, que tiene un sabor a tierra fértil y resulta siempre impredecible”. En cuanto al Réquiem de Mozart, “el descanso eterno que evoca la Lacrimosa despierta intensas emociones y estrecha los vínculos con nuestros antepasados, igual que los champagnes de Don Perignon”.

Fue Axelrod alumno aventajado de Bernstein. Estudió música en Harvard, se empleó como pianista de jazz y ha trabajado como cazatalentos en RCA/BMG Records, donde catapultó la carrera de Tori Amos y de los Smashing Pumpkins, entre otros. “En el fondo, la búsqueda de talento es como una cata. Si identificas algo diferente y único entre el sabor musical de un grupo entonces lo compras”. Tuvo tiempo también de trabajar como representante de artistas, de fundar su propio sello discográfico –Ivy League Records– y un buen día, sin más, hizo las maletas y se trasladó al campo para reinventarse como gurú de los caldos californianos del Valle de Napa.

Allí dirigió durante años las prestigiosas bodegas Robert Mondavi hasta que un noche, tras escuchar por la radio del coche un pasaje de Tristán e Isolda decidió dejarlo todo para cumplir un sueño de juventud y convertirse en director de orquesta a tiempo completo. Lo cuenta en un libro, Making Beautiful Music Together... Or Not! The Anthropology of the Orchestra, que es un diario musical, un manual para emprendedores y un ensayo gastronómico.

Asegura que “sólo hay una manera de aprender a cocinar, que no es otra que cocinando”. Su ingrediente secreto es la sencillez. “No hacen falta ingredientes caros ni condimentos sofisticados para sorprender al paladar. Lo mismo pasa con las notas de una partitura: cuanto más claro sea su mensaje, mejor”. No es Axelrod compositor (aunque tampoco lo descarta) pero sí ha estrenado obras a los grandes genios de nuestro tiempo, de Wolfgang Rihm a Kaija Saariaho. “Equilibrado, armónico, colorido, picante, dulce, seco, exótico, intenso, tradicional o moderno son palabras que sirven igual para la crítica de un concierto que para la de un restaurante”.

Cuando está sobre el podio, de espaldas al público, tiene sus propias recetas y una manera muy particular de repartir el sonido con la batuta. “Es como aliñar una ensalada. No se aprende, tampoco se puede explicar. Es algo muy personal”. Lo más importante, dice, es el vínculo con el público. “También el concierto tiene su equivalente gastronómico, pues la comida convoca a la familia alrededor de una mesa y nos enseña a escuchar”.