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Una página de Vicki Baum




PorBlas Matamoro - Publicado el 05 Noviembre 2015

Una página de Vicki Baum

¿Quién lee hoy a Vicki Baum? Me temo que poca gente, entre quienes prefieren los nombres actuales, como si la actualidad fuera un valor en campo literario, donde frecuentamos a Homero y a Sófocles, y los que, igual hoy que ayer, la miran por encima del hombro, considerándola una escritora menor, una escritorcita. No me cuento entre ellos y recorro con gusto muchas de sus novelas, no sólo porque tienen, a veces, una aureola de época que asegura su encanto, sino por la habilidad de la escritorcita para administrar y sostener una intriga, disponer ambientes, mantener la tensión narrativa a pie de página, esbozar retratos y justificar personajes, aunque aparezcan en dos momentos indispensables y fugaces.

A ello se suma que Baum fue asimismo música y llegó a actuar como arpista, aparte de haberse casado con un director de orquesta. Podría haber escogido a un hombre con otra profesión, pero ésta me viene a cuento. Así es que bailarinas y solistas, noches de ópera y de conciertos, veladas con pianos domésticos y canciones, amenizan sus páginas. Lo digo a partir de que la amable señora Baum tiene siempre un trasfondo trágico, una imagen de la vida como un lugar donde experimentamos los extremos del goce y el dolor y que estamos fatalmente obligados a vivir.

Vicki Baum (Viena 1988, Hollywood 1960)

Escojo un solo ejemplo, tomado de su novela Historia de una mujer donde aparece un personaje, Firilei Rainer, un nihilista que acabará suicidado en plena juventud y que se debate entre dos profesiones: la medicina, inanidad de la ciencia, y la música, hostilidad a la vida. Así dice: “Presiento quién pertenece a la vida y quién a la muerte, adivino el sí y el no en cualquiera, desde siempre. Yo mismo estoy sintiéndome en el lado negro. Por ello pertenezco a la música. La música libera. Es un gran No, hostil a la vida.”

El tema es muy romántico, muy trágico, muy alemán: el artista como alguien que se aparta de la vida para considerarla como un objeto estético, y toma el partido de la muerte. Deja la vida en manos del burgués, el hombre cálido, replicante, capaz de reproducir la vida que hace posible el arte. El artista, en cambio, frío y estéril, está del lado de la inmortalidad de los objetos que nunca vivieron, es decir: del lado de la muerte. Mirado desde su clase, la burguesía, es un burgués defectuoso. Un tema, que viene de Goethe y pasa por los románticos hasta llegar a Fontane, a Freytag y a Thomas Mann. El elegir la música como paradigma del arte, lo romantiza y germaniza aún más.

No hace falta ser todo eso —romántico, hostil a la vida y alemán— para admitir a Vicki Baum. En todo caso, basta con repasar nuestra modesta experiencia de melófilos, de amantes de la música. ¿No nos hemos sentido intemporales, inactuales, inmortales, habitantes del más allá de la vida, al gozar con determinada y alta intensidad de ciertas músicas?

Blas Matamoro