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Una historia vieja y fea



Una historia vieja y fea

Desde que en 1978 Antoni Ros-Marbà fuera nombrado su titular, la Orquesta Nacional de España ha sido un foco de conflictos que han servido para arrojar sobre ella una mala fama que no empezaría a corregirse hasta la llegada de Josep Pons, titular entre 2003 y 2011 con Félix Palomero y Ramón Puchades como directores técnicos, vulgo gerentes. Quizá sea necesario recordar que tras la marcha de Rafael Frühbeck de Burgos pareció extenderse una suerte de asunción de que después de él el diluvio. El nombramiento de Ros no gustó a parte de la crítica socialmente más influyente y en la propia orquesta hubo muy claros movimientos, por decirlo suavemente, no demasiado a su favor. Con Jesús López Cobos las cosas empezaron bien y terminaron mal, tan mal que tardó trece años en volver. El interregno hasta la llegada de Aldo Ceccato y los años sin titular hasta el nombramiento de Pons supusieron quizá los momentos más bajos de la centuria. Con el italiano las cosas daban la sensación de mejorar de nuevo, pero volvió a imponerse lo que pareciera destino aunque era otra cosa menos poética. Vuelta a empezar con Frühbeck como titular sin serlo hasta que el Ministerio de Cultura, y en contra de la opinión del maestro burgalés debidamente documentada, tomó la decisión de nombrar a Josep Pons como su titular. Este trabajó en serio, reorganizó la orquesta, renovó primeros atriles con buen sentido y fue protagonista junto con sus músicos de un resurgir que culminaría con la idea de nombrar al joven y brillante David Afkham como nuevo director titular. Tras la marcha de Pons y Puchades, y una vez nombrado director técnico y artístico (sic) —en lugar de lo que en otras orquestas es lisa y llanamente un gerente—, Félix Alcaraz consumaría el fichaje de Afkham como director principal.

Pues bien, en estos días vuelve a salir la OCNE en los periódicos por razones ajenas a su desempeño artístico. En Scherzo habíamos avisado de que algo estaba pasando porque los síntomas traspasaban los muros del Auditorio Nacional. Así, cada vez aparecían más claras las diferencias, a estas alturas, entre los partidarios o no del cambio iniciado por Pons y Puchades. O los movimientos de atriles —las solistas de viola pasan a ayuda de solista, caen de sus sitios en los primeros violines Ane Matxain o Krzysztof Wisniewski— se justificaban por la aplicación del muy elástico concepto de idoneidad. No son los únicos ejemplos. Y todo en un contexto a veces demasiado bronco en el que aparecen ciertas pinceladas de sordidez. Scherzo ha podido conocer de primera mano la desilusión de parte de la orquesta respecto a lo que debiera haber sido un verdadero proyecto para la OCNE comandado de veras por su actual titular, excelente maestro sin duda alguna pero, no lo olvidemos, no responsable artísticamente de la misma por más que se nos pueda decir que la permeabilidad entre sus ideas y las funciones de Félix Alcaraz sea completa. 

El resultado es que volvemos a las andadas, aunque sea, eso sí, desde un punto de partida cualitativo mucho mejor que otras veces. Los resultados están ahí pero no justifican el desorden. La OCNE no puede dar por perdido el trabajo artístico y administrativo rematado con el nombramiento de Afkham. Alcaraz termina su contrato en agosto del próximo año y a Afkham se le renueva de temporada en temporada, de ahí su condición de director principal y no de director titular. Ido el primero, el segundo y la orquesta debieran tomarse muy en serio una relación que hoy deja que desear pero que seguramente valdría la pena tratar de restablecer, más fácilmente aún si el sucesor de Alcaraz es simple y llanamente un gerente, como en todas partes, y no un director artístico que, a efectos de desarrollo puramente musical, quedará probablemente superado por su propia denominación. Seguramente así se evitarán cosas como el desdén de la orquesta por las giras —cualquier organizador de provincias sabe lo caro que es contratarla y recuerda lo que, sin embargo, gastaba en presentar sus temporadas— o la presencia de un maestro como Christoph Eschenbach en el papel de director principal invitado cuando se tiene a Juanjo Mena como director asociado. 

Pero no olvidemos lo principal, la paz en una orquesta, como en cualquier colectivo llega desde dentro, desde el respeto y la autoestima. Los que llevamos años siguiendo a la Orquesta Nacional de España sabemos lo que duele —y fatiga— volver a estas historias, viejas y feas. 

(Editorial publicado en el nº 345 de SCHERZO, correspondiente a noviembre de 2018)

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