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Vanguardias sordas




PorBlas Matamoro - Publicado el 07 Abril 2017

Vanguardias sordas

La palabra vanguardia se ha usado de modo tan inflacionario que su valor semántico equivale al de esas monedas que de tanto ser manoseadas han perdido sus signos. Me ciño para ir adonde me propongo: sólo son vanguardias las organizadas y las que proponen hacer borrón y cuenta nueva con el arte, es decir anular su historia y poner el reloj en hora cero. Diría que, así exigidas, sólo nos quedan dos vanguardias estrictas: los futurismos italiano y ruso, y el dadá. Excluyo al surrealismo porque organización sí que tuvo y de una rigidez y una jerarquía papales, pero reivindicó como surrealistas a un montón de predecesores históricos, desde Dante hasta Valéry.

Las vanguardias tuvieron un notorio peso en las artes visuales, en especial el cine, que carecía obviamente de historia. Menos importaron en literatura y nada en música. El futurismo italiano hizo un gran gesto, el de captar como musical el ruido del mundo, grabando el sonido de las calles de una gran ciudad. El pionero de la música concreta de la segunda posguerra fue Balilla Pratella a principios del Novecientos y con un hoy arcaico fonógrafo a manivela, pero llegó el fascismo y los futuristas ficharon por él, es decir por el nacionalismo musical, el color local y el neopopulismo.

En cuanto al dadá, que acabó siendo mudo, cabe decir que también resultó sordo porque nada sabemos de su costado musical. Fue contemporáneo al surgimiento del atonalismo, que le caía como un traje a medida por la cantidad de negaciones que contiene, a contar desde la tonalidad. Podía haberse inventado una música dadaísta pero no la hubo.

Para quienes consideren vanguardia el surrealismo, la ejemplaridad musical les va a fallar. La música estaba prohibida por la dirección bretoniana del movimiento. En esto siguió a uno de sus mentores, Sigmund Freud, que no prohibió la música pero la excluyó del psicoanálisis por carecer de palabra. André Breton hizo más y exigió a Robert Desnos que se disculpara por escrito a causa de haber asistido a una sesión de jazz. Nada conocemos acerca del estreno de Un perro andaluz, el filme de Buñuel y emblema de la cinematografía surrealista. Lo cierto es que la película es muda y durante su primera proyección Buñuel, tras la pantalla, pasaba discos con la Muerte de amor de Isolda de Wagner mezclada con tangos argentinos. Ahí es nada la ocurrencia buñuelesca.

Si ensanchamos la noción de vanguardia a todo experimento estético que choca con el gusto dominante, entonces las vanguardias del siglo XX se diluyen como tales y se suman al proceso histórico general del arte, que consiste en proponer novedades que se tornan canónicas. Así lo entendió quien es tal vez el mayor músico del siglo XX, Igor Stravinski, tras el escándalo de La consagración de la primavera, obra que llegó al cine de dibujos animados de Walt Disney en Fantasía, o sea al público de masas por excelencia. Lo que fue arte para artistas, eshumanizado como quería Ortega y Gasset, llegó a la humanidad, que es el destino de todo arte verdadero.

Blas Matamoro