Ud. está aquíInicio /  Octubre 2013 / Opinión / Una pesadilla

Una pesadilla



Una pesadilla

El nombramiento de Joan Matabosch como sucesor de Gerard Mortier en el Teatro Real es una buena decisión tomada a través de un proceso demasiado turbulento. Un proceso que se manifiesta abruptamente a partir de una entrevista con Mortier en el diario El País en la que éste pone condiciones a su salida pactada en 2016 —si no se cumplen, se va antes— y que concluye —vivir para ver— convirtiendo a quien hizo de un teatro su dominio personal en una víctima de la evidente politización de la cultura en España. En la entrevista citada, Mortier desvela sus candidatos y sus amenazas traspasando el umbral de las atribuciones que razonablemente se le deben exigir a un empleado leal y espléndidamente remunerado. La decisión final se toma cuando aquél no está en Madrid debido a la convalecencia de una operación relacionada con el cáncer que le aqueja, por lo que se lamenta, y con razón, de que el Teatro Real no hablara con él durante la etapa crucial del proceso y se enterara por la prensa del nombramiento de Joan Matabosch y, por tanto, del descarte de quien era su nombre preferido, aparentemente pactado con el teatro: Viktor Schoner, actual director artístico de la Ópera de Baviera. ¿Qué prisa había para abreviar la sucesión de Mortier cuando quedaban tres años por delante y, para colmo, su protagonista era víctima de una dura enfermedad? ¿Por qué desencadenar una batalla que debiera haberse controlado? El caso es que en sólo unos días se desarrolla una pesadilla en la que se mezclan egos diversos, políticos que se meten donde no debieran, informaciones interesadas, cambios de opinión, artistas invitados, verdades y mentiras.

El caso es que el fin no está siendo airoso para una etapa que probablemente nunca debió empezar. El Real no necesitaba a Mortier —nombrado, no se olvide, con la directísima intervención del mismo Ministerio de Cultura al que hoy acusa de echarle— y hasta es muy posible que, a fin de cuentas, su etapa sea vista —una vez el foco permanente se atenúe— como mucho menos aportadora de lo que se pretendía —suponiendo que se pretendiera eso y no una operación de mera imagen de Estado cuyo tiro sale estos días por la culata. Con Mortier, de quien se conocen sobradamente sus ataques de egotismo, a quien nadie puede negar la pasión por su oficio ni lo que ha hecho por él y que ni engañaba entonces ni engaña ahora respecto de su manera de ser y su concepción de la ópera, se apostó tan fuerte que finalmente acabó por pesar más que el propio teatro que lo contrató, y eso finalmente se paga. Además, como si Madrid —a donde llegó demasiado tarde en su carrera— fuera poco para quien volvía de Nueva York sin estrenarse y acababa de coquetear con Bayreuth, el nuevo director artístico optó por imponerse desde una posición poco respetuosa que fue ignorando los logros de sus antecesores mientras decidía que España era poco menos que un erial en materia de ópera o, por decirlo mejor, del concepto que de la ópera posee él mismo. Su motto —jaleado en su momento con la alegría del converso— consistía en repetir que el Teatro Real no era nada antes de su llegada y que gracias a él se colocó en la primera línea internacional. Ahora la amenaza es que tras él volverá el diluvio si no se perpetúa su herencia. Las tres cosas —generalmente manifestadas a través de una sobreactuación que iba de la mera provocación a la descalificación del discrepante— no son ciertas pero han calado en buena parte de los que han opinado estos días sobre el asunto —desde los diarios de referencia mundial a los más visitados foros internacionales especializados— acentuando la dependencia que la cultura española sufre de la política. En una pirueta genial y perversa al mismo tiempo, la capacidad para vender la propia imagen se une con el mal momento español para convertir a Mortier  en un héroe que padece —crueldad ante el indefenso incluida— las peores artes de nuestro más tópico modo de ser. Un precio demasiado caro para la simple sucesión del director artístico de un teatro de ópera.

Tiempo habrá de hablar de un Matabosch a quien nadie puede negar su capacidad de gestión artística, su conocimiento del medio y su cintura para elaborar una programación equilibrada en todos los aspectos sin renunciar a su concepto personal de la ópera. Ha vivido en el Liceu unas circunstancias económicas muy duras. En el Real también lo serán. Y a eso tendrá que añadir la gestión de las amenazas de su antecesor si es que la empresa no consigue que las cosas se remansen. De cómo se diseñe la transición dependerá muy mucho que pueda trabajar con la tranquilidad necesaria, con la misma que, por cierto, tuvo Mortier cuando Antonio Moral cumplió su contrato hasta el último día. Suerte.

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