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Un enigma musical




PorBlas Matamoro - Publicado el 17 Mayo 2017

Un enigma musical

Stefano Russomanno ha publicado La música invisible. En busca de la armonía de las esferas (Fórcola, Madrid, 2017), libro de incontables sugestiones, prosa fluida y amable, erudición perfectamente organizada y, lo principal: un estímulo a la tarea del lector, una demanda de actividad lectora. El modelo de ella es la escucha de música, sobre todo lo que él llama música invisible, es decir aquella que se escucha sin oír y que quizá sea la trama sonora y matemática del universo, el Algoritmo de los algoritmos.

Sólo comento unas páginas del libro, las dedicadas a la Ofrenda musical de Bach, una de las músicas más fascinantes y enigmáticas que nos es dable conocer. Vaya por delante que Opfer se traduce por ofrenda pero que también significa víctima y sacrificio, algo que se ofrece para satisfacer a lo sacro. De hecho, la obra fue víctima del tiempo porque no se tocó nunca por entonces, a pesar de que estaba inspirada y dedicada al rey de Prusia, flautista a ratos.

La Ofrenda se publicó en fascículos que se han venido ordenando de distinta manera. Me recuerda la famosa teoría de Umberto Eco acerca de que toda obra de arte está abierta y, por lo tanto, en cierto modo inconclusa. Bach propone algunos cánones que deben ser redactados por el ejecutante que, salvo en la sonata para flauta, no está determinado. Las voces bachianas son aquí abstractas y admiten toda suerte de instrumentarios.

En este punto los caminos se bifurcan en contrapunto y parece que seguirán bifurcándose. La musicóloga norteamericana Úrsula Kirkendale propone aplicar el orden descrito por el retórico latino Quintiliano. Hans Eberhardt Dentler, en cambio, sigue a Severino Boecio y a la clasificación tripartita de la música medieval. A partir de ella, la lectura criptográfica se impone: Bach ha fabricado un artefacto que oculta su significado. Pero no lo oculta a Russomanno, que lo revela con números a la vista, en clave pitagórica. Es decir que Bach nos ha compuesto un microcosmos que es la versión miniaturizada y enigmática del universo, una suerte de Aleph donde todo cabe. Es claro, para terminar de recontar ese todo, nos hace falta la eternidad. ¿Damos con ella, afectivamente, al escuchar a Bach? Pero, y aquí Russomanno vuelve a inquietarnos, ¿qué escuchamos cuando escuchamos música, qué música es la que escuchamos, qué es la música? Ni como manojo de partituras ni como realidad sonora, la bachiana Ofrenda acaba de determinarse, de cerrarse. Sigue sonando y resonando en el tiempo, un tiempo que nunca comenzó ni tiene visos de querer finar.

Blas Matamoro